Cada 2 de febrero, desde 1971 en el que con el Convenio de Ránsar, en Irán, la Organización de Naciones Unidas estableció esta fecha como referencia para concienciar sobre la necesidad de proteger los humedales, se celebra el Día de los Humedales.
Tenemos en España 63 humedales clasificados como de especial protección por el Convenio, un buen número dentro de los casi 3.000 catalogados en todo el mundo. El más conocido es, desde luego, Doñana (en la desembocadura del río Guadalquivir), seguido por las Tablas de Daimiel. Pero hay otros muchos que sonarán incluso a los más despegados del tema de la concienciación ecológica: Delta del Ebro, Mar Menor, Lagunas de Pitilla,…
Como aficionado a la ornitología, he visitado, provisto de mis cámaras con teleobjetivo, buena parte de esos lugares tan particulares. Los he pateado, pasé largas y agradables horas parapetado detrás de uno de los pocos avistaderos de que disponen esos Parques o al acecho de cualquier irrupción imprevista de anátidas o rapaces y, con la bolsa de desperdicios en ristre, cuando volvía al coche, iba recogiendo los desperdicios que encontraba al paso, hasta que la llenaba, lo que no tardaba en suceder. Botellas de vidrio, tetrabriks, latas de cerveza y otras bebidas, se encuentran dispersas por los senderos.
Ni siquiera esa demostración de descuido por lo que nos debería gustar a todos conservar, es la más dolorosa: edificaciones abandonadas, vertidos de material de construcción, cadáveres de aparatos electrodomésticos y mucha porquería en ciertos lugares son evidencias más duras del desapego. No faltan en muchos «hides» (escondites para observar las aves sin ser visto por ellas) los testimonios estúpidos de gentes que tachan los nombres en los paneles de orientación para la identificación de especies autóctonas o ensucian con inscripciones lamentables lugares de respeto.
Me gustaría que se respetase la naturaleza que aún se mantiene con valor ambiental, que la Administración competente revisara el estado de muchas de las marismas, que se vigilara y sancionara a quienes roban el agua con toda desfachatez, que se potenciara el valor turístico de los observatorios y de los humedales y, sobre todo, que todos nos concienciáramos de que tenemos que ser, sin excepciones, guardianes del medio ambiente.
Está claro que el 2 de febrero no es el día de la caca de perro. La mierda de perro no tiene, poro fortuna, ningún momento en que se le rinda homenaje. Solo que la proliferación de estos animales de compañía, unida a la desidia con la que muchos de sus propietarios y cuidadores tratan los residuos que producen, hace que nuestras calles -todas nuestras calles, sin excepción- se vean mancilladas con la caca de los perros que sus amos no se dignan recoger.
Una vergüenza, vamos. Tan generalizada que da asco. ¡Y aún se jactarán estos propietarios indolentes de que son muy amigos de los animales! Si fuéramos realmente estrictos, si a todo dueño de un can que sea descubierto abandonando sus deposiciones se le impusiera una multa -en lugar de mirar hacia otro lado- tendríamos, además de más limpios nuestras aceras, alcorques, jardines y pavimentos en general, un importante complemento para potenciar el cuidado y atención de nuestros humedales.
Imposible no dejarse seducir por el vuelo majestuoso de los flamencos (phonicopterus ruber) , siempre atentos para cambiarse de lugar si descubren que nos acercamos a los lugares en donde están alimentándose, típicamente en grupo. Estas aves vuelan sobre los aires de las salinas de Sanlúcar, una mañana de invierno de 2019.


Deja una respuesta