(Este texto es continuación de los seis anteriores con el mismo título genérico)
7. ¿Existen sectores de desarrollo preferentes para España? ¿Qué papel debe jugar la formación universitaria técnica?
Al tratar de contestar a estas dos preguntas cruciales, debo anticipar que no me importa se me califique de pretencioso. No pretendo sino abrir un debate que la sociedad española ha venido obviando sistemáticamente, en la errónea percepción de que las cosas se arreglan de forma natural, y que la estructura empresarial de un país -de un protagonista secundario, debo precisar, pues hablo de España- se acomodará, con el tiempo, a su posición óptima.
Esta premisa es, en mi opinión, completamente errónea. Si se analizan con algún detalle los datos de crecimiento sectorial de países con diferentes estadios de desarrollo, se comprenderá que su evolución es diferente en relación con los recursos propios, la situación de partida -socioeconómica y tecnológica- y la capacidad empresarial y nivel de formación de sus estructuras nativas.
Si un país tiene amplios recursos por explotar, su desarrollo descansará fundamentalmente en ellos, y la necesidad de tecnología favorecerá a aquellos países más desarrollados con los que tenga firmados acuerdos de colaboración (tecnología e inversión a cambio de perspectivas de rendimiento futuras, en general) o, aunque no existan éstos, en situaciones en las que las empresas extranjeras vean oportunidades de rentabilizar su inversión. Esto es tan obvio, que se comprende de inmediato: si no tienes nada que ofrecer, a nivel de país, los demás te superarán rápidamente, y tu nivel de bienestar se deteriorará a gran velocidad.
Por eso, países como Alemania, Francia, Reino Unido y, por supuesto, Estados Unidos, descansan fuertemente en su potencialidad exportadora. Es cierto, como reflejan las estadísticas, que los sectores primario y secundario de estos países han disminuido dramáticamente en beneficio del sector terciario. Pero el análisis completo de la situación ha de ser éste: los beneficios obtenidos en el exterior, o en la fabricación de productos elaborados para su exportación, permite seguir avanzando en la mejora de las prestaciones asistenciales y mantener el estado de bienestar: habrá más tiempo de ocio, mejores tratamiento hospitalarios, residencias para ancianos mejor dotadas, un mayor cuidado del medio ambiente, o su recuperación según qué zonas, más centros de diversión, más ordenadores personales y aparatos de telecomunicación y video, etc., que los naturales del país podrán permitirse mientras se mantenga la expansión internacional.
Puede, como en el caso de Estados Unidos, que a esa posición exportadora se añade el descubrimiento de un recurso nuevo (gas de esquisto, pongo por caso singular), pero lo habitual será que se esté cambiando ayuda a la explotación ajena en el sector primario y secundario por sostenimiento de los sectores terciarios, que aparejan nivel de vida. Y eso no vive del aire: las tensiones previsibles se resolverán, salvo mejor opinión, con guerras, destrucciones masivas, contención del desarrollo ajeno para que no contamine el propio.
Volviendo el razonamiento a nuestro contexto, España tiene ventajas indudables en el sector terciario, como servicio a naturales de otros países que puedan permitírselo: apelemos al sol, a un entorno paisajístico no muy deteriorado, a la natural simpatía y curiosidad de muchos nacionales. Cabría poner de manifiesto, para no precipitarse en conclusiones, que una parte muy importante de los puestos de trabajo necesarios son para personal con poca cualificación y que, por ello, se han dejado progresivamente, en los tiempos de bonanza, de extranjeros venidos de países con menor desarrollo; camareros, cocineros sin experiencia, asistentes sanitarios sin título, cuidadores, sirvientes, obreros de la construcción, etc.
¿Qué ha hecho la Universidad, entretanto? Jugar a lo suyo, en mi opinión. En lo técnico, se ha ignorado colectivamente que la diferencia entre lo aprendido en las aulas y el nivel tecnológico preciso en las empresas crecía exponencialmente. No solo éso: se ha perdido énfasis en la cualificación de los estudiantes en las disciplinas básicas, pretendiendo que se puede ser experto sin conocer los rudimentos: menos física, peores matemáticas, teoría expresada con insuficiencia y sin profundidad, en no pocos casos.
Se dice ahora que la Universidad debe dar especial preferencia a la generación de emprendedores, proporcionando a los estudiantes una visión lo más certera posible del entorno en el que habrán de moverse. Desde luego, este objetivo debería ser, para las Escuelas de Ingeniería, sustancial: la Universidad ha de ser consciente de que debe formar las élites intelectuales a corto plazo, y esa responsabilidad ha de condicionar la orientación de la enseñanza impartida.
Pero tampoco aquí cabe improvisar. El impulso a las actividades de cooperación Universidad-empresa es un objetivo irrenunciable que se debe alimentar desde la base: no solamente con las cátedras de empresa, sino también con la incorporación de profesionales experimentados a las aulas que den sentido práctico a las enseñanzas. Los Consejos Económico-Sociales de la Universidad han de ser verdaderamente efectivos en señalar las orientaciones de la enseñanza, revisando los planes, eliminando repeticiones o materias innecesarias y coordinando e impulsando la plena coordinación del “mundo de la Universidad” con el “mundo real”.
(continuará)

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