La comparecencia en la noche del 7 de diciembre de 2015, de tres candidatos a la Presidencia de Gobierno y una vicepresidenta ejerciente de mandamás del actual, en un formato insólito y envarado, ante un par de periodistas de la Sexta cadena de televisión española, defraudó mis expectativas.
Cuando apagué el aparato, la sensación de que ya había oído otras veces el mismo argumentario, idénticos ataques a las posturas del otro, similares réplicas, la achaqué, por igual, a la poca agresividad de las preguntas de Ana Pastor y Vicente Vallés y a la escasa pericia o falta de empatía de los examinandos para salirse del guión con alguna genialidad.
Pero ahora que ya reposé lo que vi y oí, y antes de contaminar mis reflexiones con lo que supuren los media y descubran otros comentaristas más avezados en hacer picadillo de las posturas políticas con el cuchillo afilado de la sagacidad que atribuimos sin problemas a los que se sientan en torno a una mesa con micrófonos, creo que la culpa de mi desencanto es solamente mía.
Ante todo, porque me he convencido, después de haber estudiado cientos de procesos de Gobierno en decenas de países, con la dedicación de un diletante de la Historia, que no se ha inventado nada mejor para que un país funcione en democracia que el bipartidismo.
Y no porque las gentes tendamos a la dicotomía, a decir que algo solo puede ser bueno o malo -o, para no parecer demasiado infantil, que hubiera que elegir entre economía de mercado o centralizada, entre postcomunismo o neoliberalismo-, sino porque, cuando se trata de gestionar todos los resortes de la función pública en una democracia consolidada, lo que me gustaría conocer son las propuestas para obtener más éxitos sin cambiar la singladura, reparando vías de agua, carenando, adaptando motores y mejorando tripulaciones, y no verme abocado a aceptar como más adecuada la oferta de un cambio brusco de rumbo, apuntando hacia lo desconocido y, por lo que parece, animados incluso a subir en un buque surgido de la bruma espesa.
Entiendo por ello que el gran hándicap de estas elecciones es que los dos partidos que representaron en las últimas tres décadas el bipartidismo con notable éxito, con diferencias que fueron limándose a lo largo del trayecto democrático, acercando posturas en lo práctico, precisamente por hacerse posibilistas, no han sido capaces de encontrar los cabezas de lista en un momento en que la sociedad pide que se la alimente de imaginación y, sin que sepa precisar cómo, quiere cambios.
No presentan ni el PP ni el PSOE candidatos a futuros jefes de Gobierno con personalidades atractivas, y con soltura política, y no era necesario, siempre en mi opinión, que tuvieran que convencernos de lo que van a hacer o desearían cambiar -especialmente, no lo necesitaba el PSOE, pues le hubiera bastado presentarse como llegada la hora de recuperar el Gobierno-, sino que fueran capaces de entretenernos con sus propuestas, emocionarnos con sus hipotéticas o forzadas rivalidades. Y así, adentrarnos en la confianza atávica de los indiferentes en política de que, no importa quién vaya a resultar ganador en las elecciones, la economía mejorará solo si nos encontramos en un ciclo expansivo y que por lo menos, tratarían, gracias a que se sabrán rodear de los mejores, de superar las dificultades actuales y las que se presenten.
Pedro Sánchez (PSOE) parece una buena persona, ha mejorado en sus cualidades de orador desde que fue elegido como candidato de su partido, pero no tiene suficiente encanto político, esa sutileza de carácter, presencia y ánimo que genera el carisma, la devoción al liderazgo, que tuvo González, que tiene Ruvalcaba o Solana y el primer Zapatero. El programa que le han confeccionado gira en torno a la vuelta del estado de bienestar -es decir, a un pasado mejor-, pero no cuantifica ni detalla la manera de hacer ese camino de reenganche, y aparece como vacuo, poco trabajado. Y como no dispondrá España del magnífico regalo económico que nos entregó la Unión Europea para que repartiéramos en infraestructuras y algunos despilfarros, sino que nos hemos convertido en deudores y observados desde el recelo, su mensaje es débil, insuficiente, ingenuo.
Mariano Rajoy (PP) responde al prototipo de político amortizado; tendrá gran experiencia en la gestión pública (no seré yo quien lo dude), pero no es el líder que el país necesita ahora para encajarse mejor en Europa y en el mundo, que es donde se están librando los acontecimientos importantes. Su equipo de gobierno tiene, en su mayoría, idéntico olorcillo a quemado, en sectores vitales. Su adelantada en la arena del rifirrafe político, Soraya Saenz de Santamaría, tiene fundamentos, rezuma listura, aunque le sale de manera que va con su temperamento de chica primera de la clase, una petulancia de marisabihondilla que, a algunos puede encantar, pero que me parece inadecuado para dirigir un cotarro de intereses encontrados, en que todos pueden tener parte de la razón.
En el debate del 7.12, asumió una gran responsabilidad, más bien propia de letrada encargada de la defensa de un encausado, y anduvo envarada, repetitiva y menos brillante de lo que se esperaba y puede ser. En todo caso, el PP es una fuerza política que, aunque pueda ser el partido más votado en las elecciones del día 20, no puede ser capaz de sacar solo al país del vacío intelectual y económico en el que se ha sumido.
Albert Rivera (C´s) tiene muchas ventajas personales en relación a otras alternativas: es fresco, habla muy bien, resulta ágil y, a ratos, entretenido. No renuncia a admitir que no sabe de algunos temas (en particular, de economía), y que sus propuestas descansan en lo que deciden los expertos (en este caso concreto, en Luis Garicano). Da una tremenda sensación de improvisación -brillante, pero, por eso mismo, generadora de alarmas- y su preocupación expresa de ocupar el centro -esté donde esté- le hace aparecer, en algunos terrenos, acomodaticio. Si su candidatura fuera la más votada y tuviera que formar gobierno, asistiríamos a la aparición en la escena política de muchos de los llamados independientes, y a una gran improvisación -dentro de lo moderado-, de resultados concretos desconocidos, aunque, por eso mismo, no exenta de interés para observadores de los sillones sin anteojeras.
Pablo Iglesias (Podemos) no puede abandonar su perfil de lo que antes eran algunos de los penenes de la Universidad: profesores jóvenes, listos, incluso geniales. Defendían, en no pocos casos, la reforma profunda de las instituciones -allá por los 70 del siglo pasado-, se declaraban contrarios al franquismo, partidarios en sus pequeños círculos de devotos académicos, de movimientos anticapitalistas que iban desde la expropiación hasta la revolución armada, eran acérrimos defensores de la gestión centralizada y de la empresa pública, y parecían disponer, porque habían leído mucho a Marx, Hegel, Mao, Bakunin, Lenin, Samuelson, Keynes, y otras decenas de sabios, de fórmulas mágicas para conseguir el pleno empleo, modernizar las estructuras, conectar al país definitivamente con el resto del mundo… Cuando la democracia puso sus cartas sobre la mesa, la mayoría se afiliaron al PSOE, algunos se acomodaron por poco tiempo en el PC, y unos cuantos, más versátiles, se incrustaron en AP y el PP; pocos supieron ver en la UCD de Suárez un reducto donde acogerse y no faltaron quienes se concentraron en su carrera como profesores universitarios, alejados del mundo, sus pompas y obras.
Iglesias es el mejor polemista del plantel de políticos en primera línea. Si está de buenas, arrasa, con agilidad dialéctica y facilidad para conectar con su público y asombrar a los que aún no lo conocen. Se rodea de un plantel variopinto de personajes, algunos brillantes como él, y otros, mucho menos o nada. Su discurso es magnífico, pero está destinado a otro país y otra realidad. Por eso, cuanto más concretaba sus propósitos de gobierno, más adeptos perdía, y hoy parece destinado a capitanear a una minoría -significativa, en todo caso- de radicales descontentos, antisistema irredentos, personas de buena fe pero faltos de visión práctica, amén de quienes aún se sienten atraídos por el encanto de los trozos que aún le quedan de su inicial discurso de ruptura.
En resumen, pues, nos queda aún un largo camino para recobrar la estabilidad en este país tan maltratado por el exceso de inteligencia teórica y la escasez de visión práctica. El bipartidismo está más lejos que nunca. Los líderes aún tienen que madurar, aparecerán otros, y algunos están ya para caer del árbol de la presencia política: no por edad, no. Por agotamiento de su imagen.
Que el futuro nos coja confesados.

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