En ese magnífico relato de enseñanzas prácticas, asuntos de alcoba, metáforas oscuras y aventuras guerreras que es el Antiguo Testamento, se nos cuenta (los Libros del Exodo y el Deutoronomio son la fuente máxima de inspiración poética) que el pueblo elegido, a la búsqueda de la tierra prometida, estuvo cuarenta años vagando por el desierto, portando el arca de la alianza.
A lo largo de mi vida, al releer esa obra maestra de la literatura mundial, muchas veces encontré alguna aplicación a los sucesos coetáneos. Ese pueblo temeroso, reivindicativo al tiempo que ignorante y sumiso, que se deja guiar por la promesa de un lugar idílico, transmitida por un Dios que hicieron suyo a un iluminado, tiene su trasunto permanente en cualesquiera de esas razas, etnias o nacionalidades, que, obsesionadas por la necesidad de una redención que no había sentido hasta entonces, se entregan a una marcha por lo desconocido, dirigidos por un visionario que dice recibir instrucciones periódicas provenientes de una fuerza superior que se manifiesta en su cabeza con truenos y fuego.
Cuarenta años es, como han puesto de manifiesto exégetas de lo obvio, el tiempo que tardan las generaciones en olvidar o destruir lo que sirvió de enseñanza a sus mayores. En ese tiempo, han muerto o han perdido credibilidad los que sufrieron la devastación de una guerra, un maremoto o un seísmo; cuatro décadas bastan para que los jóvenes encuentren trasnochado o ridículo lo que sirvió de norma, moda o paradigma a los abuelos. Las huellas de lo pasado se borraron entre zarzas, mentiras y medias verdades, y surgen leyendas, mitos, dudas y se aprecia la necesidad de un nuevo comienzo.
La mayor longevidad actual de la especie humana permite hoy desplegar en toda su magnitud la incongruencia: la mayor parte de los mayores se alarman ante cualquier movimiento social que les haga recordar lo que derivó en catástrofe. Hay una minoría que calienta motores, sin embargo, desde el despecho por lo que no han conseguido en su vida que ya se acaba o por el ánimo de venganza aún latente. En todo caso, la fuerza creativa no proviene ya de los ancianos de la tribu. Hoy como ayer, los jóvenes se rigen por las promesas de tierras de leche y miel por nuevos visionarios.


La falta de liderazgo del q hemos despejado a la sociedad