En verdad, la droga que se distribuye con la alimentación en la granja humana no es propiamente la del olvido. Tampoco puede afirmarse categóricamente que en todos los pesebres de la granja la dosis de opiáceos sea la misma, porque se hace depender de la situación en la que los moradores se encuentren dentro de la sociedad de consumo, la perspicazmente calificada como sociedad líquida por Zygmunt Bauman.
Porque en aquellos lugares a los que se ha conseguido convencer de que lo más importante que pueden hacer los humanos en su corta existencia es matarse unos a otros, no se precisa más que dejar que la mecha del odio, una vez encendida, arda por sí sola, alimentada por los oscuros conceptos de diferencias étnicas, preceptos divinos, tradición, idiomas o dialectos o la versátil instrumentación de los matices culturales.
La preocupación primaria que los humanos compartimos con los demás animales es llenar el estómago a diario. La hora en la que la atención está más disipada es la del almuerzo, por lo que se prefiere utilizar los telediarios para bombardear los cerebros con una acumulación masiva de imágenes efímeras que no se pueden asimilar y cuyo objetivo, expreso o tácito, es impedir el análisis reposado que obligaría a la selección de las noticias relevantes, que acaban sepultadas por toneladas de basura documental o información de la que no somos capaces de valorar sus consecuencias.
Los estudiosos que podrían ayudarnos a su interpretación correcta son silenciados, menospreciados o sobrecargados con actividades urgentes e intrascendentes, beneficiando, por el contrario, a los que complacen a los poderes económicos con estudios y propuestas inocuas, aunque, en general, nada inocentes.
En febrero de 2014, el ministro de Migración, Mark Harper, se vio obligado a renunciar al conocerse que una de sus empleadas de limpieza no tenía permiso de residencia.
Estas historias tienen el efecto de presentar a Gran Bretaña como un paraíso de seriedad, corrección y control. Son, en cierto modo, las nietas venidas a menos de aquel caso John Profumo, que era ministro de la Guerra en 1963, cuando se le descubrió una breve historia pasional con una corista cuyo apellido era Keeler y con encantos tan versátiles que -aunque nunca se probó- repartía sus favores también con un espía soviético. El ministro dejó la cartera y el premier, Harold MacMillan, quedó tan gravemente tocado en su prestigio, que se vio obligado a dimitir poco después.
¿Harold MacMillan? ¿Quién era ese hombre? Héroe de las dos guerras mundiales, con la doble nacionalidad británica y norteamericana, era defensor práctico de la doctrina keynessiana, con una aplicación cuidadosa de las medidas desde la Administración del Estado, que redujese drásticamente el desempleo, lo que convirtió en una demostración de perspicacia, para alguien que militaba en un partido conservador.
¿Más? Defendió la descolonización, abogó por el control nuclear, negoció con sus amigos Kennedy y Khrushef la salida airosa de la llamada guerra fría que tenía atenazado por el pánico a Europa (que temía ser cogida en el medio), sacó con inteligencia los trastos británicos de la extraña intervención de apoyo a Egipto en la guerra con Israel que había generado la crisis de Suez (en 1957) y solicitó el ingreso de su país en la Comunidad europea, a lo que se opuso De Gaulle en enero de ese año fatídico para sus honorables ambiciones de apoyar una Europa unida y fuerte, y contrastar el poder norteamericano.
Desde su retirada forzosa, criticó abiertamente a sus sucesores. Era un outsider del sistema.
Otras historias con mayor enjundia que afectan a personajes vinculados a primeras figuras de la política británica, no han merecido más que una atención momentánea. No lo fue la trama en la que se vio involucrado uno de los hijos de Margaret Thatcher, ni tampoco hay por qué consumir preciosos cartuchos en el análisis de los rendimientos -ya que no de la procedencia- de la inmensa fortuna de la Reina Isabel II, sólida cuentarentista que recibió durante varios años la mayor subvención de la Política Agraria Común por su estupendo rebaño de merinas. (¿Un miserable lugar décimo cuarto, entre monarcas, en un ranking con pocos datos fiables, cuyo primer lugar ocupa persistentemente el longevo Rey Bhumibol Adulyadej (1) de Tailandia, con algo más de 35.000 millones de dólares?)
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(1) El Rey Bhuminol Adulyadej, posee una licenciatura en Políticas por Lausana, es constitucionalmente «inviolable», y aunque con un gobierno formado por militares adictos, interviene en las decisiones esporádicamente. Es propietario de 3.500 Ha en Bangkok, su fortuna está administrada por una entidad de propiedad familiar, la CEC, que no paga impuestos. Entre las sociedades en las que posee la mayoría se encuentran Siam Cement, Christiania & Nielsen, Devesa Seguros, Siam Commercial Bank y Corporación Shin. Con ellas controla el sector bancario, la construcción, las comunicaciones, los seguros, y el turismo de «su» país.
Tailandia ofrece muchas curiosidades socio-políticas: nunca ha sido colonia de un país europeo y sus casi 70 millones de habitantes ocupan un espacio similar al de España, con una renta per cápita aproximadamente de 1/4 la nuestra, siendo la tasa de analfabetismo inferior al 5%.
(continuará)
