La indignación ante la lectura de los múltiples comentarios relativos a la caída de Icaro Jenaro García, ex- CEO de Gowex y modelo hasta hace pocos días de emprendedor de éxito hispano, llevado de aquí para allá como atleta de la invención por los teatrillos de las vanidades públicas, no debería impedir controlar un riesgo mayor: la posible pérdida de credibilidad de los datos que se manejan de las empresas innovadoras españolas y de las auditorías que, teóricamente, servirían para controlarlos.
Explotada la burbuja made- in-Jenaro García, es urgente mirar, no hacia el fuego en donde desaparecen los trastos del ídolo tumbado, sino hacia el milagroso campo de cultivo tecnológico en donde se afanan centenares de honestos empresarios y trabajadores, en la dura labor de poner en pie proyectos novedosos en el pedregal científico, financiero y asociativo de esta España del siglo XXI que arrastra formas y modos malignos del pasado.
Porque el nombre de start-ups no está contaminado por ese presunto acto delictivo protagonizado por los gestores de Gowex y, posiblemente, sus auditores. Sigue formando parte de la solución. La indignación por la desfachatez y la falta de honradez de quienes han peinado las cifras de negocio, ocultado información de cómo iban las cosas, multiplicado por diez la facturación real y por infinito los beneficios inexistentes, imaginando un negocio ejemplar donde había una estafa piramidal, no debe perturbar la mirada alentadora hacia un amplio grupo de inocentes, que corren, sin embargo, el riesgo de ser juzgados y condenados a la trágala como consecuencia de la caza de brujas que se ha levantado contra las start ups españolas.
Dicen ahora algunos que lo de la trampa se intuía, que los que habían hurgado en el misterio de su éxito sospechaban que los pies eran de barro y las alas de fantasía, y que no se puede hacer negocio ofreciendo todo gratis, aunque sea en el caprichoso mundo virtual de las ciudades inteligentes pobladas de gentes, por lo que se va sabiendo, cada vez más estúpidas. Aventuran incluso, puestos a elucubrar, que Jenaro es un mentiroso convulsivo, que se inventó la mayor parte de su existencia. No sé. Como no me creo que una estafa monumental se construya en solitario, veo detrás, y al lado, y quién sabe si por encima, más rostros sin nombre todavía, tejiendo la red para cazar inversores incautos con la carnada de las subvenciones y diplomas públicos.
En todo caso, el perjuicio al rebaño de start-ups españolas, en el que se habrá colado, por qué no, como en todo redil, alguna otra oveja negra, no tardará en conocerse. El Informe de Gotham, del que sorprende la simplicidad de la investigación en relación con la contundencia de la conclusión, pone de manifiesto que es posible combinar mentiras, ambición y credulidad para generar un monstruo sin pies ni cabeza y que no sea descubierto por los que no miran más allá de sus narices complacientes.
La credibilidad de las empresas españolas que están centradas en poner en marcha aplicaciones en las nuevas tecnologías es la que tiene que defenderse con todas las herramientas al alcance. A Jenaro García y los que confiaron en su palabrería, o la alentaron, que los defiendan sus abogados en los Tribunales de Justicia.
