Mientras redacto estas líneas, tengo a la vista la portada del libro «Edith Stein en compañía», de Jesús Moreno Sanz (Ed. Plaza y Valdés, presentado en la reciente Feria del Libro de Madrid, 2014). El volumen, de 556 páginas -excluidas la Introducción y el Índice onomástico, lleva el subtítulo: «Vidas filosóficas entrecruzadas de María Zambrano, Hannah Arendt y Simone Weil», que permite aventurar el esquema del tratamiento que el autor se ha propuesto para su trabajo.
La portada, en fondo blanco, incorpora con un diseño en cruz las fotografías en blanco y negro con los rostros de las cuatro pensadoras (bastante mayor la de la santa copatrona de Europa), insinuando, con manchas solapadas que discurren de arriba abajo (de Arendt a Stein) y de izquierda a derecha (de Zambrano a Weil), el martirio de la protagonista principal de la hagiografía y el final asimilable de la fonéticamente homónima de la diputada que presidió el Parlamento Europeo -casada con Antoine Veil, del que tomó el apellido-, subrayando en rojo sangre las palabras «en compañía».
He leído el libro constatando en mi ánimo varias fases de un proceso de acercamiento a la obra, que no me resisto a expresar: escepticismo, desánimo, interés, entrega y curiosidad renovada. La razón de este periplo ha de encontrarse, ante todo, en la portentosa erudición de Moreno Sánz, que, a quienes hemos desarrollado el maligno vicio de tratar de apurar las conclusiones sin pasar por el calvario de la construcción metodológica, nos conduce a empezar a leer un escrito de terceros empezando por el final y, tras hojear a salto de mata el denso precipitado en el crisol del alquimista poliédrico, nos vemos acometidos por la sensación de que nos encontramos ante un producto indigerible.
Sería un error, y nos privaría de la satisfacción de saber más y mejor, guiados por un enseñante profesional, a veces, como corresponde a un maestro, reiterativo, en ocasiones, como es de esperar en un investigador académico, prolijo por minucioso y respetuoso con las fuentes, pero nunca lejano, como debe serlo un amigo.
Jesús Moreno es, a estas alturas de su vida -somos coetáneos- un filósofo maduro y en ese libro que cabría calificar de monumental, destila, junto a las de sus biografiadas, las razones de su propio pensamiento, perfectamente incardinado en un iter metodológico que tiene sus raíces en la savia fructífera de Spinoza, en los místicos españoles (san Juan de la Cruz y santa Teresa de Jesús) y en la asimilación constructiva de los planteamientos de Husserl, Heidegger y, entre otros muchos, de las elucubraciones con raíces sufíes y resultados ecuménicos, de ese pensador menos conocido, que el prolífico autor ha traducido en un texto memorable, el gran islamólogo Massignon, admirado por María Zambrano.
Y al citar a Zambrano es de inexcusable justicia indicar que, a su interpretación, a la difusión de su pensamiento, a detallar su biografía y al titánico propósito de realizar el desmenuzamiento de su trayectoria vital enlazándola con su discurso filosófico, ha entregado buena parte de sus desvelos intelectuales, ese legatario y albacea impagable que es Jesús Moreno.
El libro de Moreno admite varia lecturas, y la menos provechosa -aunque la más divertida- es la que se detenga exclusivamente en los pormenores biográficos de las cuatro pensadoras. Los paralelismos en la tetralogía, que Moreno pormenoriza, con citas innúmeras y una rigurosidad implacable, permiten descubrir, sin fisuras, el pathos que conduce, al menos a tres de ellas, a su inmolación intelectual y física.
En este sentido, la incorporación al grupo de Zambrano, la mejor conocida, sin duda, por Moreno, tanto en sus vivencias como en su obra, resulta algo forzada. No veo en ello un hándicap ni un descuido, sino, por el contrario, la evidencia de la asimilación por el glosador del pensamiento y trayectoria vital de la singular discípula de Ortega y Gasset, lo que, en pura recreación intelectual, le permite ya a Moreno un cierto distanciamiento, al profundidar en su singularidad, domeñándola desde dentro del personaje, como suele ser la meta de un biógrafo encandilado con el sujeto de su estudio.
El periplo personal de Zambrano aparece como especial, distinguible, y su martirio interior, construido, como en las demás -mujeres e inteligentes y, salvo la citada, judías-, desde luego, por la sinrazón del menosprecio de la intelectualidad oficial, incluidos quienes fueron sus admirados maestros, y la reafirmación continuada de sus ansias de ser reconocidas, tiene menos relación en ella con lo externamente vivido, puesto que la longevidad de la pensadora española le ha permitido alcanzar, antes de su muerte, un reconocimiento importante, al que todas ellas hubieran sido, y legítimamente, acreedoras, y sin los altibajos de aprecio que tuvo que sufrir Arendt.
He creído observar en el tratamiento de lo que afecta a la vida y filosofía de Simone Weil que hace Moreno, a pesar de ser un personaje secundario en esta laudatio dedicada a Stein, un cariño más natural, una complicidad más fresca que la que le ha permitido glosar, con rigor pero sin tanta pasión, la trayectoria filosófico-vital de la, para mí, mejor conocida con anterioridad, Hannah Arendt
Pero es en la lectura como un manual de filosofía práctica en donde el libro de Moreno, en mi modesta apreciación, alcanza su máximo valor. Las múltiples referencias a la concreción del pensamiento de Stein, así como, en menor medida pero paralela intensidad, del de las demás, permiten hacerse una idea perfecta, muy sólida, excepcionalmente sugerente, de cómo han llegado a una conclusión luminosa: la búsqueda de la verdad es una trayectoria personal, construida con base en la propia introspección, en la que las experiencias vitales, las lecturas ajenas, son solo un elemento más, incluso accesorio. «Lo mío, es solo mío/ lo tuyo es solo tuyo», como recoge la Sharia al Islamiya (la vía de perfección del Islam)
He disfrutado con el libro, y me propongo, una vez recorrido todo él en una primera lectura -en absoluto sosegada, pues Moreno reclama atención casi en cada página- a sacarle aún más beneficio intelectual. Me permito extraer aquí, sin la pretensión de resumir en una recensión imposible, una obra tan singular, la anécdota del encuentro entre dos Simone, Weil y De Beauvoir, en el patio de la Sorbona, que recuerda Moreno (pág. 138). «En aquella ocasión Weil afirmó que lo único importante era una revolución que diera de comer a todos, ante lo que de Beauvoir replicó que el problema no era proporcionar felicidad a los hombres, sino el encontrar sentido a la existencia. Simone Weil la miró de arriba abajo de modo implacable y le dijo: «Cómo se nota que usted nunca ha tenido hambre».
Desde esta posición crítica, podrá entenderse muy bien (extraigo, con omisiones que el autor debería disculparme, el tuétano de una de las muchas frases que Moreno, didácticamente, dedica -pág, 321- a explicar la «convergencia» más que el «paralelismo» de sus analizadas), aplicándosela a Stein: «Las ciencias del espíritu (…) han de tomar como objeto de investigación al individuo en su individualidad. Y para ello es indispensable delimitar bien la relación entre la conciencia -como el lugar del puro vivenciar (…)- y el espíritu -en el que los actos espirituales son vivencias intencionales- (…).»
Moreno ha escrito una nueva tesis doctoral, trabada, literariamente muy bien escrita, y filosóficamente encantadora. No será fácil leerlo, pero el problema, si existe, está, en mucha mayor medida, del lado de la responsabilidad del lector.
