La joven abrió la ventana, y no tardó en advertir la razón del alboroto. Sobre las ramas del plátano falso que crecía, imponente, en el jardín del edificio de al lado, se habían instalado decenas de urracas. Sus graznidos servían de llamada de atracción para las demás aves de su especie, que aparecían de pronto entre los tejados y, después de posarse junto a las que ya estaban instaladas, se unían al cortejo de chillidos.
-¡Mamá, ven! -gritó la joven- ¡Mira qué curioso!
Era el último día de otoño de un año cualquiera, pongamos que 2015. Era domingo, 20 de diciembre.
La meteorología se empeñaba en advertir que había sido la estación más calurosa que se recordaba, aunque la memoria tiene dificultades para conservar acontecimientos poco importantes.
No llovía, ni se tenían perspectivas de que lloviera en las próximas semanas. Para la inmensa mayoría de los habitantes de la ciudad, un tiempo así era una bendición, un capricho estupendo del azar. Cuando salían del trabajo, eran muchos los que se reunían en las terrazas al aire libre, para tomar un refresco e intercambiar insinuaciones como si fuera el verano.
Y los que no trabajaban ni tenían exámenes en perspectiva ni estaban enfermos, podían pasear, a pie o en bicicleta, o elegir bañarse en las piscinas municipales que aún permanecían abiertas, o, incluso, nada les impedía -salvo que no tuvieran medios económicos- desplazarse a las zonas de playa o al campo, aunque no fuera fin de semana ni fiesta de guardar, y disfrutar dejando que el sol tostase sus pieles desnudas.
Tal vez algún campesino opinase de forma diferente, preocupado porque los dientes de ajo, las cebollas o las semillas de forraje que, como cada año, había depositado en la tierra confiando en que las lluvias las hicieran arraigar y crecer, se hubieran marchitado, y sus pútridos despojos, sirvieran de comida a los ratones de campo.
Pero quedaban pocos campesinos que sembraran semillas. La inmensa mayoría de quienes habían trabajado en el campo, estaban jubilados y vivían en la ciudad, con alguno de sus hijos, o languidecían en las residencias para ancianos de la comarca, o contemplaban, sentados a la puerta de sus casas necesitadas de mano de pintura y arreglos, cómo las urracas graznando se posaban en los árboles de la huerta, cuyos frutos nadie se había acercado a recoger.
La joven volvió a llamar a su madre, que trajinaba en la cocina. El volumen de la radio estaba puesto casi al máximo, porque la madre había perdido oído con el tiempo.
Fijándose un poco, descubrió o creyó descubrir la razón por la que aquel tropel de córvidos se había agrupado en el plágano del jardín vecino. Había un nido en una de las ramas más altas, y ese nido estaba ocupado.
La muchacha no entendía mucho de pájaros, pero si hubiera tenido algún conocimiento, podría haber puesto un nombre específico a la pareja de fringílidos que, a despecho de la estación y del lugar, había afincado su hogar en un árbol de ciudad y a punto de empezar el invierno.
Ajeno al estruendo, el macho de aquella pareja de esforzados, revoloteaba de aquí para allá, atrapando en su vuelo eficaz, los insectos que llevaba, diligente, para alimentar a su hembra, que, acurrucada en el nido, se encontraba con seguridad empollando los huevos que, tan a destiempo, había depositado en él.
La joven comprendió, de pronto, la razón del interés de tantas aves oportunistas: estaban acechando el momento de lanzarse sobre la puesta, o, tal vez, incluso, de atrapar a alguno de los progenitores que, desde luego, no podían sentirse ajenos a la amenaza.
La joven pensó en lanzar un grito para ahuyentar a las urracas, pero se contuvo, porque estuvo segura de que si hacía tal cosa, también asustaría a los dos verderones. Se limitó a mover los brazos, como una veleta. Alguna de las urracas la vio, lanzó el aviso a las demás, con un graznido diferente, y se fueron todas.
No se si en algún momento he escrito ya que era día de elecciones en aquella ciudad. Se elegían los representantes para formar el nuevo Gobierno de la nación, o algo así. Las dos mujeres fueron, pues, a votar.
Cuando volvieron, la joven miró por la ventana, hacia el árbol. Tenía mucha curiosidad por saber si las urracas habían vuelto, si los pajarillos seguirían cuidando su nido, si todos habrían desaparecido. Incluso temía que cualquiera de los gatos que eran habituales en el barrio se hubiera percatado de que allí también tendrían alguna oportunidad.
FIN

Además de la preocupación que tengo porque me voy a votar, y no sé a quién…..ahora tengo la segunda con los pajaritos….