Las palomas son animales con un poder de sugerencia multívoco. Sirven para evocar la idea de paz, de un Santo Espíritu, han sido y son aún alimento para nuestra humana voracidad, aunque también significan, como han ido tomando consciencia la mayoría de las ciudades, una plaga que debe combatirse: deterioran lugares de convivencia y monumentos, propagan enfermedades y se pueden asimilar a las ratas como indeseables compañeros del hábitat ciudadano: subproducto molesto de nuestra capacidad para generar y acumular basura.
Como es sabido, hay numerosas especies de paloma. Hasta el menos instruidos de los aficionados a la ornitología podría citar la paloma torcaz, la tórtola turca, la paloma zurita, la bravía, la doméstica…aunque casi todas se hibridan entre sí, dando lugar a una multiplicación indescifrable de subespecies de columbiformes, familia de la que se conocen casi 300 especies.
Las palomas son, tanto en su versión silvestre como en la más adaptada la civilización del homo sapiens, fácil presa para las rapaces. Tienen vuelo corto y predecible y tienen carnes esculentas.
Ya no se ven apenas palomares por las tierras de campos. La razón principal es, sin duda, el abandono de aldea en privilegio de urbe. El auge de rapaces, más merecedoras de protección ahora que las tiernas pollas, algo tiene que ver: no es tan fácil cuidarlas de depredadores, y son pasto de gavilanes, cernícalos, águilas ratoneras y otros volátiles. Si fueran ovejas, un par de mastines por rebaño servirían de guardianes frente a los voraces lobos, pero no vale el tiro sostener a una patrulla de azores para tan poco servicio.
Si no hay apenas palomares, no por ello ha menguado el número de palomas; al contrario. Se las ve por los campos, sueltas, ocupando ruinas civiles como eclesiásticas y, crecidas, se apretujan en las ciudades con las descendientes de aquellas estirpes, que hace solo un par de décadas, se creían adorno de parques y jardines.
La voracidad de las palomas no conoce fronteras ni entiende de exquisiteces. Van al grano como a cualquier desperdicio. Son otros tiempos para ellas, como para nosotros, los humanos. En los campos, las bandadas sueltas, cuando las tierras están sembradas, acuden prestas a colmar sus buches, y las esquilman de semillas importándoles un pito quién sea su dueño, dejándole a cambio, donde pretendía espiga, gallinaza.
El beneficiario del espolio es ahora don nadie. Antaño, por la querencia natural de estas aves a volver a su nidal, eran gloria bendita para el dueño del palomar, pues engordaban y criaban sin necesidad de prestarles más atención que la de entresacarlas de su libertad cuando se considerase oportuno para organizar con ellas una pitanza.
Hoy, las palomas de ciudad son malditas por doquier ya sea aquí como en la plaza de San Pietro, y se prohíbe alimentarlas, aunque la prohibición no tiene resultado, porque a la gente le encanta darles arroz para que se posen en sus manos. Las de campo, más salvajes, prietas, campan a sus anchas buscando cualquier grano, rastrojera o lombriz, hasta que una rapaz ocasionalmente corta a alguna el vuelo.
Unas y otras muestran la misma querencia: andar agrupadas en bandadas. Si quietas, allí donde se posan, engorrinan el entorno con guano que es penetrante como cuchillo de acero sobre la piedra y la pintura. Al menor ruido o signo de supuesto peligro, emprenden todas el vuelo con ruidoso aletear, dan un par de vueltas en tropel, y vuelven a posarse, en el mismo sitio que dejaron unos minutos antes.
Gregarias, tercas. Algo humanas.


