Se conmemora hoy, 6 de diciembre de 2019, seguramente por última vez, a la Constitución Española actual, vigente desde 1978. En un acto de los llamados «tradicionales», Felipe VI, jefe de Estado y representante físico de la monarquía parlamentaria, recibirá a los portavoces de los casi treinta partidos en los que se ha desmembrado la unidad política.
El acto, en sí, se ha convertido en un esperpento, uno más de nuestra peculiar manera de destruirnos. Una sección importante de los diputados de la actual legislatura están en contra de la monarquía como forma de gobierno y una facción de éstos, bastante significativa, rechazan al propio Rey, Felipe, como persona non grata.
Si se contabilizara a todos los españoles que se declaran partidarios de la república como forma de gobierno, seguramente que se alcanzaría una mayoría absoluta. Lo cual resulta peculiar, por cuanto tenemos en este período de nuestra lamentable Historia, según resulta igualmente reconocido (en este caso, también internacionalmente), a un Rey bien preparado, con excelente imagen pública y con una altura de miras que para sí quisieran buena parte de los politicastros que se han aupado a las plataformas de representación pública.
El presidente de Gobierno en funciones, Pedro Sánchez, ha aceptado como lema n la idea, ya expresada con lenguaje entrecortado y confuso, por el anterior Presidente de Gobierno, Mariano Rajoy, y que algunos (atentos a vigilar fallos ajenos para vituperar al prójimo) definieron como presunto comienzo de Alzheimer: «Cuanto peor, mejor». Es decir, cuanto peor, peor para todos, pero mejor para unos pocos.
A esa directriz atribuyo que estemos ahora mismo empeñados en acoger en Madrid la nonagésima versión de reflexión indignante sobre la Crisis climática, en este caso adobada con la mediática distorsión de una adolescente cuyo nombre se venera como si se tratara de Juana de Arco: Greta Thumberg.
Esa reunión de miles de empeñados en convencernos de que deberíamos estar todos los demás mortales muy preocupados por la inoperancia, desprecio e incuria de quienes deberían tomar las decisiones importantes en relación con el deterioro ambiental y climático de origen antropogénico, es lo que menos debería preocuparnos ahora, porque nos afectan directamente asuntos muy cruciales para nuestra tranquilidad inmediata.
Son éstos: la descomposición del Estado, la falta de solidaridad entre Autonomías (encabezada por Cataluña y el País Vasco), la corrupción imparable a pesar de los castigos ejemplares elegidos contra los descolgados de las jaurías, la amenaza de colapso, con grietas ya muy evidenres de las prestaciones sociales (en sanidad, educación y pensiones), la incapacidad para generar empleo, adobada con el resurgir que se creía haber superado, de los desprecios hacia el empresariado, el aumento de tensión social con huelgas que castigan al usuario sin piedad, el desprecio al intelectual, al que se juzga por el ignorante como algo innecesario o molesto , el desentendimiento frontal entre posiciones políticas, incluso de la misma línea ideológica, interpretando la vida pública como un escenario de chabacanas representaciones.
Adiós, querida y mancillada Constitución de 1978. No sabemos por qué habrás de ser sustituida, que no reformada. Quienes nos acogimos, bajo tu manto, a la idea de que podríamos construir una España sólida y mejor, con voluntad duradera, nos entregamos ahora al desánimo de ver cómo en estos últimos años, los intereses particulares de quienes elevamos al nivel de nuestra máxima representación, te han cortado los pies y se empeñan en cortarte, como final de tu martirologio, la cabeza.

