(En este Comentario se prosigue con el análisis de las consecuencias del desarrollo tecnológico).
5. El fundamento de la generación de actividad y empleo en sectores vinculados a la mejora del bienestar.
Somos ya bastantes, entre los analistas, los convencidos de que la defensa de la globalización no es sino un recurso útil para avanzar en la explotación de los países desarrollados sobre los más atrasados, si bien, debido al poder creciente de los grupos empresariales multinacionales, las decisiones sustanciales se alejan del ámbito de decisión de los gobiernos.
He defendido siempre que se me dio oportunidad, la paradoja de resultar coyunturalmente ventajoso, e incluso imprescindible, desde la perspectiva del mantenimiento de suficientes empleos en un territorio, que garanticen la estabilidad social, apoyar sectores ineficientes a corto plazo. Lo que no cabe ignorar es que la transformación tecnológica obedece a impulsos imparables, y que solo tiene sentido subvencionar ciertas actividades si no se abandona el propósito, igualmente, a plazo determinado, de sustituirlas progresivamente por otras.
En efecto, estoy pesando -por ejemplo- en el aparente despropósito de mantener la subvención al carbón nacional -cuyo coste de explotación es superior al extranjero-, para sostener empleos en algunas cuencas. Lo que se debe considerar una acción fallida es que, a pesar de esas primas al carbón nacional, no se haya avanzado suficientemente en la generación de alternativas y, no menos criticable, que las subvenciones hayan servido para el enriquecimiento paralelo de empresarios privados del carbón, que se arrimaron a la coyuntura.
El apoyo a la transformación de los sectores ineficientes pero sostenedores tradicionales de empleo, no tiene sentido sin la creación de empleo en sectores de futuro. La reconversión tiene que correr paralela a la creación de alternativas, para que los desajustes de empleo no sean insoportables. Y es aquí, como en todas las actuaciones que exigen estabilidad a largo plazo, donde no caben trampas ni buenos deseos sin respaldo tecnológico. Porque prácticamente todos los sectores de nueva creación tienen un comportamiento dual sobre la economía y, por tanto, se deben analizar con extremo cuidado las consecuencias de apoyar su crecimiento sin atender a los ritmos con que éste se produce.
Por comportamiento dual entiendo que, al mismo tiempo que las nuevas tecnologías, materiales y procesos, generan líneas de actividad (y, por tanto, subsidiariamente, de empleo), destruyen empresas, puestos de trabajo y áreas de mercado tradicionales. Y, en general, analizado desde la perspectiva del empleo, es superior el que destruyen al que generan, aunque en una zona concreta, en donde se ubiquen los centros de producción, pueda hablarse de aumento de actividad y, por tanto, nuevos puestos de trabajo.
Se puede objetar que siempre ha sido históricamente así, y que cada revolución tecnológica ha traído su pan debajo del brazo, obligando a reajustes en los sistemas de producción, que, cuando fueron absorbidos, situaron a la humanidad en un nivel de bienestar más alto. No me atrevo a negar esa aseveración de manera absoluta, ni quiero ser dogmático, aunque llamo la atención sobre la explotación que los poseedores de las nuevas tecnologías han ejercido sobre quienes solo deseaban disfrutar de sus consecuencias.
Recientemente, pongo por caso, la ambición de poseer televisiones, móviles, automóviles y electrodomésticos en países menos avanzados tecnológicamente ha arrastrado a algunos de ellos a mayores servidumbres relativas a la enajenación de sus recursos naturales; en otros casos, solo la existencia de ingentes cantidades de recursos sin explotar o de graves desequilibrios en las rentas internas les ha permitido, no se si solo de momento o de forma duradera, crecer a un ritmo que podemos calificar de vertiginoso, aunque a distancia aún muy alejada de los países más avanzados.
El medio ambiente es, sin duda, uno de los sectores duales: el control general y la presión normativa para proteger mejor el ambiente generan, -no seré yo quién lo cuestione, en tanto que ingeniero ambientalista-, empleo. Sin embargo, es necesario tener en cuenta qué sucede en la etapa de transición de las empresas hacia la sostenibilidad ambiental. Para muchas, el proceso implica la asunción de extracostes, por la incorporación de las externalidades, que antes les eran desconocidos o, simplemente, resultaban asumidos por toda la sociedad y no entraban a formar parte de la cuenta de resultados, penalizándola.
La solución al dilema no es sencilla, ni en el corto ni siquiera en el medio plazo, puesto que el comportamiento de los diferentes países dista mucho de ser homogéneo y, empleando el más suave de los calificativos, no se puede calificar de transparente.
Tampoco sería juicioso ignorar, para no verse introducido en tareas inabordables, que el concepto de medio ambiente, o de naturaleza preservable, no es el mismo en este siglo XXI que el que podría servir para definir estos términos en siglos anteriores, incluso en épocas recientes. Sin embargo, los nuevos conocimientos y la utilización de tecnologías adecuadas, son elementos de uso inexcusable para lograr su sostenibilidad futura y evitar la prolongación de su deterioro, que ha alcanzado ritmos exponenciales en la actualidad, precisamente por la apetencia exacerbada al consumo inmediato, al disfrute sin demora, propio de una sociedad que se ha despreocupado, colectivamente, por lo que legará a las futuras generaciones.
En consecuencia lógica con el contexto, en el que hay pocos vencedores y muchos vencidos, es necesario comprender que al asumir a ultranza la defensa ambiental –como sería, sin duda, lo deseable si el mundo fuera solidario sin fisuras- se empeora la viabilidad de no pocas empresas y, por tanto, si se atiende a la visión conjunta de un área o país pequeño (como España), tecnológicamente poco desarrollado en la práctica (es decir, dependiente de patentes, desarrollos y tecnologías de fabricación foráneas), se reduciría el empleo. Se trasladarían empresas y centros de trabajo a lugares en donde las medidas ambientales no fueran tan estrictas, el coste de las externalidades poco significativo, y el rubro salarial más soportable para garantizar el beneficio máximo.
Afirmar, sin matices, que el medio ambiente creará cientos de miles de puestos de trabajo, sin analizar, paralelamente, los efectos en otros sectores, es ver solo una parte de la cuestión: las cifras deben manejar los empleos netos generados. Además, el análisis completo de la cuestión ambiental deberá poner el énfasis en que la mayor parte de los empleos se generarían en la recuperación ambiental, es decir, no generarían nuevas plusvalías, significando un coste a soportar, que pagaría toda la sociedad concienciada ambientalmente y disfrutaría como oportunidad empresarial y beneficio económico, el sector de empresas ambientales.
El límite de deterioro ambiental alcanzado en el planeta está ampliamente superado y, por tanto, hay que atender a la potenciación de empresas ambientales. Pero no hay porqué engañarse, ni engañar: descontaminar, corregir fallos ambientales, controlar los residuos, depurar agua, terreno, aire, mejorar las condiciones de salubridad e higiene, los servicios, la atención energética, etc., cuesta dinero. Las inversiones a realizar son cuantiosas (a nivel mundial), una parte de la población no podrá pagar siquiera el coste de mantenimiento, y lo que es preciso, por tanto, es buscar en otros sectores la generación de los medios económicos que permitan asumir ese esfuerzo,
Distinta resultaría la visión de la cuestión ambiental si se mantiene, como sería lo deseable, el enfoque a escala global y se involucrasen en la participación a todos los países: cuidar el medio ambiente sería entonces también rentable para los mismos países en desarrollo, y en ellos las posibilidades de implantación de las nuevas tecnologías –en particular, la producción de energía con métodos renovables- permitirían rentabilidades que no tienen que circunscribirse al corto plazo ni tampoco limitarse al país en donde se llevan a cabo las medidas ambientales, porque beneficiarían a todos. El coste que implican los daños medioambientales, así como los beneficios de la más eficiente gestión de los recursos consumibles, incluida la protección, conservación o regeneración de muchos espacios, han de calcularse, no solo a nivel local, sino, sobre todo,global.
El estudio de todas las posibilidades de cooperación con los países en desarrollo o menos desarrollados exige, por sí mismo, un Libro blanco de las actuaciones: en producción y distribución de energía, mejora de gestión de recursos –hídricos, mineros, agrarios, forestales, etc.-, acceso general a la electricidad y las comunicaciones, incorporación de mejores prácticas disponibles en procesos, etc. También es necesario aumentar la concienciación de las ventajas de mejorar la gestión de los recursos, como valor en sí mismo, haciendo ver los peligros de la mala praxis: por ejemplo, destruir el bosque provoca el aumento de inundaciones, pérdida de valor del suelo, que se vuelve más difícil de cultivar, etc.
El cambio climático es una amenaza grave y no una elucubración pesimista y, a tenor de los trabajos del panel de expertos IPCC, prácticamente, irreversible (AR5, Quinto Informe). Es significativo que exista mayor concienciación sobre el origen antropogénico del incremento de gas invernadero en los países menos desarrollados, y es preocupante que los países en desarrollo con mayor potencial (China, India, Brasil, etc.) se propongan, explícita o implícitamente, alcanzar patrones de consumo occidentales actuales, cuando, en realidad, esos patrones no son sostenibles tampoco en Occidente.
El desarrollo de coches híbridos, el impulso al transporte colectivo, la mejora de la eficiencia energética, la implementación de energías verdes, las técnicas de ahorro y reutilización del agua, aprovechamiento de residuos, etc. tienen sentido, sobre todo, en esos países con gran potencial de crecimiento. Pero no debemos engañarnos: el reto de cambiar la línea de desarrollo basada en la generación energética derivada de productos de carbón y petróleo es descomunal. (P.ej. Datos más recientes de producción de CO2/cápita: En USA: 14,5 t/año; en UE: 7,5 t/año; en China: 7,9 t/año!). Los países líderes en desarrollo o con mayor potencialidad de crecimiento deben, por tanto, apoyar un cambio drástico en los patrones de consumo en una doble vertiente: proporcionando un ejemplo creíble e inmediato y presionando, con medidas comerciales, para que los demás cumplan con los objetivos acordados.
Los previsibles impactos del calentamiento global, para España, deben ser adecuadamente estudiados, valorados en su secuencia temporal y, en consecuencia, adoptarse las medidas de protección correspondientes, empezando por las más urgentes. Existe un Plan Nacional de Adaptación al Cambio Climático –nacido en 2006- del que se han derivado, hasta el momento, tres Programas de Trabajo (el vigente, con validez 2014-2020), y se ha creado un Grupo de Trabajo de Impactos y Adaptación al Cambio Climático coordinado por la OECC, con participación de las Comunidades Autónomas.
El consenso científico sobre los riesgos e inmediatez de una elevación de temperatura global, que arrastrará la elevación del nivel del mar y drásticas modificaciones en los episodios estacionales, exige planteamientos inmediatos, tanto correctivos como la preparación de medidas paliativas. Carecería de sentido estar defendiendo actuaciones globales, dando por admitido el acuerdo oficial con los informes, cada vez más pesimistas, del Panel, y no adoptar en la Unión Europea, y en nuestro territorio nacional, decisiones inmediatas. Esto supondría dedicar fondos en previsión de la paliación de los daños, preparar la reubicación de poblaciones, hacer análisis específicos de los impactos sobre las especias vegetales y animales.
Debe ponerse de manifiesto el origen de la práctica aberrante de ocultar a la población los peligros detectados en un horizonte tan cercano –la difusión restringida del problema debe considerarse como parte de la ocultación-. Y, desde luego, es imprescindible descartar de forma contundente, con estudios definitivos, si se producirá un calentamiento en Europa o si, por efecto de este mismo fenómeno del cambio climático, como indican algunos científicos “díscolos” con el planteamiento general, la circulación termohalina se colapsará y se provocaría su enfriamiento.
Consideración particular en este contexto que pretende analizar posibles medidas de aplicación general relacionadas con la actividad económica y el empleo, ha de concederse a la energía. La energía es un input básico para una gran parte de los procesos productivos y es un elemento coadyuvante principal hacia el objetivo de bienestar. Por tanto, disponer de energía barata y confiable en su producción y distribución es un elemento básico de competitividad.
España tiene problemas tradicionales, perfectamente detectados, en su modelo energético: alta dependencia energética de combustible fósiles procedentes, además, de fuentes exteriores, sobredimensionamiento de la capacidad de generación eléctrica en relación con el consumo real actual, elevados costes relativos para el usuario industrial y doméstico, comparados con el entorno próximo y, también, insuficiente interconectividad de sus redes con los países vecinos, que, en el caso de Francia, se traduce en una restricción a la competitividad perfectamente salvable con voluntad política.
Sin entrar en valoraciones más profundas y dejando la calificación ideológica para otros análisis, se puede afirmar objetivamente que el actual modelo energético –incluyendo tanto la producción de electricidad como el consumo de combustibles destinados al transporte y a otras formas de empleo más o menos difusas- no es soportable en el tiempo, por las excesivas emisiones que podrían resultar evitables con otro mix de producción, y tiene deficiencias que es preciso superar, pues hay zonas de pobreza energética detectadas.No se trata, además, de una decisión que necesite ser abordada aisladamente. Las directrices de la Unión Europea imponen el uso masivo de energías limpias en la generación, y se inclinan por un énfasis mayor, y progresivo, en mejora la eficiencia energética.
En lo que respecta a la generación eléctrica, las energías denominadas renovables han conseguido, especialmente en el caso de las eólicas, una creciente competitividad que las hace, a corto plazo incluso, preferibles a la producción con centrales convencionales de gas o carbón. La producción discontinua de la energía producida con ellas, sin embargo, obliga a mantener generaciones de apoyo y la localización de su producción en determinadas zonas (crestas montañosas, áreas de mayor insolación, por ejemplo), dirige la atención hacia los métodos de almacenamiento de la no consumible y su distribución. La generación renovable distribuida, -ya sea como paneles fotovoltaicos, generadores eólicos, centrales de biomasa, fuentes geotérmicas, etc.- pone el acento sobre la funcionalidad actual de las redes de distribución. Otra cuestión que hace necesario replantear el modelo de producción eléctrica se deriva de las previsiones a la baja del coste del almacenamiento (por ejemplo, mediante tanques de reserva).
La cuestión energética, por tanto, ya sea desde el punto de vista de la generación de empleo, como de simples consideraciones medioambientales, o de la necesidad de aumentar la seguridad de suministro energético, abre un amplio panorama positivo de oportunidades. Incluso, y dando por supuesta la recuperación de la demanda eléctrica, sería recomendable apoyar la implantación de generadores destinados al autoconsumo, de origen en la energía renovable, combinados con redes inteligentes que optimicen la distribución de las necesidades y los sobrantes. La aplicación de nuevas tecnologías en este sector repercute, adicionalmente, en la creación de empleo, avanzando en el objetivo irrenunciable de alcanzar una cifra positiva (empleo neto) en la combinación de todos los factores imbricados.
(continuará)

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