Podía haber sido otro el desencadenante, y tal vez no hubiera sido necesario ninguno, porque ya estoy bastante mayor para no precisar estímulos ajenos para ahondar con propias escardaderas en lo que se nos oculta. Pero reconozco que la columna del 4 de julio de 2015, «Exámenes» (EP), de Fernando Fernández-Savater, catedrático de Ética y reconocido filósofo, autoconfeso seguidor de Spinoza y de la ética del querer frente a la del deber, me ha conmovido.
Expone Savater que, en los años 80, varios presos etarras aprobaban las asignaturas correspondientes a sus licenciaturas, no por lo que sabían, sino por el terror que infundía la organización terrorista a los examinadores, que se los quitaban de encima con un simulacro de legalidad.
Por las mismas fechas, un historiador británico empecinado en contarnos la historia verdadera de España, Paul Breston, desenmascara (si aún hacía falta), a un Santiago Carrillo más atento a eliminar correligionarios y compañeros de facción, consiguiendo así que no creciera más árbol de sombra que el suyo, utilizando las depuradas técnicas del stalinismo como garrote y sierra de podar.
Son solo dos ejemplos, desde luego, sesgados en intención ideológica y sección de atención, aunque me sirven también para reflexionar sobre lo que hemos soportado, quizá conscientemente ignorado, seguramente tímidamente consentido, muchos ciudadanos que nunca estuvimos en las instituciones oficiales, y que creíamos que nuestra labor sería suficiente con hacer bien lo poco o mucho que teníamos entre las manos.
¿En qué país vivimos? ¿Esas personas que se han alzado con méritos y gorros que aún lucen sobre sus cabezas, tienen todas idéntica legitimidad?¿Cómo distinguir a los que alcanzaron sus puestos con decisiones dictadas desde el amiguismo, el nepotismo, la filiación, la incuria…?
Reconozco que no lo sé. No soy examinador de personajes, sino que solo me detengo en analizar los resultados, en la medida en que están al alcance de mis opciones de descubrir qué nos está sucediendo, y que son, por supuesto, limitadas.
Quisiera creer que estamos en un gran país, que no nos parecemos a los que están en la senda de los perdedores, que nos encontramos colectivamente bien situados para mantener las riendas de nuestro futuro por la senda más prometedora, esa que nos garantizaría una sociedad más justa, equilibrada, solidaria, honesta.
He leído también que abre muchas interrogantes el reconocer ahora, como resultado de las últimas elecciones locales (mayo de 2015), que se han aupado a los puestos de poder (aún limitado), gentes de los que ignoramos su pasado, personas con currícula que juzgaríamos como inadecuados, según los baremos tradicionales, hombres y mujeres venidos desde la sociedad oscura, de la protesta tal vez visceral, acompañados, puede, de resentidos, ilusos, gentes de buen corazón y escaso sentido práctico.
Pero como no tengo más que una vida a disposición, y soy consciente de que esta se va acabando por ley natural, y mantengo una curiosidad insobornable acerca de lo que puede lograr la humanidad cuando combina, sin trabas, la inteligencia y la ilusión, …me reconozco tensamente ilusionado en poder presenciar, si la naturaleza no me vence antes, que lo que estamos ahora viviendo en este país, y viviremos aún, es el efecto de un aire fresco que ponga en solfa y al desnudo lo que se haya conseguido sin méritos, sin vocación, sin intención ni ganas de hacerlo por mejorar lo común antes que lo propio.
Si se cumplen estas expectativas, que reclaman participaciones gigantescas, hercúleas, titánicas, y una total transparencia, no nos preguntaremos en qué país vivimos, ni nos vanagloriaremos de habitar un gran país porque nos lo digan desde arriba, sino que seremos capaces de responder, como inmensa mayoría: Estamos orgullosos de vivir en éste, porque es el que estamos haciendo entre todos, guiados por el esfuerzo, la entrega y la ilusión de los mejores, a los que apoyamos sin recelos.

Gran parte fueron elegidos, aunque no fueran conocidas sus trayectorias, a causa de ser harto conocidas las de los otros (niveles teórico, profesional, moral).
En tu Mensaje, José, descubro un doble sentido que lo hace atractivo, y me invita a compartirlo.