Apuesto doble contra sencillo que un tercio de la población mundial (más de 2.000 millones de personas) saben quién es Ronaldo, el número 7 del club de fútbol Real Madrid, equipo de un país intermedio a la búsqueda permanente de su identidad (como los seis personales de la obra teatral de Pirandello iban en busca de autor).
Son muchos los niños de cualquier lugar del planeta, incluso, -o tal vez, precisamente allí- en los países menos desarrollados que ven en Ronaldo, un ídolo, un personaje a imitar. Aunque las virtudes deontológicas del jugador son, sin duda, apreciables, lo que mueve a todos esos admiradores infantiles es el deseo de triunfar como futbolista, ser un genio en el manejo del balón y, por supuesto, adquirir o mejorar la capacidad (si fuera innata) de meter ese esférico objeto entre tres palos, muchas veces, cuantas más mejor, en todo tipo de giras, faustos y torneos, pero en especial en aquellos en donde se compita a escala mundial y/o en controversia con el equipo de la población de al lado. Para el caso, Madrid contra Barcelona.
Porque Ronaldo no está solo en la cúspide de la admiración. A su lado, es decir, enfrente, existe otro tan bueno como él, con prácticamente el mismo número de admiradores de su arte, aunque no necesariamente los mismos. Se llama, el lector lo ha adivinado sin la menor duda, Messi. Leo Messi.
Los dos campeones del arte de darle patadas a un balón consiguiendo hacer más dianas que cualquier otro contrincante, han conseguido similares logros. Gigantescas sumas de dinero, a base de honorarios profesionales, primas de fichaje y derechos de imagen. Cinco balones de oro. El afecto y endiosamiento de los seguidores de sus respectivos clubs. La envidia, fundamentalmente sana, de sus compañeros de equipo (anteriores, actuales y venideros). El apoyo agradecido, aunque interesado, de los presidentes de sus clubs (anteriores y actuales), que obtienen publicidad para sus propios negocios por el contagio con los sublimes atletas.
Y, aunque no sea exactamente un logro, sino una consecuencia de su pertenencia a la élite de los que han conseguido amasar grandes sumas de dinero, ambos han debido comparecer ante la Justicia, investigados (ellos y sus representantes) por supuesta comisión del delito de fraude fiscal que han intentado solventar con declaraciones complementarias, asunción de ignorancia y otras argucias procesales.
En estos momentos en que los españoles han rescatado banderas de los armarios (o las han adquirido de las tiendas del «chino» más cercano) para colgarlas en los alféizares, y el ser hincha del Barcelona CF o del Madrid CF es visto como una seña de identidad nacionalista (sean benditos los seguidores del Español CF y del Atleti, además de todos los que se contentan con aplaudir logros y lamentar fiascos de sus equipos favoritos), en estos momentos, digo, en el que los partidarios tenidos por la facción más extremista de esas entidades destinadas a hacer, teóricamente, más agradable el ocio ciudadano, se enzarzan en peleas tribales, en discusiones crespas, alimentando odios acerados y corruptos mensajes de guerra sangrienta, pido al lector, al que supongo pacífico, como yo, aficionado al fútbol sin filias ni fobias, como yo, amigo de la paz y de una España fuerte y, por tanto unida, como yo la deseo y amo, que ponga al aire de la calle de todos, la única bandera que, en mi opinión, merece la pena orear.
La bandera del desarrollo tecnológico, del conocimiento serio, de la asistencia social paritaria, de la investigación eficiente, de la colaboración entre iguales y el apoyo sin fisuras a los más necesitados.
Y pediría a Ronaldo, y a Messi, y a todos los campeones de cualquier deporte, que dediquen unas palabras a sus admiradores para ayudarles a entender que ellos sirven al ocio, al descanso y al goce, pero lo que hace avanzar a las colectividades, perdónenme esos dioses, se llama Ciencia, Técnica, Humanidades, … y hay miles de héroes anónimos que empujan, sin reconocimiento aparatoso ni honorarios jugosos, ese carro hacia delante.
Cuando estaba observando las evoluciones de una pareja de somormujo lavancos (que fotografié correspondientemente, y presentaré una muestra de las instantáneas, como adenda a un próximo comentario) en la Albufera des Grau, en Menorca, una bandada de cormoranes irrumpió en las cercanías de donde estaba instalado, con gran estrépito.
Durante apenas cinco minutos se dedicaron, sin descanso, a engullir los desgraciados componentes de un cardumen sobre el que llamó su atención la disputa que mantenían tres pollas de agua por un quítame allá esos carpines (carassius carassius), lisas (liza aurata), percas…
Después de haber agotado el banco de peces, retornaron, con la panza llena, tranquilos, a tomar el sol sobre el roquedo.


Y el Oviedo, que ?