La idea de la perfección ha caído en desuso, sepultada por la de la inmediatez, no exenta de su dosis de chabacanería. Perfeccionar supone un trabajo de afino, una tarea con sucesivas aproximaciones a lo que se desea obtener como resultado final, meta que, además, no siempre se alcanza, pero que sirve de orientación para avanzar.
Como nos encontramos en la Cuaresma, que es -para los cristianos- período de preparación para asumir el misterio del sacrificio de Dios hecho colega para darnos ejemplo de vida, me pareció una aceptable ocasión para dedicar unas líneas al objetivo de avanzar en la perfección, personal como colectiva. Supuesto, naturalmente, que sea una preocupación existente o que su análisis tenga interés potencial para el lector, que, en otro caso, seguro que hará un par de minutos que habrá pasado página, sin darme tiempo ni para despedirme.
Teresa de Jesús escribió un Camino de perfección para sus monjas carmelitas, al que consiguió dotar de carácter universal, con consejos muy prácticos para avanzar por los andurriales de la fe y, si se me permite lo que pudiera ser considerado frivolidad, también para andar por casa, entre pucheros místicos; aunque algún perverso ha querido convertir ciertos pasajes en subliminales carnales devociones.
Poco que ver el teresiano y los otros senderos que se recorren desde la fe, con el Camino de perfección por el que Pío Baroja, a principios del siglo XX, hizo discurrir a su personaje Fernando Ossorio, cuyo mapa de carreteras particular le señalaba, con carácter exclusivo, las hosterías de la sensualidad y otros deleites de la naturaleza.
Acabo de enterarme que la muy activa Casa árabe de Madrid ofrece una introducción a la religión suní, que se cerrará con una actuación (pido perdón, por emplear esta palabra, a los seguidores de esta peculiar interpretación de los consejos de Mohammed para alcanzar la perfección) de algunos derviches giróvagos.
La primera vez que vi -por televisión- los giros de estos fieles, los asimilé a un espectáculo de variedades. Parecían vistosos remoquetes, artilugios seductores de varones engalanados para un baile menos público. Cuando, años después, con conocimientos someros, pero ya aclaratorios, de lo que significa el esfuerzo físico de «los que esperan a la puerta«, que consistía en encontrar, a base de esa danza-mediación, que llaman sema, la verdad interior, encontré analogías entre esas técnicas corporales que perseguían objetivos psíquicos, con los procedimientos que, según filósofos tanto estoicos como epicúreos (unos por la apatía y otros por la ataraxia), desembocarían en la paz profunda. Un método que podía incluso relacionarse con el «noble camino óctuple» de los devotos budistas.
Mi ecléctico escepticismo no me ha permitido, hasta ahora, hallar una fórmula mágica que me asegure un camino de perfección interior. No me convencen, tampoco -incluso, aún menos-, las propuestas de perfección simultánea que encuentran aceptación gregaria, en mafias, sectas, partidos, y agrupaciones de toda índole que obligan a aceptar líderes y doctrinas sin posibilidad de discusión a sus fieles.
No estoy solo, sin embargo, si bien, no formamos grupo. Soy uno más de esos solitarios contemporáneos, que, empeñados en desbrozar el lío de zarzas, contradicciones, patrañas, obstáculos impuestos, no alcanzamos a ver, siquiera, dónde está, si lo hay, ese camino convincente que, aunque no lleve a la perfección, nos mejore a todos sin tapujos.
Cada grupo sigue con su cuento, en torno a giróvagos, iluminados, perversos, bien intencionados, tramposos, extasiados, aprovechados o drogados, y forman en conjunto un espectáculo que puede resultar entretenido para quien lo observe desde fuera -¿hay alguien?-, pero me resulta aterrador cuando advierto que todos los que ocupamos el escenario acabamos, uno tras otro, los agrupados al igual que los independientes, desapareciendo sin dejar huellas duraderas, convertidos en tenues estelas con trazos imperfectos.
Por más que los vocingleros se empeñen en convencernos de que no será así, caminos marcados por intereses de facción, inútiles al resto. Aunque lo llamemos, en momentos de vanagloria, progreso. Porque, mientras no sea de todos los de fuera, los caminos hacia el hipotético mejor conocimiento del yo, nos aislan tanto más cuanto avanzamos.
