
El 12 de octubre se conmemora la Fiesta Nacional, denominación que ha venido a sustituir desde 1987 la antigua advocación como Día de la Hispanidad, con la que los habitantes de Gaigé, el País de los Despropósitos, la siguen empecinadamente reconociendo. Antes, bajo el régimen franquista, esa celebración dotada de sentido patriótico y con indudable intención de complicidad internacional a la búsqueda de raíces comunes transnacionales fue denominada Fiesta de La Raza.
Tiene este pueblo cada vez menos ocasiones de sacar a pasear el orgullo patrio, esa misteriosa esencia que permite sentir la alegría de la convivencia a través de la Historia, vinculada a un territorio, un estrecho pasado común y una ciudadanía con la que compartimos lengua y cultura.
Todos estos elementos, más etéreos que precisos, más emocionales que científicos, están en revisión para Gaigé. La falta de solidaridad se ha incrustado como forma de actuar para conseguir más prebendas locales (por supuesto, administradas por intereses egoístas). Por eso, la celebración de La Fiesta Nacional se ha convertido en una variopinta demostración de intenciones.
Ante todo, la Fiesta es una exhibición militar, bajo la presidencia del Jefe del Estado, la suprema autoridad de los Ejércitos, según la Constitución. El vistoso desfile en Madrid, una selección de destacamentos militares, equipos de guerra y aviones, atrae a miles de personas, que se agolpan a lo largo del recorrido de las fuerzas terrestres, hasta rendir la obligada pleitesía ante el Rey, Felipe VI, que encarna ese símbolo de unidad y respeto.
Como en Gaigé está y estará todo siempre en revisión, hay representantes de las regiones que no acuden a la llamada a la unidad, porque creen defender la independencia anticonstitucional de la parte de Estado que están obligados a defender. Hay ministros de Gaigé que asisten al acto de encuentro institucional como quien acude a una reunión de comunidad de vecinos. El jefe de Gobierno de Gaigé ha puesto su nota anecdótica retrasando el comienzo del acto, al acudir con retraso a la cita con el Rey, que esperaba en su coche.
Las previsiones económicas para 2023 están inmersas en graves incógnitas, pero los Presupuestos de Gaigé son expansivos, animada la Ministra de Hacienda, la antes prudente Calviño (Nadia) por la perspectiva electoralista. De la Comunidad Europea han llegado ya 30.000 millones de euros, aunque se ha recibido una llamada de atención sobre la necesidad de mejorar el control y seguimiento de los proyectos financiados por el Plan Next Generación.
La renovación de la cúpula judicial en Gaigé ha servido para escenificar una ruptura del plato de la apariencia de independencia judicial. No hay chorizo que echar al gato, pero la dimisión inesperada por extemporánea, de Lesmes (Carlos), tenido por magistrado conservador, aupado a la cúpula del Consejo Superior con su mandato concluido hace años, puso de manifiesto la politización de la Justicia.
Nadie se atreve a interpretar que los jueces administran la interpretación de la Ley, en casos muy concretos, según su ideología. Pero esa sospecha tiene, con la tensión generada entre el PP y el PSOE por la discusión abierta sobre el método de designación de los jueces, fundamentos serios que no resultan inteligibles sin sombras.
La guerra en Ucrania camina sin rumbo cierto hacia su terminación y generando aún más lastre sobre las economías europeas, camino de una recesión duradera. El discurso de Borrel (Josep) ante los embajadores europeos ha venido a subrayar la grave dependencia de la Unión de los designios ajenos. Malos auspicios para los optimistas crónicos.

Deja una respuesta