El 26 de abril de 1986 nos encontrábamos en Italia, mi admirado colega Héctor García Rodríguez y un servidor, junto con nuestras esposas. El inquieto Héctor tenía en mente montar una empresa de fabricación de postes de fibra de vidrio reforzada y había preparado un viaje técnico-recreativo.
Ese día tuvo lugar el mayor desastre nuclear en tiempo de paz de la era moderna. El núcleo del reactor de la central de Chernobyl, por un error de funcionamiento aún no del todo explicado, explotó, causando decenas de muertos. Una nube tóxica y radioactiva emergió de la planta, creando alarma internacional porque se temía su propagación por toda Europa. Los periódicos del día siguiente tenían un tono apocalíptico.
Estábamos ya de vuelta de la misión prospectiva, y Héctor y yo nos paseábamos por Ventimiglia. El mercado de abastos estaba prácticamente vacío de compradores, aunque los comerciantes, presentaban sus mercancías como de costumbre. Había muy buen material.
Nos llamaron la atención unas fresas con aspecto apetitoso irresistible. Sin embargo, los periódicos advertían, en particular, del peligro de la ingesta de verduras y frutas, que los expertos consultados a la trágala estimaban como especialmente sensibles a la radioactividad.
«¿A cómo las vende?», preguntamos. «Prendere quanti volete, per favore», nos indicó el desolado vendedor.
Nos miramos. -«¿De dónde son estas fresas?» -se nos ocurrió indagar.
-¿Da dove viene gli fragoli? Sono da qui stesso. Da dove si no?»
-Pues nos las llevamos todas -dijo Héctor, le dimos unas liras y cargamos con la caja.
Nuestras mujeres no quisieron probar la fruta, pero nosotros nos pusimos morados. Reconozco que yo no había tenido la menor preocupación respecto a la radioactividad ni la nube tóxica, y solo me guiaba la gula ante una de mis frutas favoritas. Pero Héctor tenía una explicación, aparentemente rigurosa, que me prometió dar. Solo me aconsejó: «Date prisa».
Cuando acabamos la última de las fresas, me dijo:
-Seguro que hiciste el mismo cálculo que yo, La hora que los periódicos indicaban como momento de la explosión era la una y media de la madrugada. Son ahora las once de la la mañana del día siguiente: han pasado diez horas. Chernóbil está a unos 1.700 km de aquí y la previsión del tiempo en esta zona de Europa es «viento leve», según he leído también. Es decir, unos 10 km/h. máximo. Así que la nube radioactiva, si es que ha de llegar, tardará 17 horas en llegar hasta aquí.»
Le miré, de hito en hito. «¿Hablas en serio?». Dejando la caja en un contenedor, me devolvió la pregunta con otra. «¿Qué te parece?»
«Yo las hubiera lavado antes de comerlas», dijo una de las chicas. Y sería por la tensión emocional o por las bacterias, tardé un par de días en librarme de la colitis.
Una de las aventuras más apasionantes de mi vida empresarial fue cuando me decidí a comprar un restaurante. Tengo contado el núcleo de la cuestión en mi libro «Cómo no montar un restaurante», y está colocado en internet, en abierto. Pero muchos detalles no tuvieron sitio en él.
Un restaurante, como saben bien quienes tratan de sacar adelante este tipo de negocio, es la acción empresarial más dificultosa que existe. Tienes que luchar, y a diario, con proveedores, personal, variación de precios, financiación, búsqueda y fidelización de clientela, deterioro de mercancía, etc. No es fácil vencer.
En mi experiencia, lo más duro fue conseguir un equipo mínimamente estable. Mi mujer estaba diariamente al pie del cañón, pero algunas noches yo tomaba el relevo para que pudiera descansar algo. Una vez, al llegar al local, me encontré a la puerta con el maître que teníamos en aquel momento, completamente borracho, con una botella de Moet Chandon en la mano.
Estaba sirviendo copas a los clientes, tambaleándose de mesa en mesa.
-¿Me puede decir qué c… está haciendo Vd?
Me contestó con esfuerzo, con una cara de satisfacción infantiloide: «Es mi cumpleaños».
Le agarré por el brazo y lo saqué de la sala. «Lo que va a hacer Vd. de inmediato es irse para casa, y mañana hablaremos. Yo me quedo en la sala».
Trataba de zafarse, pero no lo solté, y lo conduje hasta la puerta de servicio. «Váyase tranquilo. Descanse la mona. Hasta mañana». El personal de cocina se echaba miradas de reojo, pero no dijo nada. Yo me volví a la sala, y traté de enmendar la situación como pude. A los diez minutos, reapareció el maître por la puerta principal.
-¡Se por qué lo ha hecho! ¡Vd. me quiere mandar a casa porque soy gay! ¡Eso es algo contra la ley! ¡Le denunciaré!
No se atrevió a entrar, por lo que, aunque gritaba, el ruido de la sala aisló sus palabras, que solo me llegaron a mí, que estaba cerca de la puerta. Tuve que hacer el teatro de llamar a la policía y, como esperaba, al oirme aparentar que pedía por el móvil que enviasen a algún número, el empleado desapareció.
Al día siguiente, mi empleado estaba en el restaurante, cuando me pasé a primera hora para organizar la jornada con mi esposa. Aparentemente sobrio, y compungido. Tenía en una repisa una taza de café cuyo líquido sorbía con nerviosismo.
-Me arrepiento muchísimo. No volverá a pasar -me balbució.
María Jesús cogió la taza, la olió, y probó un poco. Era puro coñac.
-Puede que no le vuelva a pasar. Pero donde no va a pasar, seguro, es en nuestro restaurante. Hemos preparado su finiquito y, como confiamos en que se rehabilite de su alcoholemia, le daremos las referencias habituales-le dije, entregándole un sobre con el dinero y un papel en el que expresaba, «para quien estuviera interesado, que Fulano de Tal tuvo, en el corto tiempo que había estado con nosotros, el comportamiento que cabría esperar».
Firmó y se fue de nuestra vida para siempre. Espero que le vaya bien. Las dos o tres botellas de Moet Chandon que guardábamos habitualmente en la fresquera, habían desaparecido la noche anterior, junto con la memoria general de los detalles del suceso.
Estoy orgulloso de esta foto, que es producto, no de mi genialidad , sino de la oportunidad. El pito real me estuvo observando unos instantes y luego, se elevó desde el suelo, cobrando impulso con el rápido batir de sus robustas alas, hasta lo más alto del árbol que encontró cercano.
Cuántas veces la oportunidad vence a la preparación. Y cuántas más, la oportunidad nos sorprende sin estar preparados.


!!!!! Geniales !!!!!! Realmente el patrimonio de uno consiste en las anécdotas vividas, y ..estas, son de categoría. Para mi lo único que me entristece es el triste destino de esa pobre botella de Moët Chandon…!!!!! Es un fin realmente triste !!!!
Fueron tres botellas, Enrique, tres, las de Moët Chandon que se fueron por el gañote ajeno sin cotizar por ello. Y lo peor para mi -teórico- negocio fue que los plácemes se los llevó el maître que celebró «à la grand manière» su cumpleaños.