Cada 15 de mayo, los palestinos celebran La Nakba (el día de la Desgracia), en conmemoración de la pérdida de territorio por la creación del Estado de Israel. Que un pueblo haya convertido en fecha para recordar el momento desgraciado en que la Comunidad internacional impone la decisión de incrustar en la tierra que venías ocupando a tus enemigos irreconciliables, es una muestra de la nula existencia de acontecimientos dignos de festejo para los varios millones (¿cuántos?¿diez?) de descendientes de filisteos.
Por supuesto, los habitantes del Estado de Palestina (entendiendo por ello, el territorio formado por Cisjordania y la franja de Gaza), no forman un núcleo homogéneo. Las precisas decisiones de los Estados que controlan, hasta ahora, el mundo, capitaneados por Estados Unidos e Israel, han conseguido romper la unidad palestina.
Los palestinos de la franja de Gaza, cercanos a los dos millones se encuentran en una situación tan especial como inaceptable por cualquier persona sensata, sensible al principio de que los seres humanos tenemos derecho a gozar de libertad. No lo digo yo, lo ha denunciado incluso la Organización de las Naciones Unidas, Gaza es el mayor campo de concentración del mundo. Rodeados por alambradas, vigilados por Israel y controlados férreamente por Egipto, solo el mar Mediterráneo les ofrece, cartográficamente, sensación de poder escapar hacia el exterior. Una falsa impresión.
El gran provocador Duck Donald Bush ha desplazado a Jerusalén la embajada norteamericana del gran aliado Israel, poniendo así un claro signo sobre a quién pertenece, según criterio del país que aún rige los destinos de gran parte del mundo, la ciudad sagrada. En la franja de Gaza esta decisión ha movilizado la rebeldía de quienes creen no tener nada que perder, y se saben marginados por la opinión internacional. Miles de manifestantes se han aproximado a la frontera con Israel, ofreciendo un claro blanco para los fusiles del Ejército judío. Para los cócteles Molotov, las piedras y los gritos con los que algunos de los enfadados palestinos, una distancia muy desproporcionada. La lógica del supuesto enfrentamiento ofrece un resultado abrumador: centenares de palestinos muertos y ningún israelí herido.
Quiero expresar con este Comentario, no ya mi solidaridad con el pueblo palestino y con todos los pueblos oprimidos del mundo, sino mi rechazo a quienes fabrican murallas.


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