Me crucé con un pequeño, acompañado de su madre, que llevaba una camiseta, perfectamente ajustada a su tamaño de personilla, con los colores de cierto equipo de fútbol (equipamiento principal) y el nombre de un jugador de esa disciplina deportiva en la espalda.
-¿Te llamas igual que el jugador? -le pregunté, fingiendo cara de sorpresa.
-No, claro -me contestó como quien responde a un loco de atar-. Me llamo Yónatan -(ruego se me disculpe si la grafía no es correcta).
La mamá me sonrió, evidentemente orgullosa de las incipientes habilidades de su retoño en el arte de controlar la pelota.
-Jonathan, -me dirigí a la madre, una joven a la que juzgué, inequívocamente, como universitaria con responsabilidades ejecutivas- ¿Como Jonathan Swift, el autor de los Viajes de Gulliver?.
-Ah, no. A mi marido no le gusta viajar. Es Yónatan, por el capitán de la selección nacional cuando el niño nació. Fue una premonición. Porque Yónatan juega muy bien al fútbol, ¿verdad, Yónatan?
Me disculpé ante la singular pareja de aficionados y me fui con un pensamiento en la cabeza. Es evidente que estos niños a quienes sus padres o familiares compran camisetas con nombres de futbolistas, están encaminando a sus retoños en una sola dirección, sean o no conscientes de la enseñanza que les transmiten. La sociedad, en su conjunto, crea el clima adecuado: los ídolos, los portadores de los valores de la tribu, los ejemplos a seguir, en comportamiento y actitudes, son estos atletas.
Me he puesto a dibujar camisetas con nombres de científicos, escritores, químicos, físicos, ingenieros, filósofos, economistas, juristas,…, «famosos». (Pongo las comillas no sin rubor).
¿No habría alguna empresa seria, fundación o sociedad científicas interesadas en propagar el mensaje de que, si se quiere jugar en equipos con futuro, hay que tratar de emular a los Enmanuel, Maria, Jorge Juan, Isaac, René, Fedor, Paul, …?
Por supuesto, sean quienes sean los modelos elegidos, habrá que explicar a esos niños, además, que no pretendemos que los admiren por todo lo que hicieron, sino por algo concreto de lo que hicieron. Porque un modelo absoluto, solo existe en los cuentos de hadas.
