Al morir donaron sus órganos
al vaivén de la noche marinera:
su brazo inmenso resultó perfecta
para adornar una mesa, las dos piernas
fueron a soportar una desgana
y cayó su cabeza sobre un bronco
que empezaba a claudicar, hecho unas trizas.
Se puso la destreza
en manos de una torpe estampa campesina
y cuando empezó a oler mal el tocino
arriesgando con su peste contaminar el corazón,
se lo injertaron como favor especial
a un delincuente, arrepentidos.
El estómago y la vesícula biliar
fueron implantados a un bebedor habitual,
y le hicieron la puñeta a un travestido
al incrustarle, contra su voluntad,
los atributos del percal por un antojo;
siguiendo la broma, la actriz principal se puso un ojo
allí donde los de verdad no se lo miran.
Después de repartir, el muerto al cabo
quedó a merced del cirujano
y, teniendo ganas de seguir, halló que uniendo
los restos de cortar,
las asaduras, sobras y despojos,
e incrustándole entre las masas un pepino,
daba para hacer tres locuras de atar,
así que, para colmo, cuando untaron
con su caspa unas mantecas, animosos
al ver que aún conservaba
algo de sabor,
con la misma boca de besar,
inflaron globos.
(Poema 6, «Trasplante total», del libro «Que nos proteja al caer», diciembre 1997, @angelmanuelarias)

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