En el día de hoy, cumplido con éxito el primer episodio del ceremonial de acoso y derribo a la Monarquía, forma adoptada por la Constitución vigente para la Jefatura del Estado, el «rey de antes», Juan Carlos, ha decidido «irse de España».
No es un día feliz, incluso para un republicano de corazón, como yo, pero respetuoso con la Norma Suprema y amante del orden social y de las cosas bien hechas. En mi opinión, ante todo, ha sido un error de Juan Carlos asumir como «solución para el país y para la Monarquía» este desplazamiento lateral, asimilable, por los que se encuentran felices en el barullo y el caos (siempre que no les afecte a ellos), a una huida.
La marcha del rey de antes fuera de su país, al que rindió innegables servicios. no solventará el grave problema de la debilidad constitucional de la Monarquía en España, atacada desde el propio Gobierno y de las fuerzas independentistas, que se han atrincherado en Cataluña y Euskadi. La tolerancia de las instituciones, el terrible mangoneo de Sánchez y la facción del PSOE que lo apoya para hacerse con la presidencia del Gobierno, ha abierto una brecha, imposible de cubrir desde la sensatez, con el orden, la paz social y la tranquilidad para invertir que exige el dinero.
No vienen buenos tiempos, ni para los demócratas, ni para los monárquicos ni, por supuesto, para los republicanos.
La democracia en España está rota desde que se ha admitido un Gobierno anticonstitucional, que maneja las instituciones a su antojo y utiliza el patrimonio público como su feudo y la mentira como argumento. Lo siento, porque alguna vez me definí como socialdemócrata, pero lo que se ha implementado en nuestro país es la consolidación de la vergüenza. No será fácil cambiar estas tornas, con una oposición dividida, incoherente y falta de ideas.
Los monárquicos lo tienen muy difícil. Se argumenta que Felipe VI es un rey bien preparado y que su voluntad de servir al país es tal, que supera los disgustos del desprecio social hacia miembros de su familia. Su cuñado -el que le queda como tal, en la cárcel, su propia esposa, tratada como si fuera una modelo de poca monta por las revistas tanto del corazón como de la opinión, su madre -inteligente y culta Señora, con verdadero sentido de Estado y de servicio a un país que no es el suyo de origen-, tratada como esposa engañada y, ahora, su padre, perseguido como un delincuente.
Felipe VI tiene los días contados, salvo el riesgo de dejarse convertir en un monigote para los tiros al pimpampum de los fervientes republicanos, esos que lindan con la anarquía y el comunismo sectario y trasnochado. España, por la portavocía miserable de un gobierno faccioso, se declara extraoficialmente republicana, sin votación por el cambio constitucional y sin análisis alguno del camino al que nos lleva este desorden instigado desde quienes tienen el poder fáctico. Felipe VI quiere ser convertido en un rey monigote, un instrumento de referencia utilizable a libre antojo, junto a la idea de Patria, bandera, Dios o bien común.
Pero no se engañen los republicanos de conveniencia, esos que ahora aplauden, como una victoria, la marcha del rey Juan Carlos, ignorando sus acciones de valor, la paz que nos proporcionó después de una dictadura cruel y despiadada con la disidencia, y puesto en solfa por una comisión -aún no probada- de sesenta o cien millones de euros. ¡Como si el país no pudiera permitirse, y debía haberlo hecho, premiar, no con cien, con mil millones, su tarea durante cuarenta años! ¿Es el Reino Unido más democrático que lo era España, la reina de Inglaterra (inmensamente rica, propietaria del mayor rebaño de ovejas de la Unión y, por ello, destinataria de la mayor parte de las subvenciones pecuarias de este proyecto eterno de Unión Europea) más pura que quien pasa por ser miembro de una de las monarquías más pobres del mundo?
No, la República no llegará por este camino. Se avecinan tiempos convulsos, desórdenes, lamentos y más pobreza. Lo que no consiga el virus por sí mismo, lo conseguiremos los españoles con nuestra pertinaz manera de destruir lo que tenemos, dispararnos a los pies, o a los ojos del contrario.


Tiene gran mérito que sigas escribiendo sobre la querida España y sus maltratadores. En cualquier caso algo de esperanza dado el lodazal general es una medicina recomendable y echarle más c. a trabajar por la patria preñada de improductivos. Porque proponer a nuestra edad coger el «chopo» parece poco realista e incluso ineficaz. Nos queda además rezar. La Fe mueve montañas.
Gracias, José Pedro, por expresar tu opinión. Seguro que tú, que eres persona instruida y seria, y viajada, contemplas con envidia cómo en países que se dicen más avanzados que el nuestro, personas de nuestra edad, y aún muy superior, se ocupan de labores importantes. Pienso en Estados Unidos, Alemania, … por no traer ejemplos, aún más numerosos, de países asiáticos. El desprecio a la edad y a la experiencia es mal, también, de este país. No lo tuvimos nosotros, la generación de los que ahora peinamos (con suerte) canas. La oración supongo que, como todo lo que sirve para impulsar y animar, servirá a algunos. En un cuento que leíamos de pequeños, el niño que llevaba mercancía al mercado, cuando el burro se negó a avanzar, hizo caso del consejo de su padre. Llamó a la Necesidad. Y la Necesidad le ayudó, por supuesto.