¿Cuántas veces hemos oído o leído en los últimos años que en España tenemos una Tangentopolis, similar hasta en los andares lascivos al estallido de la burbuja de la corrupción que conmovió Italia en 1992? Muchas.
¿Y cuántas hemos leído u oído que lo que hay en España en este 2014 no es comparable a aquello, porque los límites de la corrupción están bien acotados, y lo que está saliendo al descubierto son los resultados puntuales de la ambición desmedida de unos cuantos -pocos-, que han actuado al margen de las instituciones, ya sean partidos políticos, empresas, representantes de la judicatura o presidentes de clubes deportivos? Muchas.
No tengo, por supuesto, la bola de cristal ni soy amigo del Diablo Cojuelo (aquel que podía ver a través de los tejados que encubrían la hipocresía), pero muevo ficha para aventurar que no son pocos los que se han dejado llevar por la vorágine de poner la mano en los dineros públicos, recoger porcentajes por la adjudicación de obras y servicios destinados al uso colectivo, asignarse comanditariamente salarios de fantasía para protegerse en masa de sus desmanes, o arrimarse al tráfico de influencias para envolver, arrollándolos, a jueces, profesores, seleccionadores, fiscales, amigos y enemigos…
Puede que esto se acabe aquí con un par de miles de encausados, algún suicidio (raro en estos lares), nuevas confesiones de arrepentidos o despechados (más de lo segundo que de lo primero), tres o cuatro jueces expedientados por salirse del guión y otros amenazados de muerte por atenerse a lo que han jurado o prometido…Si la historia se repite, los partidos actualmente mayoritarios perderán influencia, habrá unas cuantas sacudidas al árbol pétreo de la democracia, con mayor o menor ímpetu, y, entre cumplimiento de períodos de prescripción, caducidad y hastío, quedarán solo un par de docenas enjaulados, que, con el pasar del tiempo, olvidaremos hasta cómo se llamaban y, por supuesto, qué pasó con ellos.
Puede incluso que algunos vaguen convencidos de que nuestro Berlusconi -aquí sí que seríamos originales, salvando las distancias ideológicas-, apoyado como él en el dominio de los media, (aunque sin ser propietario de ninguno), sería ese líder de hastiados, míseros, marginados y descontentos en que se ha constituido el segundo Pablo Iglesias.
No lo veo así, sin embargo.
No será Pablo Iglesias el libertador de Sobornopólis, sino el profeta que sirve de revulsivo para volver a la senda. Su verbo florido, ágil en la dialéctica para repetir verdades que duelen como puños, su imagen mesiánica, reforzada con el apoyo juvenil y descarado de su grupo de sociólogos universitarios y cuidadores de imagen a lo artista de Holliwood, intuyo que solo llevará a la convicción mayoritaria de que, desde luego, es necesario pasar página, pero no de la manera que Podemos nos va revelando: rompiendo la baraja.
Mientras las televisiones más rentables lo presentan, una y otra vez, repartiendo latigazos sobre los mercaderes del templo de los dineros, tanto a diestra y siniestra, gritando algo así como «¿Qué habéis hecho con los dineros de mis padres?», siento la necesidad creciente de acotar los terrenos de Sobornopolis o Corruptopolis, y robustecer urgentemente las ramas sanas sobre las que está apoyada nuestra sociedad. Porque no es la corrupción la que nos sostiene, sino la seriedad y el trabajo honesto, continuado, leal, de la inmensa mayoría.
Esto es lo que Podemos y Debemos poner en valor. No nos obsesionemos con detectar y destruir los focos de corrupción que se han colado en nuestro país. Así consumiremos las energías en una dirección equivocada. Pongamos en primera línea lo mucho que tenemos de positivo. Los jóvenes de Podemos y quienes los siguen en su discurso, son parte de la solución, sin duda, pero no son la Solución. Cabría aplicarles el dicho gallego: Podemos tiene razón, mas la razón que tiene es poca, y la poca que tiene, no nos vale.
Al menos, no nos vale como solución definitiva, sino como elemento de la fase de catarsis.

Deja una respuesta