(Esta entrada es continuación de las tres anteriores, con el mismo título, y le seguirán otras).
4. Los recursos naturales y el desarrollo tecnológico
Considerar que la satisfacción individual, y a ser posible, conseguida de forma inmediata, es el principal objetivo del ser humano, me parece una reducción miserable de la especial sensibilidad para plantearse preguntas y abordar posibles soluciones, con la que la evolución ha dotado a nuestra especie.
Concretar en el máximo disfrute personal, mientras se pueda y en cuanto se pueda, la perspectiva de la existencia, desvinculándola del interés por asumir un propósito colectivo, supondría admitir que la vida en sociedad únicamente sirve para generar un magma de oportunidades, -una creación utilitaria-, en el que cada uno , para tener éxito, debe ser lo suficientemente sagaz para encontrarle un rendimiento personal.
Me cuento entre quienes defienden que debe existir un objetivo superior para la evolución del ser humano en la historia del cosmos, y que no viene fijado de forma ajena a la especie, sino que resulta intrínseco a la capacidad intelectual y a la facultad de interactuar sobre la naturaleza física. Somos individualmente inteligentes, pero cuando ponemos a trabajar juntos las potencialidades de todos, se alcanzan logros muy superiores.
Es cierto, en fin, que alcanzar el mayor grado de satisfacción o bienestar en la propia generación, en el tiempo de una vida humana, es un propósito que, hasta donde existe registro de la Historia de la especie, ha servido como guía de acción para numerosos grupos de seres humanos (las invasiones, los pactos, las guerras, las esclavitudes, las conspiraciones, las rapiñas, etc.). Se han desplazado así, de una mano a otra, de un Estado a otro, fortunas importantes.
Pero el aumento neto de la proporción de bienes y servicios disponibles, lo que ha mejorado las opciones de reparto en épocas de paz, ha estado siempre ligado al mejor aprovechamiento de los recursos naturales y a los avances tecnológicos. No hay otra fórmula: explotar mejor lo que la naturaleza pone a disposición, o generar nuevas vías para combinar de manera eficaz esos recursos, a veces, ocultos en el fondo de la materia, anteriormente inaccesibles o inutilizables.
La generación de plusvalías es importante, pero resolver con eficacia la cuestión implica también, por supuesto, decidir cómo distribuirlas. Ejemplos antiguos y recientes avalan que aristocracias, plutocracias, junto a desvergonzados, tramposos, arribistas y esbirros, han sabido aprovecharse de la mayoría de los beneficios, acaparándolos, u ocultando su generación a los ojos de los demás, desplazando, casi de forma sistemática, a los creativos, laboriosos, intelectuales, solidarios, honestos.
Poco se ha avanzado en hacer las cosas mejor. Sorprende que en el siglo XXI subsistan tan sustanciales diferencias en el existir, según los grupos humanos, a pesar de la continua apelación a la unidad de la especie y a la igualdad básica del intelecto. No se ha sido capaz de resolver la paradoja de que no pocas colectividades se encuentren en guerra o empecinadas en disputas violentas, haciendo que el poder de las armas se sobreponga al raciocinio.
Aunque se encuentran ejemplos de extraordinaria claridad intelectual, para detectar las incongruencias de multitud de creencias, mitos y falsedades introducidas en los discursos oficiales, subsisten, incluso con dedicación preferente, inconsistentes teorías sobre el origen del hombre, su destino supremo o la superioridad de unas divinidades sobre otras, poniendo en su boca imaginaria las elucubraciones más variopintas.
En consecuencia de tales tensiones contradictorias, producto de la ausencia del reconocimiento de un mínimo objetivo común, las disparidades en bienestar, educación, sanidad, conocimiento y desarrollo tecnológico, son tan grandes entre Estados y pueblos, e incluso en un mismo territorio, que se puede deducir, con énfasis digno de deplorar, que la esclavitud, el servilismo, el mercantilismo de capacidades y, en suma, la explotación de unos seres humanos por otros es consustancial a nuestra especie: se avanza sin rumbo colectivo, solo por impulsos particulares.
He expresado en otras ocasiones que la filosofía de la tecnología no puede ser otra que la de perfeccionar la eficiencia del uso de los recursos disponibles, y que la aplicación de nuevas tecnologías a muchos procesos está reconfigurando sectores enteros. Los Estados no dominan la generación tecnológica y, con suerte, únicamente pueden poner limitaciones u ofrecer acicates a la explotación de ciertos recursos del territorio: minerales y rocas, agua, calificación de la tierra, como más importantes, con medios como tasas, impuestos, normas y leyes ambientales, precios mínimos, etc.
Lamentablemente, los medios de que disponen los Estados no son decisivos, y los acuerdos entre ellos, frágiles, por la presión de los ciudadanos sobre sus Gobiernos, manifestación de la primacía de los intereses grupales sobre los generales. Se puede pretender mantener los empleos actuales en un territorio, compensando con subvenciones las pérdidas de competitividad, pero la medida es ineficiente a corto plazo: los centros de producción se desplazarán allí donde los costes sean menores, y las tecnologías reducen continuamente las necesidades de mano de obra.
(continuará)

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