Mis amigos coreanos Sebastián Kim y Maria Lee me regalaron, hace años, un libro de Ko Un: «Ananda, 108 poemas Zen». Editado por la Editorial Casariego y con prólogo de Jesús Ferrero, está firmado por el autor -una referencia indiscutible de las letras en Corea del Sur, nominado reiteradamente para el Premio Nobel de Literatura.
No es la literatura minimalista precisamente la que más me emociona: Mi forma de escribir -amante de la retórica y los adjetivos calificativos- está distante de la apariencia desnuda con la que los maestros budistas presentan ideas y pensamientos del tao.
Sin embargo, a partir de mis precarios conocimientos del idioma chino (y me persigue como un mantra lo que Sebastián me aconsejó cuando le comuniqué mi propósito de estudiar esa lengua, que temerariamente desatendí: «Aprende solo los grafismos y vocablos principales, porque nunca conseguirás dominarla») y una convicción apriorística de que todas las lenguas orientales se parecen conceptualmente, estoy seguro de que el problema está en la traducción. Los escritos chinos, como supongo sucede con los coreanos, admiten muchas interpretaciones a partir de los grafismos, y el lector cumple una misión de recreación a la que no estamos acostumbrados los lectores de escritos en lenguas occidentales.
Estoy ordenando, por implacable instrucción de mi mujer, los libros de mi desmañada biblioteca, y he ahí que apareció, camuflado en un lugar que no le correspondía, el libro de Ko Un. Navegué por sus páginas, renovando la curiosidad que me suscitaba la dedicatoria sensible de mis amigos: «en recuerdo de los muchos momentos que compartimos con vosotros durante el viaje por el sendero de la vida», y, a pesar de que deseaba encontrar algo que me inspirara o conmoviera fuertemente, volví a experimentar la sensación de que no estaban escritos para mí.
Pero en la página 85 leí esto: «El ermitaño Jang Ku-Song estaba cagando/ oyó croar a las ranas y recitó:/…/ El canto de las ranas en la noche de luna/al inicio de la primavera/ atraviesa todo el mundo de fin a fin/ convirtiéndonos en una sola familia./…/Hiciste tus necesidades, vete ya»
Un escalofrío me recorrió. Se entiende bien, desde luego, el mensaje. Al leerlo con más detenimiento, me detuve en la expresión «de fin a fin». ¿Por qué no «de principio a fin», como parecería correcto en el lenguaje habitual? Caí entonces en la cuenta de que Ko Un hace hablar a dos personajes: el ermitaño, lo hace desde su pretendida superioridad que le conduce a la creencia de que el mundo gira sobre si mismo, repitiéndose. La rana, lo hace como parte de la armonía cósmica, simplemente, existiendo.
Perdone el lector que no guste de las metáforas: resulta que encontré aplicación del poema a la situación política que estamos viviendo en España. Y si lo relee con atención, seguro que también halla sugerencias para otras aplicaciones.

Hola Angel,
Te queremos cada vez más, no sé porqué…
Escribo para ti una frase de Buda, ¨Alégrate porque todo lugar es aquí y todo momento es ahora.¨ Si me permites quiero añadir otra frase de Gandhi, ¨Un esfuerzo total es una victoria completa.¨ Me alegro mucho de compartir este espacio y momento.
Un abrazo,
Amigo Ángel
Se me ocurre algo que puede ser una auténtica boutade: « en las relaciones personales, cuando te sientas ofendido, jamás respondas de forma que te quedes tan agusto como después de una buena defecatio ». Puedes sentir placer en el cuerpo, pero tu alma la habrás hecho trizas. Prefiero, «responde al hachazo, como el sándalo, con tu aroma».
Un abrazo.