Mi encanto mayor es que no soy muy delicado
con las cosas importantes. Sin ser devoto,
destruyo los altares. Inmolo aunque sensato,
con perversa intención, seguridades.
Me gusta andar rompiendo el engarce soez de las cadenas
pero, a solas los dos, pierdo las ganas
de perseguir las razones de los otros,
y me entrego a las mías;
cuando bebo vino peleón en tu regazo
me pongo ciego chupándote los pechos,
busco pistas entre tus piernas abiertas,
hago novillos con tus risas y las sábanas.
Así paso las horas, reposando, y me meto en mi nube,
que se eleva por encima de las cosas que percibo,
tan cercanas como el placer de tenerte controlando
el olor a comida quemada que llega desde la cocina,
el repiqueteo del mozo que nos trae las hamburguesas,
el final de la película de Pierot que encargamos al teléfono,
o la mirada abierta de unos hombres en la casa de al lado.
Cuando vuelves de resolver esos mínimos destrozos,
como me he estado alimentando en tu ausencia
con miel y recuerdos y revistas pornográficas,
no te dejo escapar, te desnudo completa,
hago de oso perezoso, me dejo sorprender con tu belleza,
me entretengo, mientras me cuentas pequeñeces,
en besar tu culo, tus piernas, la espalda de tu cara
que es estampa laica cargada de indulgencias.
Echados en la cama, me importa tres canciones
si el revuelto de sábanas
es producto de nuestro juego anterior o soy el loco
que cierra tu último capítulo de amor de este verano.
Me declaro, sin interrogatorios ni luces,
culpable capital de estar contigo, de ser tu saltimbanqui,
emperador de papel a cambio de sonrisas,
cómplice de todos tus hallazgos,
émulo de mi anterior excitación, y aplaudo con ganas tus jadeos,
me vuelco en tus desmayos, me creo que me quieres,
que soy el único que te consigue así,
entremezclando nuestros gritos con los ruidos de la calle,
subiendo sumiso, con tu favor, el próximo peldaño.
(Del libro Con algo suave, poema 3, Angel Manuel Arias, 1996)

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