Llevamos solo tres días de drásticas medidas oficiales de confinamiento, y nos encontramos ante una perspectiva de enclaustramiento muy abierta. Aunque la declaración del estado de excepción apunta, como dicta el texto legal, a un período de quince días (prorrogable en condiciones especiales), la sensación transmitida desde el Gabinete de crisis gubernamental y, sobre todo, por expertos propios y ajenos -y en especial, por quienes dicen haber superado o contenido el brote epidémico en su país- es que estaremos en situación de reclusión forzosa varios meses. Se desconoce, en realidad, cuántos.
Nada me cabe decir, como lego en materias de propagación vírica y contención epidemiológica, al respecto de las medidas dimanadas desde el Gobierno español, propuestas y respaldadas, como se os repite con insistencia, por técnicos sanitarios, microbiólogos y epidemiólogos. Así que no me queda más que cumplirlas, sin tratar de interferir lo más mínimo -desde mi modesta atalaya- en los mensajes que, según se nos promete, han de sacarnos a casi todos -salvo algunos daños colaterales lamentables- de esta pesadilla.
Me preocupo, pues, exclusivamente, por los aspectos económicos de esta crisis vírica y sus medidas de contención. De los que, sin duda, está ya provocando -las noticias, que al principio obviaban este carácter sustancial, ahora se ocupan ya de las muchas personas que han perdido su empleo, quizá para siempre (varios cientos de miles), y de los casi un millón de autónomos que, al dejar de facturar por su actividad, carecerán de ingresos con los que sostener a sí mismos, a sus familias y a sus dependientes.
Entiendo bien que el gobierno se encuentre sobrepasado ante un problema de tal magnitud. Las medidas de apoyo, tanto en lo sanitario como en lo económico, debieran venir de todos los ámbitos. La mirada hacia la Unión Europea es comprensible y debemos esperar que de allí provengan fondos para coadyuvar en la defensa de lo que se adivina como un descalabro económico y financiero sin precedentes, del que la caída brutal de las Bolsas es solo un anticipo de cómo se las gasta el capital.
Supongo que algunos teóricos de un cambio socioeconómico piensen que el virus nos habrá dado la oportunidad de cambiar de paradigma, es decir, abandonar el modelo liberal capitalista y abrazar una economía centralizada, siguiendo el modelo chino que, según parece, tan eficaz ha sido para contener el avance vírico y recuperarse del daño económico.
Creo, por el contrario, que la oportunidad estará en hacer bien el análisis de los sectores que habrán quedado afectados, estudiar medidas concretas de apoyo y reactivación y ponerlas en práctica. No han de ser solamente financieras y, por supuesto, éstas no pueden ser cicateras. La movilización de recursos que vuelva a poner en el escenario laboral los varios millones de puestos de trabajo circunstancialmente perdidos, implica a factores científicos, técnicos, universitarios, sociológicos y no solamente micro o macroeconómicos relativos a la recuperación, sino, y sobre todo, estratégicos.
Una cigüeñuela vuela junto a un archibebe común, ambos molestados por el intruso: un aficionado a la ornitología que, provisto de su cámara con teleobjetivo, encontró placer en plasmar el momento.


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