Permita el lector una reflexión elemental. Si queremos seguridad, habrá que identificar las amenazas. Y si algunas de ellas son imprecisas, difusas o desconocidas, la apelación a la seguridad global se convertirá en una mera petición de principio.
Hace apenas unas décadas lo teníamos más sencillo, porque había un enemigo, real o potencial del que defenderse, y la fórmula para resolver los conflictos era mediante una guerra, con medios militares.
Desde 1950, y en especial, a partir de la llamada ingenuamente «guerra fría», la situación cambió y el árbol de la seguridad empezó a mostrar hongos, insectos litófagos, muérdago y parásitos. En la actualidad, está sometido a tantas tensiones que hay que poner el concepto en cuarentena, para analizar el perímetro de contorno que podemos abarcar realmente, para no provocar falsas expectativas y desilusiones de la ciudadanía.
La detección de las amenazas y adecuar a cada una el medio de defensa, es imprescindible. Tenemos que aceptar, por ejemplo, que aunque se sigan utilizando los antiguos términos convencionales, el concepto de Defensa pone de manifiesto su amplia polisemia.
En términos políticos -esto es, en el ámbito que se atribuye a la acción política-, agrupa o puede agrupar desde la organización y dotación de las fuerzas armadas, a las alianzas y convenios internacionales, tanto comerciales como militares; incluye la diplomacia, las estructuras de espionaje y contraespionaje y, por no ser incómodamente exhaustivo, también la ayuda y cooperación al desarrollo; incluso habría que incorporar a la idea genérica de Defensa, la actividad de la policía interior en aquellos cometidos que supongan la protección de la forma de Estado y sus órganos máximos, el control del terrorismo y el separatismo.
Una tarea inmensa, que exige una coordinación precisa y una versatilidad sin fisuras. Esta labor oficial está, por supuesto, imbricada, con la idea de ofrecer seguridad, aunque no al ciudadano individual -sería imposible- sino, al conjunto de la ciudadanía, y, atendiendo a su relevancia institucional, a determinadas personas que ocupan o han ocupado cargos especiales y que pueden ser objetivo del terrorismo.
Para los más desorientados puede ser necesario señalar, que, a raíz del terrible toque de atención que supuso la Segunda Guerra mundial para la utopía de la convivencia internacional, ya se produjo un cambio sustancial en el concepto de la seguridad, y se confeccionó un primer mapa de alianzas. Se trataba de simplificar el número de enemigos potenciales.
Se acudió también a la gramática. En un ejercicio profiláctico intencionado, las grandes potencias que estaban dispuestas a rentabilizar la paz conseguida, y pronto, sus imitadores y seguidores, cambiaron de nombre al Ministerio del que dependen sus Ejércitos.
Así, en Estados Unidos, por la Ley de Seguridad Nacional de 1947 (National Security Act), el nombre del Departamento de la Guerra, pasó a ser el de Ejército de Tierra (Army) y se fusionó con el Departamento de la Armada -la fuerza naval-, formando el NME (National Military Establishment), bajo la presidencia del Secretario de Defensa.
Parecida situación se recreó en la URSS y después, en China y decenas de países: los ministerios de Defensa sustituyeron a los de la Guerra, vocablo maldito. En Alemania, potencia perdedora (al menos, sobre el papel) desapareció el Ministerio de la Resistencia (Wehr, palabra que cayó en desuso) de los tiempos del Tercer Reich, y la estructura militar también afloró como Ministerio de la Defensa (Verteidigung) en 1955, tanto en la RDA como en la RFA.
En la Historia reciente de España, el nombre del Ministerio que asume, entre otras funciones, la dirección y la responsabilidad presupuestaria del mantenimiento de un Ejército y su armamento, adoptó también diversos nombres.
El Ministerio de la Guerra, creado por Real Decreto de 1851, estaba solo encargado de los asuntos militares del Ejército de Tierra y subsistió, pasando sobre monarquías y repúblicas, hasta que el rebelde general Franco imaginó que era más propio el camuflaje de su levantamiento bajo el equívoco apelativo de Ministerio de Defensa Nacional, que, desde 1938 y hasta la firma de la paz, concentró los tres Ejércitos por un corto período. Se mantuvieron luego desagregados hasta 1977, en que desaparecieron los tres Ministerios de los Ejércitos de Tierra, Mar y Aire y se unificaron las fuerzas militares y su correspondiente organización, en un Ministerio de Defensa.
Sería infantil limitarse a la semántica, y poco serio reducir hoy el rol de la Defensa nacional al mantenimiento de un Ejército y a firmar unas cuantas alianzas con Estados afines. La acción política de cara al exterior, es cierto, implica asumir que el Estado ha de organizar adecuadamente su protección frente a cualquier agresión externa por parte de otro Estado.
Sin embargo, la tranquilidad del conjunto de los habitantes en período de paz exterior aparece más bien desviada hacia la seguridad nacional, que se configura como una categoría de espectro mucho más sutil y, por tanto, difícil de abordar con transparencia.
No valen aquí las exhibiciones públicas de fuerza -como en los desfiles militares-, sino que la discreción pasa a primer término. Debe actuar la ponderación, la vigilancia, bajo la redacción y cumplimiento de leyes adecuadas. Cuando la policía (en algún caso, el Ejército) actúa en territorio propio contra una amenaza a la seguridad, la proporción y mesura de los medios empleados debe dominar sobre la represión.
Cualquier definición rígida de los conceptos de seguridad, defensa, libertad, paz o bonanza queda desautorizada continuamente por la realidad. Como dramático ejemplo del terreno resbaladizo, los manuales académicos clásicos no previeron que las agresiones externas pudieran provenir, no de Estados, sino de terroristas cuyo punto de unión fuera el fanatismo religioso y que actuasen, no en campos de batalla ni con armamento estándar, sino en cualquier lugar, contra cualquier persona y con cualquier instrumento capaz de matar.
El terrorismo islámico, cualquiera que sea su pretendido fundamento, se ha convertido en el riesgo difuso por excelencia. Su objetivo material es indiscriminado, aunque el efecto pretendido es muy concreto: sembrar el terror en Occidente y rentabilizarlo en Oriente.
No quiero ser obvio ni parecer insolente, pero cuando ETA mataba a militares o políticos prominentes, el ciudadano anónimo español podría estar tranquilo. Si el objetivo para llamar la atención sobre su fanática causa de los adictos al DAESH y a su forma de manifestar su enajenación fuera su autoinmolación sin más víctimas, o incluso, se limitaran a asesinar ocasionalmente a algún imán de una mezquita, no hablaríamos de la necesidad de cambiar los mecanismos de seguridad para proteger a los ciudadanos que viven en ciudades occidentales, o, por lo menos, de hacer alarde y exhibición de las medidas emprendidas, con el objetivo de que la población se sienta protegida…hasta que, desgraciadamente, se produzca la difusión del próximo atentado.
Por causa del terrorismo internacional como de las guerras calientes o frías, como por la amenaza clara de un cataclismo nuclear, nuestra seguridad, y la sensación de su dominio, tanto a nivel individual como colectivo, ha sufrido mutaciones. Todos estábamos dispuestos a admitir que, al estar viviendo en sociedad, deberíamos renunciar a algunos aspectos de libertad para disfrutar de la mayor sensación de tener seguridad.
Llegamos a aceptar el convencionalismo de que podíamos sentirnos tanto más libres, cuanto menos injerencias extrañas encontrásemos interfiriendo en el camino para hacer efectivas nuestras decisiones de consumo y placer, aunque también agradecemos, paradójicamente, alguna participación externa para conseguir más fácilmente lo que nos apetece.
Lo que no estamos preparados es para soportar la sensación de que nuestra tranquilidad está amenazada, en lo que creíamos período de paz en nuestro entorno, precisamente por ser nosotros anónimos, por tratarse de ciudadanos normales, vulgares, sin otro valor que el de un especimen humano más, como los otros, situado en un territorio determinado, elegido por un grupo de gentes que juegan a la ruleta con nuestra existencia.
(En una obra teatral de Casona, la injustamente olvidada Barca sin pescador, el caballero de negro (el diablo) ofrece al angustiado protagonista un pacto para salvar su fortuna: tiene que acceder a matar a alguien indiscriminado en un lugar remoto. En aquella ficción, también al estilo de las novelas policíacas, el homicida tiene sin embargo el deseo irrefrenable de conocer el escenario de quien fue su víctima y los concretos efectos de su acción. El descubrimiento del otro cambia la historia.)
(continuará)
La foto es de una hembra de pinzón vulgar. Es un paseriforme muy común, ubicuo, aunque prefiere las zonas con árboles, en donde se oculta mejor. En invierno trata de agruparse en los lugares más cálidos de su hábital. Su nombre científico es Fringilla coelebs. Es un fringílido, como los jilgueros y verderones, por ejemplo, y recibió su nombre específico por Linneo al observar que en Suecia, país natal del científico, las hembras migran y los machos se quedan. Coelebes es la palabra latina para célibe, soltero.
Por cierto, los machos son, desde luego, más fuertes, pero también más vistosos y se especula acerca de las verdaderas razones por las que deciden quedarse en sus territorios de verano, ya que algunas hembras acompañan a los residentes durante las estaciones frías, alegrándose mutuamente el paso por los rigores del invierno.


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