La granja tiene una venerable antigüedad, y ha sufrido múltiples renovaciones, cambios de decorado y hasta de ubicación de sus dependencias principales. Sería interesante analizar el detalle de esa evolución, aunque prefiero concentrarme en las características del momento presente, empezando la historia de la granja a partir de los 70, década en la que se la sometió a un importante cambio de imagen.
No fue, propiamente, una rehabilitación; fue un remozado, dado con unos cuantos brochazos de pintura gruesa por manos sin contemplaciones.
No hace falta poner de manifiesto que una granja tiene un propósito fundamental, que es la obtención de rendimientos. Entre sus moradores, se detectan diferentes niveles de libertad y satisfacción, e incluso pueden encontrarse animales que parecen gozar de excepcional libertad y obtener, a cambio de poca cooperación al proyecto, fabulosos beneficios particulares.
Pero una mirada atenta detectará que fuera de la granja no hay opciones cabales de subsistencia. Todo el engranaje se mueve en torno a la obtención del máximo beneficio de quienes controlan la producción. ¿Quiénes son éstos? ¿Qué pretenden en realidad? ¿De qué medios se valen?
El cuento va, por supuesto, de macroeconomía, y para los orwellianos, no hay dogmas, sino solo consecuencias extraídas de los sucesos observados.
A mediados de 1944, en un hotel de Bretton Woods (New Hampshire, EEUU), representantes de las 44 naciones más importantes de la Tierra se afanaron en diseñar un sistema monetario que sustituyera el patrón oro que venían aceptando hasta entonces, y que había provocado un caos monetario. La segunda guerra «mundial» había dejado profundas huellas en la sensibilidad colectiva y se deseaba echar rápidamente una capa de olvido sobre todo cuanto recordara las diferencias que la habían motivado, desplazando cualquier responsabilidad hacia los muertos.
Los vencedores en la guerra, y especialmente, Gran Bretaña, estaban endeudados hasta las cejas y se habían quedado con muy poco oro, que era la materia mágica con la que se efectuaban los pagos internacionales. Los expertos, con Keynes a la cabeza, propusieron adoptar como referencia el dólar estadounidense, con tipos de cambio fijos, y se creó el Fondo Monetario Internacional como supervisor del sistema. Había que pensar en global, ser espléndido y solidario con los países más atrasados.
La fórmula magistral funcionó durante algún tiempo, pero el edificio monetario se desmoronó porque algunos países siguieron prácticas inflacionistas, y se les acabaron sus reservas en dólares, por lo que tuvieron que acudir al FMI para que les prestara dinero y, después, otra vez, y las que fuera necesario, para que les permitiera devaluar sus monedas respecto al dólar.
Sin embargo, otros países (Alemania, Países Bajos, Suiza, Austria), habían revalorizado su moneda. Les iba bien.
El país que tenía un comportamiento más inflacionista fue Estados Unidos. Pero… ¿qué diablos provocaba la inflación en algunos sectores de la granja?
Como siempre que se abría un debate, surgieron múltiples explicaciones del más variado carácter. Los macroeconomistas siempre han sido muy imaginativos. Para unos, la inflación estaba causada por el aumento de los salarios, debido a que se estaba cerca del pleno empleo, y las empresas se veían obligadas a pagar más a los empleados para que no se fueran a la competencia, y con más dinero para gastar, las familias desbocaban el consumo, orientándose hacia productos importados, más baratos o más vistosos; para otros, había un exceso de demanda monetaria, debido a que los Bancos centrales ponían insuficiente dinero en circulación, preocupados por la no darle demasiadas vueltas al rabil de la fabricación de billetes, lo que debilitaría la posición de la moneda propia, pero que tenía el efecto negativo de aumentar los tipos de interés, al convertir el dinero en un bien más escaso.
Puede que aun estarían discutiendo si se trataba de galgos o podencos, sino fuera porque Richard Nixon, presidente de los Estados Unidos a la sazón, suspendió en 1971 -convenientemente asesorado por los economistas críticos con el modelo keynesiano, más devotos de la teoría monetarista de Fisher, Marshall y Friedman-, la convertibilidad en oro del dólar americano, desmantelando el brillante esquema teórico de Bretton Woods.
Falto de apoyo, el dólar empezó a caer, junto a la libra, en tanto que las economías francesa, japonesa y alemana crecían -y sus monedas se robustecían-, junto con los países en desarrollo del Tercer Mundo. La idea de globalización empezaba a prender con fuerza. Las materias primas que quedaban por explotar, la mano de obra barata y una legislación permisiva o inexistente, estaban siendo aprovechadas de forma eficaz por los países tecnológicamente más avanzados y abiertos a la cooperación. Era un momento win-win para todos.
Estados Unidos y Gran Bretaña no tenían, entonces esas preocupaciones de base aparentemente altruista; en particular, Gran Bretaña disfrutaba con mano de hierro de su imperio colonial, y Estados Unidos se había afianzado como líder mundial indiscutido, y, aunque la bonanza le comía los pies, no necesitaban exportar, porque el consumo interno era suficientemente fuerte, por lo que un dólar débil no causaba mayores problemas.
Por si acaso, una actuación excepcional vino a salvar al dólar y a la libra de la depreciación a que estaban encaminados: la manipulación sobre el precio del petróleo, que subió un 400% entre 1973 y 1974, como consecuencia de una crisis ficticia por la que la OPEP tomó la desmesurada decisión -para su débil posición en el contexto mundial- de embargar el petróleo, como castigo contra Estados Unidos y los países que habían apoyado a Israel.
Era una consecuencia colateral de la guerra árabe-israelí conocida como conflicto de Yom Kipur, que tuvo lugar en octubre de 1973, por la que una coalición de países árabes comandados por Egipto y Siria intentó sacarse la espina de la guerra de los seis días librada en 1967, en una actuación inexplicable, salvo para quienes hubieran estado en la sala de calderas calentando el ambiente.
El imaginativo periodista Daniel Estulin (Unión Soviética, 1966) atribuye esta operación a una conspiración dimanada del llamado Grupo Bilderberg, que toma su nombre de la primera reunión que mantuvieron varias élites mundiales en ese hotel de una localidad de Suecia.
Como resultado de la misma, las gigantescas compañías petroleras que forman el cartel del petróleo -las seis hermanas- subieron los precios de forma desorbitada, encareciendo brutalmente una materia prima sustancial, deteniendo la industrialización en los países del tercer Mundo y provocando un flujo de dólares (los petrodólares) que no se quedó en los países de la OPEP -¿qué iban a hacer con ellos?-, sino que revirtió a Londres y a Wall Street, que recuperó de inmediato el control sobre el crédito mundial.
La granja quedaba así remozada con nueva apariencia, y el logotipo que luciría desde ahora el panel de entrada a la caja donde se guardan los misterios de la economía internacional, ostentaría, las palabras adormecedoras de: «Progreso, libertad de mercado, globalización». Eso sí, ahora, en inglés. (1) La evolución de la realidad quedaría para siempre desconectada del desarrollo natural de los hechos, y la manipulación se convertiría en la forma predilecta para ejercer el control por parte de los grandes grupos económicos de la granja.
Irlanda, Dinamarca y el Reino Unido se incorporaron en 1973 a la Comunidad Europea, que aún mantenía su idea de unión de comerciantes, pero estaba ya empeñada en comenzar de inmediato un camino visionario que la conduciría hasta la actual posición marginal en el panorama económico mundial, jalonado con declaraciones voluntaristas, manifiestos éticos y proclamas de decidida defensa ambiental.
Era necesario para el capital que utilizaba como plataforma de actuación las bases del Reino Unido estar cerca de ese invento problemático, sin sentirse comprometido.
Porque los poderes fácticos de la granja tenían otras intenciones que dedicarse a la filosofía.
(continuará)
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(1) Aunque nunca fue formulada de esta manera, el nuevo frontis de la granja podría haber tenido esta formulación: «Free market, world as a whole, forward destination».

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