El discípulo se acercó a mi silencio,
y, turbando mi meditación, preguntó si podía
interpretarle un sueño, que adiviné estaría lleno
de imágenes, confusión y palabras.
«Cuéntaselo al árbol», le dije, señalando un almez.
Cuando terminé mis abluciones mentales,
vi que el joven jugaba,
arrojando su pelota contra el tronco.
«¿Ya tienes lo que querías?»,
murmuré, al pasar por su lado,
prestando atención para no recibir un pelotazo.
«Solo obtuve silencio», replicó el muchacho,
que no parecía estar decepcionado.
Me alejé, a buen paso,
pues no deseaba que el relente enfriara mi cabeza,
y alcé la voz para que el aprendiz oyera mi sentencia.
«¿Que esperabas de mi? ¿Respuestas?
¿Acaso que te contara mi propia pesadilla?»
(De Poemas de encargo, num. 87, dic 2014, @angelmanuel arias)

Cuando los años nos piden, nos obligan, a ser donantes de nuestra experiencia y de nuestras miserias, solo necesitamos un pequeño susurro de nuestros allegados para mostrarles, con furor y vehemencia, el lado más obtuso denuestro egoísmo.