Continúo con la relación de algunos temas cuya corrección o mejora ayudaría, en mi opinión, a mejorar Madrid (y, seguramente, otras ciudades que hayan identificado similares problemas).
5. Respecto a la sinaléctica. Me he preguntado muchas veces, cuando circulo con mi vehículo por una ciudad que no conozco, si quien ordenó colocar las señales que, teóricamente, deberían servir para facilitarle el tránsito hasta su punto de destino (o circunvalarla con la mayor rapidez, si ese fuera el deseo), se han molestado en valorar la calidad o utilidad real de esas indicaciones. Podrían hacerlo, por ejemplo, sentados en el puesto de copiloto, de alguien que nunca la haya visitado, y pedirle que se dirija a un Hotel concreto, al Ayuntamiento, a una calle determinada o…al cementerio. Por cierto, no pondría como condición sine qua non que dejen de utilizar su tontón, pues podría contribuir a un mayor desconcierto.
Madrid dispone, por supuesto, de muchos de los déficits de una mala señalización viaria: con la práctica, y a base de prueba y error, cada maestrillo se acaba confeccionando su librillo. Pero hay páginas especialmente difíciles de cubrir, incluso para los insider: encontrar la vía más rápida de trasladarse a Toledo por carretera desde la zona Norte es una de mis predilectas; despejarse entre las diferentes opciones que bordean el aeropuerto de Barajas (especialmente, la terminal T-4), otra de ellas; encontrar un aparcamiento libre en las cercanías del Teatro Real en horario de representación, sin desperdicio igualmente.
Discurrir sin equivocarse por Mirasierra, premio. Aproximarse desde el centro de Madrid, no ya a una calle, sino a alguna concreta localidad de la Comunidad, ya sea Pozuelo, Majadahonda, Las Rozas, Robledo, puede convertirse en una aventura desesperante, ante la barahúnda de autovías que se entrecruzan, sin aparente -ignoro si expreso- sentido, con salidas que conducen, por sus malas indicaciones -resulta malévolo que las direcciones indicadas sean las menos buscadas-, a dar vueltas y más vueltas.
Obviamente, los mismos, o de la misma subespecie, seres malévolos que han pintarrajeado las ciudades con sus aberraciones artísticas, han pasado también su mano por la mayor parte de los indicadores, tachándolos, corrigiéndolos e, incluso, cambiándoles el sentido. Nadie parece preocupado de hacer revisiones sistemáticas de estos carteles cuyo mantenimiento puede que sea, a saber en qué casos, teóricamente responsabilidad de la Dirección General de Carreteras, o del concesionario de las autopistas, pero cuyas deficiencias nos afectan, sobre todo, y en los casos que indico, a los que vivimos en la Comunidad de Madrid.
Capítulo aparte merecen las indicaciones de las calles de Madrid. Las placas con los nombres no están visibles en su mayoría -por inexistentes, muchas; tapadas por árboles y arbustos, no pocas; por situadas en lugares no adecuados para lo pretendido, demasiadas-. No conozco a nadie (desde luego, no los taxistas) que conozcan todas las calles de esta ciudad, ni, al parecer, las rutas más convenientes -la pregunta de tanteo del profesional, al darle una dirección es: ¿por dónde quiere que vayamos?-. Puede que sea un ejercicio memorístico propio de un concurso de los que tanto se estilan, pues muchas, cortas incluso, tienen distintos nombres a ambos lados de la calle principal, además de estar dedicadas a personajes desconocidos.
Ya me he referido al difícil tránsito por las aceras, que no siempre conducen a pasos de peatones, sino, también a la nada: un parterre, una isla en el asfalto. Sus estrechamientos, cuando se va con el carro de la compra, un cochecito de niño, manejando un coche de minusválido de forma autónoma o conduciéndolo como acompañante, son normales; no siempre es la propia acera la que se estrecha, sino la marquesina, el cartel anunciador, la farola…Alguien tomó la decisión, por lo demás, de colocar papeleras a cada paso, cuyo objetivo no es actuar de tales, sino de botelleros, recolectores de bolsas de basura, excrementos cánidos o chicle de transeúnte, entre otros menores, aunque relevantes para la memoria de quienes tienen que vaciarlas. Energúmenos de otras especies, tienen a bien romperlas y quemarlas, supongo que extasiados ante el espectáculo de su estulticia.
(continuará)

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