Cada 4 de diciembre, los mineros, los artilleros y todos cuantos se relacionan (legalmente) con explosivos, celebran la festividad de su Patrona, una joven que, según las crónicas del imaginario religioso, vivió allá en el siglo III, y de la que se sabe muy poco, ignorándose hasta su propio nombre.
Porque el nombre de esa Santa Bárbara con el que se conoce a la virgen y mártir decapitada por su propio padre, -al que un rayo habría fulminado después de cometer el parricidio-, provendría, a decir de una leyenda con densidad cruenta pocas veces igualada, de la expresión que utilizaron sus amigos al solicitar que se les entregase el cuerpo martirizado. Para que no se les identificara como cristianos, en lugar de llamarla por su nombre de bautizada, se refirieron a ella como «la jeune fille barbare».
La imaginación popular ha sido tan rica en añadir detalles al relato del martirio, que no solo se la vincula con los que trabajan con explosivos, sino también, entre otros, con los que manipulan técnicamente fuegos (metalurgistas), o los apagan (bomberos), o con quienes sacan frutos de la tierra, ya sean líquidos, sólidos o gaseosos (mineros) o perforan rocas en busca de la luz del otro lado (tuneladores). Incluso los marinos la tienen por patrona, en este caso, por confusión fonética, ya que desde hace siglos llaman santabárbara al depósito en donde se guardan los explosivos, por aliteración de la «cincta barbara», que era la empalizada con la que los romanos preservaban el acceso a los materiales peligrosos.
Con una trasfondo tan prometedor de gracias, a la Sainte Barbe francesa se la venera ampliamente en decenas de países, no solo con raíces o simpatías francófonas, y no ya por católicos, coptos o cristianos de varias tendencias, sino incluso en algunos árabes de mayoría islámica y también se la encuentra, convenientemente adaptada, superpuesta a las deidades de culto por devotos animistas afro-americanos.
Sin embargo, como en tantos cuentos ideados para movilizar devociones de crédulos e infantes, me impresiona, más que el perfil de la protagonista principal, el detalle y saña con la que se perfila la actitud del parricida, un sátrapa asesino que actuó con las agravantes de parentesco, secuestro, premeditación, alevosía, tortura, ensañamiento, abuso de autoridad, pertenencia a banda armada, entre otros delitos y circunstancias que hubieran merecido hoy reproche penal extremo en casi todos los países.
Las voces que periódicamente amenazan con separar a Santa Bárbara del mundo de los que poblaron este valle de lágrimas, para dejarla convertida en solo una invención para poblar el orbe celestial, no impidieron ni impedirán, desde luego, que sea la patrona del culto cuerpo de ingenieros de minas y que su celebración sirva de pretexto para apoyar la celebración de misas, comidas de hermandad, y múltiples actos festivos, incluida la entrega de insignias a los colegiados que hayan cumplido los setenta años (no por supuesto de profesión, sino de vida a secas).
El 4 de diciembre de 2015, en el Salón de Actos de la Escuela de Minas de Madrid (hoy de Minas y Energía), la festividad contó con el apoyo de Monseñor Juan Antonio Martínez Camino, quien ofició una misa concelebrada, que resultó magnífica, en pompa y contenidos.
La homilía, en particular, sirvió para que el prelado animara a cumplir el mandato divino de la procreación (obviando la edad media, más bien provecta, del público asistente), y recordara, por si hacía falta, que la existencia de Dios está prácticamente probada (citó a Stephen D. Unwin y sus cálculos imbatibles, superiores en poder de convicción, supongo, a las oscuras tesis tomistas, y que realizó aplicando el teorema de Bayes, sabio que jamás hubiera soñado aplicación tan excelsa para su análisis de sucesos condicionales). En fin, en arrebato indefinible, Monseñor expresó su sospecha de que Madrid cuente con más santos que la propia Roma, gracias al empujón que las hordas marxistas dieron al martirologio local, con 402 sacrificados en la santa Cruzada hispana, como recoge el Libro-guía «Memoriae martyrum. Los santos mártires del siglo XX en Madrid» del que, siendo co-editor, hizo modesta publicidad.
Antes del cóctel, que contó la incorporación de más colegas -reforzada con decenas de vecinos que acuden al condumio, animados por la jornada de puertas abiertas-, se cantó el himno de Santa Bárbara, a los acordes de una tuna. La letra de esta canción de culto, rallana en el esperpento (es un canto mortuorio, una pavana estrambótica), vino a subrayar aún más las características corporativas, sentimentales, irracionales y atávicas, de la reunión.
Y para que no se interprete este comentario con equivocación, quiero indicar que yo estuve presente, en todos los momentos a los que me estoy refiriendo, y que lo vengo haciendo año tras año, con máximo respeto, porque entiendo que no es necesario coincidir con formas y ritos, cuando hay identidad con los fondos, que descansan en el compañerismo y los afectos: a los que estaban allí y a los que no pudieron o no quisieron estar presentes, pero no pueden considerarse ausentes de esa concordancia fundamental.

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