Majestad,
Puedo suponer que habrá momentos en los que, recogido en la intimidad, tal vez en tierno conciliábulo con la Reina Da. Letizia, sus pensamientos se dirijan hacia la zona oscura del ser, allí donde se encuentran las contradicciones profundas de la propia existencia. Vd., permítame que lo ponga de manifiesto, concentra varias.
De alguna de ellas, Vd. es ajeno. No le corresponde responsabilidad por ser un monarca católico en un pueblo que se reconoce mayoritariamente agnóstico y republicano, ya que no ha podido elegir: nació para ser Rey y, aunque -siguiendo el ejemplo de su padre, podría abdicar-, tengo por seguro que no le dejarían y sería de un efectismo impropio que se declarase republicano o se presentara a unas elecciones dirigiendo un partido monárquico.
En cuanto a sus creencias religiosas, sería admisible que reconociera que prefiere ser cristiano copto a católico confeso (si ese fuera el caso), pero no puedo imaginar sin efecto letal para la institución el que se manifestaran públicamente como budista, seguidor de Mahoma o convencido ateo.
Junto a esas contradicciones de las que acabo de poner de manifiesto alguna y que Vd. encarna, hay una que no ha tenido Vd. que asimilar, sino que la gran mayoría de la población española ha asimilado sin reticencias, a pesar de su incongruencia. En una sociedad que proclama la igualdad entre hombre y mujer, Vd. es Rey por aplicación de una disposición arcaica que margina a las hembras, consideradas por ella como seres inferiores al varón (a pesar de las numerosas evidencias en contra, por cierto), y aparece así, sin pretenderlo, como paladín del machismo solapado de la sociedad que representa como jefe de Estado.
La superación de estas pesadas cargas que constriñen sus grados de libertad personal y lo convierten en el personaje con más servidumbres del panorama social, solo la veo posible amparándose en la consciencia de que Vd. sostiene obligaciones de orden superior que no le está permitido cuestionar. Es decir, es Vd. esclavo, por ser sostén, de paradojas y contradicciones ajenas.
No es único en ese oficio de no poder cuestionarse la profundidad de algunas verdades. El Papa Francisco, por ejemplo, no solamente tiene que aparecer como el más católico de los mortales, sino que ni siquiera puede cuestionar públicamente la ventaja de arrastrar la carga inmaterial del amplio conjunto de imaginativos dogmas que conforman la religión de la que es cabeza visible.
No escribo esta carta para hacerle evidentes cuáles son sus ataduras o limitaciones, sino, muy por el contrario, para poner de manifiesto que quien asume con inteligencia las contradicciones que representa y las asimila como restos de un pasado que, en conciencia, deberían corregirse, puede convertirse en elemento de transformación de la sociedad, desde dentro, sin que sea necesario que el sucumba, perezca o sea bruscamente marginado de ese proceso.
En mi opinión, importantes transformaciones de la Humanidad se realizaron por revolucionarios externos a los estratos dominantes, sino por personas que comprendieron y capitanearon la necesidad de cambiar la situación, desde dentro. No son las revoluciones los motores habituales cambio, sino las evoluciones impulsadas por gentes conscientes de su responsabilidad carismática, para convencer a los que les apoyaron sobre la necesidad de mejorar la situación de los que menos tienen, antes de que su descontento se manifieste explosivamente.
¿Y qué transformación podría realizar Vd. y, por supuesto, hacia dónde habría que dirigir sus propósitos?
Permítame, Majestad, una reflexión previa al respecto. Se nos ha hecho creer que la sociedad europea ha sufrido un gran cambio a partir de la revolución francesa de 1789, en la que resultaron abolidos privilegios de la aristocracia y se impusieron los criterios de igualdad, libertad y fraternidad que se tienen por los elementos indiscutibles de la vida en comunidad.
Solo desde una gran capacidad de abstracción de la realidad y ocultación de verdades se puede admitir, sin oponerle multitud de precisiones, matices y excepciones, que ese objetivo está cubierto, dos siglos y medio después. La sociedad francesa, además, no pasó a ser precisamente más igual, ni más libre, ni más fraternal, -desde luego, no de inmediato-. No lo es ahora. Pero nadie dudará que tanto Luis XVI, María Antonieta, como Robespierre, Danton y Marat tuvieron una muerte violenta. Los beneficiarios del movimiento revolucionario no fueron ni sus directos instigadores ni, obviamente, los que sucumbieron eran los máximos beneficiarios del régimen anterior, sino únicamente sus cabezas más aparentes.
Quiero poner con este ejemplo y circunstancias de manifiesto que la evolución de la sociedad es el reflejo de su manera adaptativa, fundamentalmente intuitiva y, por tanto, heterodoxa, de tratar de compaginar las avaricias individuales con la satisfacción suficiente de las necesidades colectivas. Estuvo y está llena de trampas, de falsos héroes y de víctimas ofrecidas como máximos responsables cuando solo eran ocasionales bucos emisarios.
La situación ha de cambiar. En una población desinformada, un uno por ciento puede tenerlo todo y el resto, poco, casi nada o nada: tal vez incluso un veinte por ciento de pobres, incluso al filo de su subsistencia diaria, serían tolerables para los que lo controlan. Hoy, ni se puede mantener un estado de cosas así, ni es juicioso defenderlo, y menos, aparecer como su cabeza visible.
Majestad, mi propuesta es que no aguarde a su particular guillotina (que, desde luego, no deseo en absoluto que sea real), y lidere el cambio. Conviértase, en lugar de ser el continuador y quizá último representante de una tendencia obsoleta, en imagen pública de la imprescindible transformación, enarbolando la bandera. Asuma la urgencia de una transformación, no de la monarquía, sino de la sociedad española, poniendo de manifiesto la necesidad de superar las contradicciones en las que está envuelta, las injusticias que sostiene, los desequilibrios que la agarrotan.
No tiene nada que perder. Sálgase del guión.
Puede servirle de guía la actuación que se transparenta de un líder carismático que parece haber asumido la convicción de que es más urgente cambiar las formas de una institución secular que atender a defender el fondo. Me refiero al Papa Francisco, del que recojo un anécdota, aparentemente mínima. Al ser preguntado sobre los límites a la libertad de expresión, se refirió a que si un amigo le mentaba a su madre, le daría un bofetón; no dijo que pondría la otra mejilla, como podría interpretarse literalmente del mensaje evangélico cuya legitimidad representa.
No ponga Vd. su mejilla. Muéstrese humano, Majestad, y cuanto más humano, más comprenderá la necesidad de cambiar el modo de esta sociedad en la que unos pocos acaparan dineros y ventajas, porque no solo es injusto, sino que no es posible ocultarlo a la inmensa mayoría. Aproveche la oportunidad de tener concentrados los focos sobre su persona y hable para la mayoría, no repitiendo lo que la minoría le está dictando entre bambalinas, interesada en que Vd. pueda ser su macho cabrío expiatorio, si llegara el caso.
Escrito en Madrid, a veintiuno de enero de 2015

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