Der (Dä) Spiegel es el nombre de un local de copas que, por lo que acabo de comprobar en internet, subsiste desde hace más de 40 años en la Alt Stadt -la zona antigua, el down town- de Düsseldorf. En 1980, cuando yo aún vivía en esa ciudad alemana, realicé este apunte a la acuarela, con el que intenté reflejar el ambiente de emociones que se percibía en aquel sitio de alterne.
No era Carnaval, por lo que recuerdo bien, aunque algunos de los personajes caricaturizados que el paso del tiempo ha petrificado en el dibujo, se representan parcialmente disfrazados o disimulando sus rostros con pinturas de guerra, en la eterna batalla sexual y sensorial de los encantos. Yo mismo, constituido en observador (más o menos) impertérrito, aparezco a la derecha de la imagen, tan joven como era entonces, embutido en la cazadora de piel de asno con la que me protegería del frío invernal y con el ojo visible aderezado con la estrella de quien no quiere comprometerse.
Por aquellos tiempos, así en la tierra como en el cielo, en Madrid como en Düsseldorf y seguramente en Nueva York como en Constantinopla, al salir de las tareas cotidianas remuneradas, las gentes del bien vivir se tomaban unas copas en algún lugar de moda, e intercambiaban miradas, insinuaciones y direcciones concretas, con los objetivos establecidos por el ritmo mundial de afectos y desafectos al que los humanos nos acompasamos.
Nada cambió, en lo sustancial. Las circunstancias pueden parecer otras, si bien los impulsos que movilizan a otras generaciones, no modificaron su cadencia. Tal vez, como sucedió en Der Spiegel, ahora el nombre de los locales de alterne, si aún subsisten, sufriría un cambio menor: Dä Spiegel, acercándose con ello a lo que parece coloquial, y, por tanto, más próximo.
Pero, sobre las ruinas de los lugares caídos, se levantan nuevos monumentos con la intención de propiciar encuentros placenteros, con los ánimos aderezados con algunas copas que venzan, por algún instante, la resistencia pasiva a volver a ser uno mismo, antes de retornar a la casa tranquila y al inestable sosiego de saberse no expuesto, detrás de las persianas.
En los locales de moda de las ciudades europeas, el observador -involucrado o no- constataría, si así le pete, que los ambientes adecuados siguen impregnados de la misma esencia, ese aroma a flirteo con objetivo sensorial, que puede o no desembocar, según se tercie, en triunfo de dos en las alcobas. «Es inútil fingir, todo dios sabe, lo impregnado que de sexo está el ambiente», escribí como comienzo de un poema. («Absueltos de todo don»)
Así que, en todo lugar, con trastabilleo sobre la mesa, canciones melódicas en picúp o música en vivo, con vasetes de vino bocholés peleón, claras con lima, yín tónic o combinados más sofisticados, El Espejo y todos los espejos del mundo siguen reflejando una misma situación, porque es sempiterna: la imagen del yo vuelta desde el otro. Allí se ven, a uno y otro lado, las soledades que se encuentran o se repelen, se retuercen, se untan, se embadurnan de nostalgias y apetencias, buscando compaginarse y se alargan hasta llegar a tocar con la lengua de la curiosidad, el fondo de la soledad del otro.
Y ese dibujo sobre el que se han acumulado ya casi cuatro décadas, (que, evidentemente, me sigue gustando), mantiene , por ello, la vigencia de representar la cadena sin fin de las vidas puestas en común, con sutiles diferencias, y los rostros e intenciones, ocultos sin gran éxito, tras la máscara de la convivencia anodina, tranquila, sosegada. Y que estallará cuando menos se espera.


Deja una respuesta