(Dada la implantación generalizada de la ignorancia histórica supina, no me duelen prendas en poner de manifiesto que el título de mi Comentario parafrasea el grito de adhesión de los liberales a la Constitución de 1812, proclamada el día de San José, Padre Putativo de Jesús, el niño que se creyó Dios, con bíblicos fundamentos. Así que, como la actualmente vigente, lo fue el día 6 de diciembre, en el que la Iglesia católica conmemora a San Nicolás de Bari, Santa Claus, mi adhesión a la misma la reflejo en ese grito entusiasta).
Los representantes de Unidos Podemos y de los partidos nacionalistas más ariscos, no van a celebrar este año la Constitución que es, todavía, nuestra Norma Suprema. No se sienten representados, no la acatan porque es reflejo de otra época y, además, la mayoría de sus adeptos no la han votado. Incluso, como manifestación superior de su voluntad de rebelión y repulsa, muchos irán a trabajar, y exhortan a sus fieles a que lo hagan. Como entre los que votaron a los partidos de la izquierda plural hay mucho desempleado, imagino que dedicarán sus labores a obras de las llamadas sociales, al fútbol o a manifestarse por ahí.
La Nicolasa no me gusta demasiado (adverbio de cantidad muy apañado), pero la voté en su momento, porque ya tenía edad y porque había una corriente de adhesión inquebrantable que suponía estar a tono con la mayoría. No nos la explicaron mucho, aunque sabíamos que unos cuantos sesudos varones habían copiado lo mejor de otras Constituciones de los alrededores y, sobre todo, estábamos ansiosos por salir a otear el aire de las libertades, que venía de fuera, como un soplo salutífero,
No nos fue nada mal, especialmente cuando, gracias a una chapuza de intento de golpe de Estado, nos convencieron de que la Monarquía servía para algo. Los españoles del bilingüismo (natural o forzado) estaban entretenidos con aumentar competencias para sus representantes autonómicos, y, poco a poco, al abrigo de un par de artículos de la Nicolasa, todas las autonomías/regiones se apuntaron al «café para todos», poniendo en solfa el Estado social y de derecho, y creando gravísimas ineficiencias en el cuerpo de las Administraciones públicas, que dejaron, insensiblemente, de formar parte de un sistema común, para convertirse en un guirigay de rivalidades políticas.
No me gusta demasiado la Nicolasa, porque soy republicano de corazón -es decir, no creo en las distinciones de clase, ni en las sangres especiales, ni en la mano de los dioses sobre algunas cabezas o tribus-. Pero si me gusta menos -esta vez, en la cualitativo- es porque ha propiciado grietas en el conjunto de España. Grietas muy profundas, aparatosas, relevantes.
La Nicolasa no tiene la culpa de que, si se me pregunta de sopetón, puede que responda que no me siento exactamente «muy español» (no lo voy a proclamar como Fernando Trueba, si bien los que hemos viajado mucho y vivido años en el extranjero tenemos una balanza comparativa con fieles especiales). Lo soy, de forma suficiente, consciente y seria. Soy patriota por exclusión de alternativas, por convicción natural, por herencia y trayectoria. Si se me pregunta de sopetón que soy, diré que español, como no dudaré si me preguntan cuál es mi profesión: ingeniero y abogado. Lo diré sin plantearme quiénes son los demás que participan del mismo nombre, ni cuáles son sus cualidades y méritos. Seguramente es algo distinto a sentirse del Barça o del Atleti, o del Club de Admiradores de Altolaguirre (p. ej.), porque aquello forma parte de lo esencial, de lo que no podría desprenderme sin daño.
Estoy, por supuesto, plenamente convencido de que la unión es imprescindible para mostrar fuerza ante las adversidades, para avanzar más rápido, y para evitar ser presa fácil del apetito macroeconómico de los estados grandes. Creo con convicción dogmática en una Unión Europea fuerte, y he practicado mucho el axioma de que la masa crítica es menos vulnerable cuanto más grande. Así que, también, soy un europeo cosmopolita, un especímen del género humano, del sexo masculino, que no quiere abandonar su única creencia inconmovible: si tenemos alguna opción como Humanidad de saber qué está pasando con nosotros en el cosmos, es avanzando juntos en el conocimiento, de generación en generación, sin desfallecer.
Por eso, no veo más que desventajas en el independentismo que, además, desean total, de las autonomías, con el que se llenan la boca dirigentes que quieren pasar a la pequeña historia de su diminuta zona local. No me trago que existan las nacionalidades -grupo de gentes con un pasado común y una historia satisfactoria que contar a los niños- más que en los libros que cuentan intencionadamente mal la Historia de los pueblos, por muy bien que hablen sus habitantes una lengua que no domino y por mucho que se jacten -nativos y advenedizos- de abandonar otra, por imputarla de colonizadora, y que es la que yo hablo mejor.
¡Viva la Nicolasa!, digo, una y otra vez. Y que lo sea por muchos años.
Se seguirán, por unas cuantos años, practicando muchas labias en analizar lo que debe cambiarse, reformarse o retirarse. Pero nuestros problemas, amigos y enemigos constitucionalistas, no vienen de ella, de un Título más o menos, de unos pocos artículos deficientemente redactados. Tenemos que resolver antes de empeñarnos en un camino montuno, la necesidad de crear más empleo, dar mejor educación, equilibrar las prestaciones sociales y asistenciales entre las autonomías y, sobre todo, recuperar el trabajo de avanzar todos juntos y no tirando de las cuerdas cada uno para su petate.
——
Hay fotografías que no tienen calidad, aunque, cuando mantenemos viva la circunstancia de cómo las obtuvimos, no podemos despojarlas del cariño con que las observamos. Ya era casi de noche, cuando descubrí, cerca del camino por el que avanzaba lentamente conduciendo mi automóvil, con las luces de cruce conectadas, un grupete de garzas. Les hice varias fotografías a la trágala, y la poca luz hizo que, a pesar de que apuré al máximo la apertura del diafragma y reduje la velocidad de disparo a lo que me pareció màs conveniente, todas las instantáneas estuvieran afectadas por el ruido. Es decir, borrosas. Esta, con la blancura del plumaje contrastando con la nocturnidad, al tiempo que el ave se elevaba, me recuerda aquél día, y que, como había olvidado poner el freno de mano en la emoción del momento, estuve a punto de perder el coche en la cuneta.


Para fotografiar garzas como para cambiar a la Colasa, lo ideal es que sea de día y echar el freno de mano. Al menos tú sabías lo que querías hacer. Es de noche, dentro y fuera de España y hasta hay quienes se empeñan en pisar el acelerador o marcarnos el tic-tac (pronto se cumplirán dos años). Me gusta lo tuyo y me declaro sexagenario solidario.
José María, me encanta tu declaración de fe y la estupenda interpretación que haces de mi Comentario principal. Un abrazo.
Angel , me pierdo en tu sabiduría, me da la impresión de que dices que Jesús nació el 6 de dicembre, si es asi te pierdes la hermosa fecha del 24 y la Noche de Paz, y la posibilidad de cantar un Villancico tan bonito como «Pastorcitos». Si no es así, porque me pierdo en tus alturas, vuelvo a perderme cuando creo que hablas de la Constitución¿La Nicolasa? yo creia que era LaPepa, pero fíjate al leer La Nicolasa, creia que te ibas a referir a la mina,esa que me parez a mí que tien una lletreru en la boca mina ¿conocesla?
Ya te digo, de la Constitución todo el mundo habla de la del 1812 y pocos, hacen bien, hablan de la del 1810-
VUELVO A LLEER TU ARTÍCULO.De y enhorabuena porque sabes !una jartá!
Un abrazo
Alabo tu sentido del humor, Carlos, que me ha hecho sonreir. Un abrazo