Le estamos dando demasiada importancia a los políticos y no la tienen. No nos sirven para casi nada, y han demostrado hasta la saciedad que forman un grupo excluyente, bastante zafio y muy poco ocurrente. La prensa -sobre todo la escrita-, que está herida de muerte, se empeña en convertir a esa pobre gente en personajes de ficción, restregándonos sus vulgaridades y miserias, distrayéndonos del tema importante: para qué sirve el dinero que les pagamos, de qué forma se dedican a resolver nuestros problemas y no a inventarnos otros, trasladándonos, incluso, los suyos.
Pongo algunos ejemplos, para los que anden más despistados.
¿Nos afecta para algo quién será el Presidente del Partido Popular en Madrid o las opiniones que puedan tener unos de otros de los cabecillas de esa facción ideológica? ¿No será mejor obtener información sobre si ese partido con supuesta vocación de Gobierno, tiene un programa actualizado y se declara dispuesto a cumplirlo, en el caso hipotético de que ganara las próximas elecciones generales?
¿Qué efecto -a escala nacional e internacional- tiene la desgraciada circunstancia de que el Presidente de Gobierno actúe cada vez con mayor frecuencia como Secretario del Partido Socialista que como jefe del Ejecutivo? ¿Se está analizando la pérdida de relevancia internacional de España? ¿Qué tipo de interlocución tenemos con el Gobierno de Estados Unidos de Norteamérica? (por no hablar de otros Estados y países con poder creciente)
¿Qué hacen la mayoría de los actuales ministros de Gobierno en sus respectivos cometidos como máximos responsables de la Administración pública en sus respectivas carteras? ¿Podemos sacar alguna consecuencia del tremendo fraude que ha sido la irrupción de Podemos en el panorama electoral? ¿El parecido lamentable a una política bananera, donde parejas legales o de amantes, ocupan carteras ministeriales, secretarías de Estado o Direcciones generales, afecta a la eficacia del trabajo desempeñado por estos servidores del Estado?
¿Tienen consecuencias prácticas sobre las actuaciones oficiales o regladas, los conocimientos, más que sus tendencias sexuales, afectos y desafectos entre ellos, de los miembros de los poderes fácticos del Estado, ya sean del poder judicial, del ejecutivo o de los diferentes centros de decisión que pagamos con nuestros impuestos ?
¿Tiene el Gobierno alguna opción de detener la escalada de precios y controlar el precio de la energía, incluido el gas, ante un invierno que será crudo? ¿Por qué no funciona como debería el Estado de las Autonomías, falto de voluntad de corregir la vergüenza constante que supone el desequilibrio entre regiones? ¿A dónde se pretende que llegue la desafección de Cataluña y el País Vasco?
¿Por qué no se está apoyando la investigación y la ciencia con dineros y no solo con huecas palabras? ¿Se está haciendo algo para conseguir que la asistencia sanitaria sea, al menos, similar, en todas las regiones? ¿Se han analizado las diferencias brutales de calidad de los egresados universitarios, en relación con los centros en donde obtengan sus títulos?
Estos tiempos que nos ha tocado vivir, y en los que proliferan las voces que hablan de la necesidad de utilizar un lenguaje inclusivo, de incorporar a todo el mundo en términos de igualdad formal, se han desvelado, en la dura realidad, como excluyentes para la inmensa mayoría. Aunque resulten exclusivos para algunos. Basta ver cómo quienes nos debían dirigir han mejorado su nivel de vida, a costa de nuestra intranquilidad.
Nota: La foto corresponde a un juvenil de curruca capirotada

