(Este Comentario es continuación de los tres anteriores que, preferiblemente, deberían leerse en el mismo orden en que fueron escritos)
4. Respecto a la calidad de vida.- Madrid, que, entre otras características, tiene la de ser una metrópoli sin centro, impone condicionamientos a la vida de sus habitantes que, por mi propia experiencia cuando hablo de este tema con «madrileños de toda la vida», no son siempre percibidos por claridad si no se los compara con otras referencias.
Los turistas o visitantes por trabajo u obligación que llegan a Madrid -tanto nacionales como extranjeros, pero especialmente, los primeros- figuran entre los primeros responsables de su despersonalización. Los comercios adscritos a las grandes cadenas comerciales, así como las sucursales bancarias y algunos hoteles de lujo han invadido cuatro o cinco arterias de las que rodean el centro propiamente dicho (los tramos iniciales de Serrano, Velázquez y Goya y sus inmediatas trasversales), convirtiéndolo, en lugar de desencuentro generalizado. El que va a comprar, en efecto, no tiene vista más que para el producto que se le ofrece: ropa, fundamentalmente, que, dada la gran diversidad, se probará convulsivamente, y acabará portando varias bolsas de marcas, que le servirán de impedimenta.
Los habitantes fijos de ese circuncentro de lujo, por su parte -en gran mayoría, personas de edad ya respetable que habitan los grandes pisos familiares que han quedado vacíos, anónimos bancarios, oficinistas y abogados de bufete al abrigo de un renombre-, no lo disfrutan. O van a paso ligero hasta el garaje o la boca de metro más próxima, o se dejan llevar en silla de ruedas por la sobrina soltera o el latino que es su pareja de hecho, hasta su extenso habitáculo. La noche los convierte en espacios vacíos, solo animados por unos pocas cafeterías o restaurantes, seguramente demasiado caros para lo que ofrecen.
Por supuesto, en esta época de crisis económica, la presencia del dinero en mano atrae también a necesitados (y algunos amigos de tomar gratis lo ajeno) que flanquean en las horas de trasiego, cada diez metros, (e incluso menos), el itinerario de los transeúntes, con sus variadas peticiones de ayuda, plasmadas en carteles bastante normalizados con las, parece ser, imprescindibles faltas de ortografía.
Lo que las guías turísticas entienden por centro de Madrid, no existe. La Plaza Mayor, la Puerta del Sol, incluso las cercanías del Palacio Real, son hoy, para quienes se tomen la molestia de visitar esas zonas, reducto de malabaristas, grupos musicales improvisados, estatuarios vivientes de personajes de variado gusto (desde el malo al pésimo), cabras con boca de cáscara de coco, Mickeys y Pocoyos de gastado disfraz, falsas novias encaladas, etc., junto a algunos zombis aún vivos, agarrados a una botella de cerveza o al tetrabrik de vino, con su jauría y su petate, que podrían servir para escribir varias novelas de terror y desamor si tuvieran algún interés en contarnos sus vidas.
El antiguo centro de Madrid se parece, cada vez más, al centro promiscuo, maloliente, abigarrado, vital y colorista de una ciudad hispanoamericana. Estoy seguro de que, si fuéramos capaces de realizar un muestreo de quienes son hoy sus ocupantes, encontraríamos un levísimo porcentaje de madrileños…(hasta la alcaldía ha huido de allí, y el edificio de la Puerta del Sol sospecho que solo se usa de tarde en tarde para incómodas recepciones, en donde los coches de los invitados tienen que hacer cola por Alcalá para desocupar a sus distinguidos ocupantes).
La preocupación por hacer de Madrid una ciudad amigable para los que poseen minusvalías físicas, debe haber sido plasmada en varios documentos oficiales, pero ha tenido poca repercusión efectiva. Para empezar, son varias las estaciones de metro -¡incluso las de las terminales de tren de Chamartín o Atocha!- que disponen de una vía de acceso que no sean las escaleras, y ni siquiera mecánicas, en algunos tramos. Es lamentable tener que ver a los viajeros cargando sus maletas, dando golpes con ellas por los desmochados peldaños, a madres con sus cochecitos de bebé a cuestas propias de ocasionales benefactores, etc. y, desde luego, no se encontrará, a minusválidos en la mayoría de los trayectos del suburbano.
¿La vialidad peatonal mejora en superficie? No creo que quepa mucha ilusión al respecto. Madrid moderna está hecha pensando en el automóvil. Obstáculos de variada categoría interceptan el camino del transeúnte: paneles supuestamente informativos que se imponen ante nuestras narices; farolas a mitad de acera; estrechamientos del camino que obligan, si se va con un carrito de la compra, o de bebé, a bajar a la calle. Si alguien tuviera que trasladarse en coche de minusválido, las dificultades serían, en ciertas zonas, insalvables. La paradoja esquizofrénica es que se obliga a los particulares a soportar medidas de facilitación del acceso a personas con minusvalía y ancianos, cuando los poderes públicos se muestran ineficientes en cumplir con la norma. Incluso en clínicas y hospitales.
Pero no quiero desviarme del interés en lanzar otro mensaje. Madrid se ha convertido en una sociedad dual, peligrosamente dual. Hay zonas para los más holgados económicamente, y barrios marginales. Sitios elegantes, caros, para ver y dejarse ver por quienes tienen un buen empleo y están ajenos a preocupaciones económicas (propias y, sobre todo, de los demás), y quienes se afanan en sobrevivir.
Reconozco que la vitalidad de esas zonas más empobrecidas de Madrid es muy superior. Los barrios de Tetuán, de la Arganzuela, Carabanchel, La Latina, por ejemplo, están vivos, bullen. Un barrio de acomodados que también posee efervescencia, propia y por su comercio, es el de Chueca. En esos ámbitos, por esas calles y mercados, atisbo el Madrid que pudo ser, los Madrides que deben ser, en torno a un espacio de convivencia abierto, de conocimiento recíproco, de respeto y amistad por el otro.
Fuera de estos escasos lugares en los que aún se ve vida citadina, hay páramo, grandes edificios aislados entre calles muy anchas, con poco comercio de cercanías, y habitantes que consumen su vida yendo del trabajo (cuando lo tienen) a casa, y que solo salen a calle para bajar la basura o ver un partido de fútbol en el bar con televisión por cable y de pago. Pero sobre los recovecos del dinamismo de Madrid habrá que extenderse en otra entrega.
(continuará)

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