Prosigo en este Comentario con mis apreciaciones de lo que debería cambiarse en Madrid, para hacer de ella una ciudad más moderna y agradable.
2. Respecto a la movilidad: transporte público y privado. La ciudad dispone, ciertamente, de un buen servicio de transporte urbano, especialmente en la interconectividad del centro de la ciudad. Basta mirar el mapa del metro para cerciorarse de la concepción centralista, en buena medida elitista, con la que fue concebido originalmente, y que resulta muy difícil de paliar, con la ampliación radial de las líneas, pues parece evidente que el coste elevado de una segunda red circular de metro, que intercomunique las periferias y los asentamientos más modernos, provocados por un crecimiento excesivo y no ordenado de la metrópoli, ha sucumbido ante el atractivo de una M40, o una M50 para los poderosos automóviles que tanto dominan en la moderna, a pesar de su futuro incierto y declinante, sociedad motorizada.
Las horas punta del transporte urbano, que son fundamentalmente aquellas en las que los trabajadores más modestos se dirigen o vuelven a sus puestos de trabajo, provocan la saturación de los vagones de metro, a pesar de la mayor frecuencia de circulación de los trenes. La congestión subterránea tiene su continuación en superficie, en donde miles de automóviles, típicamente con solo un pasajero (el conductor) o dos (el conductor y el directivo o alto funcionario que va a su despacho), colapsan a diario, en esas horas, las avenidas principales.
Es imprescindible analizar, con absoluto rigor, el tráfico de la ciudad, animando al empleo, no ya de horarios flexibles, sino de horarios flexibles coordinados: esto es, asignando intervalos horarios, según qué empresas, comercios, o departamentos públicos. El acceso a los colegios, institutos y universidades es otra causa de congestión, inaceptable y, por supuesto, causante de tremendos extracostes, tanto públicos como privados. Piénsese que 30 minutos perdidos en atascos de tráfico para una media diaria de medio millón de personas (como ejemplo modesto), implica más de 7 millones de jornadas perdidas al año. Un despilfarro insoportable, aunque en su mayoría (supongo) sean de ejecutivos y altos empleados y funcionarios a los que nadie controla la hora a la que llegan, ni lo que hacen, pues no puedo comprender por qué de ocho y media a diez de la mañana en Madrid no se puede circular con fluidez, salvo los fines de semana.
En relación con el transporte en autobús, además de denunciar el despilfarro injustificable de la renovación de marquesinas (las instaladas nuevas son peores, impiden la visión del autobús que llega, tienen bancos con una división que se pretendió justificar para que no sirvan de acomodo a desarraigados que las utilizarían para dormir, etc.), se debe revisar la secuencia con la que se produce la llegada a las paradas de, al menos, los vehículos de algunas líneas. Tengo especial y directamente comprobado que en la línea 70, como ejemplo, no es inhabitual -más bien, contrario- que lleguen dos y hasta tres! juntos, siendo el intervalo de espera, como puede suponerse, una lotería, a pesar de los paneles que avisan de la llegada, colocados no hace mucho tiempo. Puedo imaginarme por qué sucede eso, pero prefiero que la imaginación del lector también aporte su valoración.
No hay ninguna razón, más que la negligente tolerancia, para que en las proximidades de ciertos restaurantes, discotecas, locales comerciales, hospitales y clínicas, y, además, junto a colegios e institutos, se admitan dobles filas de automóviles, incluso triples, colapsando a veces las calles.
Tampoco es admisible que la carga de depósitos -gases licuados, combustibles, etc.- o el servicio a establecimientos comerciales se haga en horas de mayor tráfico, o obstaculizando las aceras, u obligando a que los vehículos invadan el carril contrario.
No encuentro justificación a la falta de respeto a los pasos cebra, estimando especialmente peligrosos aquellos que se relacionan con un giro en el que los peatones disponen de luz verde y los vehículos solo son regulados por una luz ámbar. He sido testigo de varios sustos, algún atropello y, aunque extremo mi cuidado al tener que utilizar esas trampas para peatones, lo hago siempre con miedo a ser arrollado por conductores que solo van preocupados de sí mismos y sus prisas.
(continuará)

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