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Fábula del hombre, los lobos y las ovejas

3 febrero, 2016 By amarias 3 comentarios

Hace muchos años, pongamos cincuenta o así, los hombres descubrieron que las ovejas estabuladas proporcionaban más beneficios que las que se dejaban libres en el campo.

Eran más fáciles de controlar, producían más y mejor lana, tenían partos dobles viables con mayor frecuencia y, sin que eso signifique enumerar todas las ventajas, la carne de los corderos era más suave y el ordeño resultaba simple, produciendo más leche y más cremosa.

Con el avance tecnológico, las merinas, seleccionadas cuidadosamente,  se mantenían en inmensas naves, sujetas a  aldabas individuales mediante cadenas, con el fin de reducir al máximo su movilidad; así, perdían menos energía, comían más pienso y engordaban rápido y parían con mayor frecuencia, a ritmos de mercado y momentos que se elegían mediante adecuada inseminación artificial, para optimizar el beneficio. Se crearon puestos de trabajo muy cualificados.

Todo ello tenía, además, una ventaja: como ya no necesitaban salir al campo a pastar ni ramonear, no era necesario dejar a los rebaños bajo el cuidado y vigilancia en la montaña de pastores ni ganaderos,  no ya en las gélidas noches, ni siquiera en las suaves amanecidas primaverales. Las dosis simbólicas  de hierba fresca mezclada con hojas de romero, salvia y colorantes alimentarios, se traían a las granjas ovinas, en camiones, y se distribuía a los pesebres, mediante cintas transportadoras, una semana antes del sacrificio, para dar a la carne mejor sabor y un color apetitoso.

Como consecuencia colateral, las ovejas dejaron de caer víctimas ocasionales de sus imaginarios ancestrales enemigos, y los niños, por tanto, dejaron de oir historias de lobos y corderos. No había más lobos, para ellos, que los de los dibujos animados que se comían de un bocado a Caperucita, ni más corderos que los trozos de carne con los que se celebraban en los hogares las ocasiones especiales.

Los campos que proporcionaban praderías jugosas se abandonaron en su mayor parte. Donde los tréboles, las ulmarias, las orquídeas o las potentillas, crecieron espinos, matojos y artos de rosa canina; laureles, acebos y helechos de cien especies; surgieron en, según en qué partes, brezos, alisos; hasta rebrotaron raíces y prendieron bejucos, y hubo, dependiendo de los sitios, no solo eucaliptos que se hicieron gigantes, sino bosquetes de robles,  hayas, serbales y hasta de castaños, que, al crecer sin control, generaron un tapiz de hojas secas y ramas rotas o partidas por el rayo, que como nadie recogía, volvieron el espacio impenetrable.

El cambio -una revolución- fue generalizado y no afectó solo a las ovejas y a los lobos. La propiedad de las naves y de las merinas y la tecnología de muchos productos de consumo y de ocio se concentró en muy pocas manos, que terminaron siendo misteriosas, totalmente desconocidas. Se especulaba incluso, en algunos círculos, si se trataría o no de ser propiamente humanos. En concreto, las fórmulas de combinación de los piensos para las ovejas se hicieron secretos -como las de la Coca Cola y las patatas chips de los Burguer-; para evitar miradas indiscretas, las naves de producción se llevaron a lugares incógnitos, aunque los centros de transformación y distribución, se ubicaron en lo posible muy cerca de las ciudades, es decir, de los mercados, para ahorrar costes de transporte; algunas cantidades menores eran trasladadas a curiosos comercios al por menor, regentados en exclusiva por inmigrantes adaptados.

¿Y los lobos? Pues, crecieron y se multiplicaron con bastante rapidez. Es cierto que ya no tenían ovejas con las que alimentarse, pero el espacio que antes ocupaban las praderas pasó a ser prácticamente suyo. No habían de temer al hombre, que se acercaba raramente por sus andurriales -quizá algún micófago nostálgico a recoger algún rebozuelo en el otoño-. Cuando los humanos prefirieron no asumir riesgos y llamaron sin problemas hongos del bosque a los champiñones cultivados y al shitaki, se tornaron los dueños del espacio, porque carecían, como las urracas, los estorninos y los cuervos, de enemigos naturales.

Sin embargo, cuando la presión demográfica que sufrían los lobos aumentó, empezaron a hacerse visibles cerca de las ciudades, buscando carnes para comer. Desde luego, no podían acercarse a las naves en donde estaban siendo criadas con todos los adelantos científicos sus deseadas ovejas, defendidas con alambradas eléctricas, cuchillas afiladas y púas.

Fue más o menos por entonces cuando empezó a correr la noticia de que los lobos estaban atacando a los humanos. Primero, fue una niña que estaba jugando en un parque infantil, con un perrito de peluche. Un lobo le arrebató el juguete, seguramente creyendo que era comestible. Luego, se denunció que un lobezno había aparecido muerto en una autovía de circunvalación. Hubo más casos. La angustia se instaló y creció primero en una ciudad, y luego, en todas.

Estaban los ciudadanos y ciudadanas tan preocupados con la amenaza de los lobos que prestaron poca atención a que algunos médicos habían descubierto una enfermedad nueva en algunos humanos que les hacía comportarse de manera muy loca, y que, luego de meses de investigación y pedir a los veterinarios que los ayudasen, encontraron que las ovejas llevaban algún tiempo sufriendo de una epidemia causada por unas proteínas patógenas, que se llamaban priones, debido a que se las alimentaba con cadáveres de animales, muy económicos.

Había que tomar una decisión de largo alcance. Los responsables del bienestar de la ciudadanía convocaron a un debate intensísimo. ¿Qué hacer? ¿Matar a todas las ovejas afectadas, que eran muchísimas? ¿Reducir el número de lobos a una quintaesencia simbólica? ¿Volver a los tiempos en los que las ovejas pastaban en los montes?

Cada opción tenía sus inconvenientes. Desde luego, a los propietarios de las ovejas había que indemnizarlos, y no con cuatro dineros. Los lobos estaban protegidos por una ley de conservación de la naturaleza primigenia. Pero lo principal era que el bosque -al menos, el de esta fábula- se había hecho impenetrable.

Después de una reñida votación, en la que los partidarios de cada opción (y de otras que me callo, para no hacer el asunto demasiado largo) expusieron sus razones con vehemencia creciente, salieron empatadas dos posibilidades.

La de los que proponían quemar una parte de los bosques para que, en su lugar, retornaran los prados en los que pastaran las ovejas no afectadas del mal, y recuperar la cabaña. No era sencillo de poner en práctica, pues no había voluntarios que ofrecieran sus parcelas de bosque para quemar, y aunque algunas era de propiedad comunal, no se tenía claro donde empezaba cada una. Entendiendo que el debate se prolongaba demasiado… unos desconocidos empezaron a quemar algunos bosques y, sin control, las llamas estaban provocando graves incendios cuya extinción reclamaba medios mayúsculos.

Por supuesto, la oposición de los propietarios de las naves a esa medida había formado un lobbing poderoso. Tenían contratados expertos muy cualificados que defendían que la situación estaba perfectamente controlada y que, con ayudas públicas, se podría garantizar carne de oveja merina de una nueva subespecie, más sabrosa y resistente. Además, se estaba dispuesto a autorizar inspecciones más severas y frecuentes.

Mientras se celebraban los debates, que se hicieron interminables, un grupo de sabios cansados de no tener nada que hacer ni ser escuchados, se puso en marcha con un macuto, una brújula y un machete cada uno. No trascendió mucho de lo que llevaban en el macuto, pero sí comunicaron su propósito: dar, pian pianito, un rodeo al bosque, hasta llegar a la otra parte.

Fueron muchos los kilómetros y pasaron muchas aventuras. Ellos también discutieron, algunos desistieron, otros amenazaron con volver y no lo hicieron. Por fin, los supervivientes llegaron a unos prados verdes en donde había pastando unos magníficos rebaños de ovejas.

Sentados a la sombra de un castaño, un grupo de pastores estaba comiendo queso entre hogazas de un pan con muy buen aspecto y uno de ellos, tocando un caramillo, servía de guía para que otros dos cantaran una canción de amores frustrados y esperanza, con voces embriagadoras.

Los sabios, que estaban cansados de la caminata, pidieron permiso para sentarse con ellos, lo que se les concedió de buen grado. Y entre la bebida, la comida y los cánticos, no me lo podréis creer, pero se les olvidó para lo que habían llegado hasta allí.

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Publicado en: Cuentos y otras creaciones literarias, Sin categoría Etiquetado como: fabula, hombres, lobos, ovejas, pastor, priones

Comentarios

  1. ouragan dice

    8 febrero, 2016 a las 23:00

    Une traduction en Français s’il vous plait….

    Responder
  2. Eduardo dice

    21 mayo, 2016 a las 08:58

    Muchas gracias. Lo he disfrutado

    Responder
  3. doñana. dice

    6 febrero, 2018 a las 02:45

    Angel eres un fenómeno , Les oveyines taban mejor sueltas por los praos, hubo una época que les dio a la gente por criar gallinas enjauladas , en vez de pitu caleya, y visones que morían todos y … !yo que sé! Igual pasa con las piscifactorias, que dicen que contaminan las aguas con sus residuos, o cuando metieron conejos en Australia o cangrejos americanos en Doñana.Las ccsas son así.
    Lo peor de todo es que ya no se escriben poemas como el de la Loba parda, ni cuentos como el de Chad el Caribú. Aunque lo que tu cuentas es poesia. ¡¡Demos las gracias a los que luchan por la conservación de la naturaleza. Tus sabios al menos reposaron a la sombra de un castaño.
    Y tienes razón … hace cincuenta años la oncolgía practicamente no existía en España, acordémonos también de los cuidadores y del buen ejemplo de quienes lo sobrellevan con valentía y dignidad.
    Un abrazo

    Responder

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