Hoy conmemoran las iglesias católica y anglicana a Santa Hildegarda von Bingen, una monja benedictina alemana que vivió en el siglo XII y que evidenció una capacidad intelectual excepcional. Su santidad no fue reconocida hasta época reciente, aunque, según las crónicas, ya fue venerada por muchos de quienes la trataron, por su percepción extrasensorial, que ella misma atribuía al Espíritu Santo.
Se sabe de ella que, como décima hija de una familia, fue entregada a la vida monástica a temprana edad (en calidad de tributo divino, es decir, como «décima»), aunque antes recibió una educación exquisita, que le permitió conocer varias lenguas, leer muchos libros y, sobre todo, abrir el ánimo a amplias curiosidades.
En una vida que la naturaleza consintió longeva, y gracias a que las reglas claustrales no eran entonces tan rígidas como lo serían después, pudo cultivar su espíritu viajero, dio clases en centros de prestigio que pusieron a prueba, con gran éxito, su erudición e inteligencia, y hasta se atrevió a combatir con herejías y papas falsos y, apoyada en la intuición y en la imaginación, a interpretar sueños.
Hildegarda escribiría varias obras (o las mandaría escribir a amanuenses de letra más aplicada), de las que se conserva un testimonio excepcional, el Riesencodex, o Código de Wiesbaden, que transcribe sus reflexiones canónicas, místicas y apostólicas, y que le ha hecho merecedora del título de Doctora de la Iglesia, que le otorgó recientemente el Papa Benedicto XVI que de ella sabía un rato.
De sus escritos, llama la atención del curioso impenitente un librito, denominado abreviadamente «Lingua ignota», en la que hay frases que no responden a ningún idioma conocido -aunque la autora les dio traducción-, y que se inventó y hasta le puso signos o letras propias, por lo que Hildegarda es considerada patrona de los esperantistas.
No he investigado si esta Hildegarda fue la que inspiró el nombre de Hildegart Rodríguez, santa española del siglo XX sin peana, que -dijeron los que enhebraron la historia a posteriori- fue concebida por su madre soltera con la semilla de un sacerdote elerdense, elegido entre los varios candidatos que barajó para tal oscuro emprendimiento, -se cree que por su gran capacidad intelectual, ya que guiaba a la progenitora el objetivo de que su hija llegara a ser culmen de la inteligencia y la sabiduría, una super-hembra, al mejor estilo del héroe nietschiano-.
El experimento parecía estar teniendo éxito, puesto que antes de los seis años, Hildegart («jardín de vida» era la traducción libérrima con la que su madre explicaba porqué había llamado así a su hija), dominaba varios idiomas y a los diecisete, además de haber terminado la carrera de Derecho, se hacía admirar hasta del mismo Gregorio Marañón, que la tomó por su secretaria y la admiraba por su erudición y buen tino con la filosofía del sexo, de la que, siendo virgen y niña, ya era experta, según parece.
De ambas Hildegardas se ha hecho película. De la que tuvimos más próxima, sabemos, por ello, (al menos), que a los dieciocho años, su madre, recelosa del giro que tomaba su creatura (parece que temió que se estuviera enamorando), la descerrajó cuatro tiros mientras dormía, en 1933.
Este 17 de septiembre, he querido tener un recuerdo para estas dos mujeres. De distinta época, de diferentes circunstancias vitales, con formación y objetivos personales -y ajenos, respecto a ellas-seguramente distantes, pero unidas por una fuerza brutal, misteriosa y, por tanto, mágica: la inteligencia. La suya, una inteligencia excepcional, que dudo resultara o no de un experimento eugenésico en el caso de la Hildegart madrileña, o de la estimulación por estudios y viajes en la Hildegarda alemana.
(La foto que sirve como señuelo visual para este comentario, la tomé hace cuatro años, a finales de agosto, en Asturias. Un malvís muestra su glotonería atrapando dos frutos de un tejo; es conocida la afición de estas simpáticas aves por estos frutos, de sabor dulce, pero cuyas semillas, como el resto del árbol son venenosas.)


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