El 3 de julio de 2015 asistí a la presentación del World Energy Outlook Special Report, preparado por la International Energy Agency (IEA) ante la perspectiva de la COP 21 (vigésimo primera Conferencia de las Partes), que tendrá lugar en Paris, en diciembre de este año.
El acto tuvo lugar en el saloncito del primer piso de la sede del Club Español de la Energía, en Madrid, y la conferenciante fue Laura Cozzi, ingeniera ambiental, subdirectora (deputy head) de la IEA en el equipo que dirige, como Economista jefe, Fatih Birol, ingeniero turco que hizo sus primeros dientes profesionales en la OPEC y que tiene muchas líneas de mérito en su CV, entre las que se encuentra el haber presidido el Foro de Davos.
Laura fue presentada por Arcadio Gutiérrez Zapico, director general del Club, ingeniero de caminos con una carrera profesional anterior en el sector de la energía nuclear, y un brillante conferenciante él mismo.
Llegué casi media hora antes del inicio del acto, y me decidí a hacer algo de tiempo dando una vuelta por los alrededores del espacio arquitectónico que separa la ciudad de las «Cuatro Torres Business Area». Allí me encontré a Laura Cozzi, llevando una maleta de viaje compacta, con ruedecillas, de esas que salvan la pejiguera de la pernoctación fuera de casa. No me acerqué para saludarla, pues no quise interrumpir lo que me pareció era su disfrute de unos momentos de relax cuando estás en una ciudad en la que supones que no te conoce nadie, y no te apetece aún empezar a representar tu yo oficial.
El Informe está disponible en internet, de forma gratuita (http://worldenergyoutlook.org/energy), y con sus 200 páginas, se hace difícil de resumir. Su propósito confesado es servir de orientación, desde la autoridad del organismo, para que los asistentes a la cumbre de París no pierdan el tiempo haciendo deberes previos, y también indica algunas propuestas para salir del paso, de forma que la reunión no se convierta en un fiasco.
En este sentido, la combinación de paños calientes y compresas frías, en un ejercicio de equilibrio, quedó también de manifiesto en la exposición de Laura Cozzi que fue hecha en inglés, con la aclaración previa, inconcebible en un italiano, que de la lengua española solo conocía «Buenos días» (Tal vez allí habría que buscar el origen de la razón por la que tanto Arcadio G. Zapico como los intervinientes en el debate se obstinaron en pronunciar su nombre de pila como «Lore»).
Así que, por si aún lo ignoran los que tengan proyectado asistir a la conferencia de París y necesitaran un breviario de urgencia: hay que ahorrar en energía, invertir en renovables, reducir la combustión ineficiente del carbón (existe, además, escasa ventaja económica en profundizar en la combustión subcrítica), eliminar subsidios, mejorar la tecnología y preocuparse por las emisiones de metano directas, sin confiar demasiado en los cambios de comportamiento de los consumidores, ya que las decisiones antieconómicas no son fáciles de comprender (ni de explicar).
Aunque el horizonte debe ser contemplado a largo plazo, es aconsejable -siguiendo la experiencia- hacer seguimiento cada cinco años del cumplimiento de los objetivos, y, reconociendo la excepcionalidad de cada país, trazar un camino propio de transición, sin perder en competitividad y mejorando la eficiencia.
En el debate, me di cuenta -por si no lo había reconocido antes- que buena parte de los asistentes eran anteriores ejecutivos de distintos niveles en las empresas energéticas, hoy, tempranamente jubilados u ocupando puestos -supongo que no remunerados, para no perder sus pensiones- en Asociaciones y Fundaciones relacionadas con la energía y sus empresas.
Allí tuvo Cozzi oportunidad de expresar su optimismo respecto a lo que pasará en París en diciembre, expresar que no creía que el éxito de los norteamericanos en utilizar el gas convencional fuera replicable en otros países, y reconocer que ella estaba a favor de la energía nuclear como única fuente que no produce metano como efecto directo o colateral, pero que había que tener en cuenta el rechazo de ciertos sectores, por lo que el informe, aunque la había considerado, no se había manifestado expresamente sobre su implantación.
Todo eso, y más. Por ejemplo, la referencia al volumen creciente de contaminación ambiental que proviene del transporte terrestre, especialmente provocado por los vehículos pesados (crecimiento exponencial en China), y una mención de cuadro de horror a India, donde 300 millones de personas no tienen electricidad y cuya posición crítica puede bloquear la unanimidad de los acuerdos y, en todo caso, dado su volumen, su efectividad.
En poco más de una hora, quedó así perfilado -y con muy tenebrosos colores- el cuadro previa a la/el COP 21 y, como estamos en una época en la que el cielo nocturno permite contemplar la hermosa constelación de Ofiuco, que corta en dos la de la Serpiente (convertida así en Serpens Caput y Serpens Cauda), me imaginé que la IEA era Al-Yad («la mano que precede») tratando de agarrar a Unakalhai («el cuello de la serpiente»), que sería, por su parte, el fenómeno del cambio climático.
Todo ello situado en el ecuador celeste, y, por tanto, siempre visible, para análisis de estudiosos, diletantes y amigos de lo etéreo, e ignorancia consciente de multitudes, entre el Escorpio -¿símbolo del capitalismo?- y el Sagitario -¿portador en sus flechas del placebo de una ética universal?-.
No quiero ahondar en metáforas traídas algo a contrapelo, pero Ofiuco-Esculapio, es, además de una de las 84 constelaciones en que se ha dividido convencionalmente el firmamento, el decimotercer signo del Zodíaco en la astrología sideral, reconocido en 2011 entre Acuario y Piscis, con un período entre el 30 de noviembre y el 17 de diciembre. O sea, que bajo su advocación cosmogónica tendrá lugar el/la COP21.

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