Las épocas de incertidumbre son pródigas en homenajes. Aunque podría pensarse que estos actos están destinados a manifestar el aprecio de los asistentes a una persona viva, lo habitual es que se trate de convocatorias póstumas.
En realidad, un homenaje es una ceremonia de necrofagia. No necesariamente la persona -o grupo- que es centro de atención debe estar físicamente muerto. Lo sustancial es que haya suficiente seguridad de que se le está despidiendo para siempre, y que puedan ser enterrados, lo más hondo bajo la tierra del olvido, las relaciones, los trabajos, los propósitos, y, por supuesto, el poder de los que disfrutó el homenajeado con anterioridad.
Mucha gente cree que el homenaje es un reconocimiento a una valía. No lo veo así. Quienes convocan los homenajes piensan, fundamentalmente, en el beneficio que pueden extraer para sí mismos.
Hay muchos ejemplos similares en los que el valor no guarda relación con el precio, ni el precio con lo razonable. Pensemos en el salmón que se vende como «campanu» al abrirse la veda de este cebo para pescadores; el pobre bicho es el homenajeado.
Un homenaje ha de servir de garantía de que la persona que recibe la bandejita de plata, la medalla de servicios, los epitafios labrados, los abrazos y palmadas, se retire al agujero de la indiferencia colectiva para siempre. El sello que cierra tal alianza serán las lágrimas del vivo cuando reconozca que tanta parafernalia es inmerecida, o las de su pareja viuda al afirmar que al difunto le hubiera gustado (cómo no) estar presente.
En Mi Diccionario desvergonzado (2013), atribuyo al término «homenaje» dos acepciones, una prueba más de la versatilidad de nuestra lengua: «1. Ruptura ocasional del régimen de adelgazamiento. 2. Reunión de personas para comer o cenar, para celebrar que no volverán a ver a la persona que tendrá que decir al final unas palabras de agradecimiento por una tarjeta con comentarios estúpidos de casi todos ellos.»
«Darse un homenaje» es una expresión, relativamente moderna, por la que se refleja que una sola persona es, a la vez, convocante y destinatario de la circunstancia por la que se hace pasar por los sentidos (generalmente, el gusto o el oído) la consecuencia del gasto excepcional.
Esos selfies, se producen con la intención de elevar el propio ánimo contrito, y no para celebrar algo. Su propósito es, a un tiempo, servir de placebo para conculcar un mal trago de fortuna y atender a una función exculpatoria. Cuando nos expresamos de ese modo ante un amigo o familiar que es testigo del despilfarro o despropósito, lo que deseamos es que se convierta en cómplice y nos ayude a eliminar vestigios de remordimiento.
En el polo opuesto, se encuentra la opción de dar a otro un homenaje. Ahí sí que no cabe remordimiento. Los rostros traducen la exultación de cuantos asisten a la ceremonia pública, verdaderos beneficiarios del mismo.
Cuantos más acudan a la convocatoria, mejor; mayor será el éxito. No importa que falte el salmón, …digo: el homenajeado presunto, aunque será de agradecer que esté presente de cuerpo o espíritu, particularmente en aquellos casos en que su función sea la de convertirse en buco emisario de la ignorancia y el desprecio colectivos anteriores con el mismo.
Ninguno de los presentes pretendería estar realizando un despilfarro, sino que habrá medido muy bien el alcance y resultado del dispendio: si se ha de pagar el cubierto del ágape, lo compensará en especie, con más libaciones de la cuenta.
Pero no es lo económico lo que más importa. Un homenaje bien urdido tiene que servir para profundizar las relaciones entre los asistentes, hacer negocios, decidir quién o quienes ocuparán el sitio que deja libre el desgraciado al que se le dedicarán encendidos elogios, de los que nadie se ocupará de medir la desmesura.
Luego del homenaje, ya dice el refrán, el vivo, al bollo, y mientras se apagan las luces del espectáculo mundano, queda el muerto -enfundado en traje de fiesta o en caja de madera-, encajado en su hoyo.

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