
La vida nos va haciendo resistentes a las adversidades, cuyo paso queda reflejado por cicatrices, algunas de tamaño respetable. Un sexto sentido nos avisa de su presencia en el otro, y, por ello, para evitar conflictos o tensiones, procuramos evitar suscitar algunos recuerdos.
Estas áreas de sensibilidad emotiva son bien conocidas entre quienes llevan tiempo viviendo juntos, especialmente si han tenido una relación personal intensa, y por eso, cuando se quieren hacer daño, no tienen más que hurgar en la cicatriz, para que la sangre y la bilis vuelvan a salir a borbotones, con consecuencias no siempre previsibles.
Aunque, por supuesto, no me faltan cicatrices de la psiquis, que trato de disimular u ocultar como puedo, me voy a referir hoy a mis cicatrices físicas, que son pocas, aunque cada una proporciona una historia.
La mayor, y más antigua, es la derivada de una apendictomía a la que me sometieron en el verano de mis once años. Lo más curioso de aquella vivencia es que, sin venir a cuento, mientras estaba en el postoperatorio, cada vez que me visitaba mi tío Justo, me daba un ataque de risa. Era un estúpido reflejo condicionado, que acababa en lágrimas, debido a la colección de puntos que me habían cosido para cerrar el tajo.
La más ridícula de las cicatrices, en la mano derecha, proviene de mi época en el centro de Cad-Cam de Asturias. La hierba del jardincito, más bien agreste, de la Casita del Príncipe había crecido demasiado y, echando mano de mis hipotéticas raíces de hombre de campo, un mediodía, aprovechando que profesores y alumnos se habían ido durante la pausa para comer, me fui a Lugo de Llanera, compré una guadaña, y me dispuse a segar las altas hierbas, que tanto afeaban el recinto.
Para comprobar el filo de la herramienta recién comprada, no se me ocurrió más que pasar un dedo por el borde afilado, como hacen los expertos segadores. No sé que diablos ocurrió, pero la guadaña se me deslizó y me hizo un tajo en la palma de la mano-no muy considerable, pero aparatoso por la inmediata efusión de sangre-.
Así que, sin nadie a quien poder pedir ayuda, tuve que coger el coche, hacer de tripas corazón (no se qué fue primero), y acercarme hasta el hospitalillo de Llanera, por fortuna abierto a esa hora, y en donde me pusieron unos cuantos puntos. No es fácil olvidar la sonrisa burlona con la que los facultativos de bata blanca recibían la explicación de aquel tipo de corbata y traje gris que mantenía haberse cortado con la guadaña con la que pretendía segar la hierba del Centro de Diseño.
Cuando se enteró Violeta de mi frustrada operación de siega, envió a su esposo, que segó el pradito en un momento y al que yo, con la mano vendada y una sonrisa forzada, regalé la guadaña y la piedra de cabruñar, rogándole que no diese mucha difusión a mi torpeza.
La segunda cicatriz por tamaño que tengo en mi cuerpo serrano (bueno, asturiano) está en mi frente. Hace un par de años, durante las vacaciones de verano, invité a mi hijo Miguel a un recorrido por la montaña belmontina, para indicarle algunos de mis lugares preferidos en donde encontrar, en estación, cantarelus o pinícolas.
Llevábamos un buen rato caminando -monte traviesa- cuando, al saltar desde un terraplén a un sendero, enganché un pie en una rama del suelo, y me caí, con tan mala suerte que una piedra con corte agudo me hizo una tremenda raja en la frente, de la que manó de inmediato, abundante sangre.
Cuando rememoro el momento, me vuelve la sensación de estar allí, echado sobre el sendero, muy a gustito. No tenía, ni mucho menos, la misma sensación, Miguel, que no sabía exactamente cómo volver a casa desde el punto donde nos encontrábamos.
Me recuperé, pues, como pude, y fui guiando a mi hijo hasta lugares conocidos. Cuando tuvo cobertura con el móvil, llamó a su hermano para contarle que su padre había tenido un accidente, y que avisara al ambulatorio de Belmonte (era domingo).
Hicimos un par de llamadas más durante el descenso, y los que estaban en la casa, bajaron el nivel de alarma inicial, especialmente cuando yo les dije que me encontraba bien y que no se preocuparan.
Cuando me vieron entrar en el comedor donde los que habían quedado en la casa se disponían a comer, la aparición de aquel ensangrentado, un tanto vacilante, y su lazarillo, tuvo que ser inolvidable. Salvo para las dos nietas que ya estaban en el mundo por entonces, que ni se inmutaron, desde la inmensa capacidad de asimilación de su año medio.
En Belmonte, una eficientísima ATS me cosió la frente con el esmero de una de las hilanderas de Velázquez, con puntadas tan diminutas y certeras que ya casi ni yo mismo noto que alguna vez tuve el hueso frontal al descubierto.
Me gusta esta foto, de un colorido muy pictórico, si se me permite la trivialidad. El ave es un gorrión que acaba de refrescarse y, con las plumas aún mojadas, remonta el vuelo con algo de dificultad.
Los fotógrafos de aves sabemos que un remanso en un arroyo de agua cristalina, un recipiente con agua pura suficientemente resguardado, son puntos de encuentro en los que, con paciencia y discreción, se puede llegar a avistar a bastantes especies que acudirán a saciar su sed o, en un día caluroso, a darse un baño.
