En el vetusto Salón de Actos de la ETSIMM (Escuela Técnica Superior de Ingenieros de Minas de Madrid) se repartieron ayer (18 de junio de 2013) los diplomas de fin de carrera a los egresados de lo que ahora se llaman Máster Ingeniero de Minas, Máster Ingeniero Geólogo, Grado Ingeniero Técnico de Minas (especialidad en Recursos Energéticos, Combustibles y Explosivos) y Máster en Investigación, Modelización y Análisis del Riesgo en Medio Ambiente (al parecer, según diría el Rector, más conocido como MIMARMA).
El espacio de la sala estaba lleno a rebosar, entre los recién titulados, sus familias, profesores, invitados de Colegios Profesionales, personal del Centro con más de 25 años de trabajo a la espalda, jubilados y, puede que hasta curiosos.
En el estrado, ocuparon sitios de honor los representantes de las empresas que financiaban algunos Premios a estudiantes distinguidos, anteriores Directores de la Escuela, el decano del Consejo Superior de Minas y, desde luego – muy vistosos con sus birretes con borlas, flecos y vuelillos- los catedráticos y profesores con mayor responsabilidad -para bien o para mal- de lo que está pasando en esa Escuela. Presidió el rector de la Complutense, Carlos Conde (ingeniero de minas), junto al director y vicedirector de la Escuela (José Luis Parra y Angel Cámara, respectivamente).
Pronunció la lección magistral, Fernando Martí Scharfhausen, actual Presidente del Consejo de Seguridad Nuclear. Estaba previsto que hablara sobre «La seguridad de los riesgos tecnológicos de la sociedad moderna» (por cierto, extraño título, conceptualmente ininteligible, que más bien parece dictado en una urgencia, para salir de un paso), pero, «pretendiendo dar optimismo a los nuevos titulados», nos contó parte de su vida, animó a los jóvenes a crear su propia empresa, o a marcharse al extranjero -eso sí, solo un par de años-, y aseguró que la crisis no duraría mucho. Cuando estaba casi para terminar, en un movimiento brusco de la mano, tiró el vaso con agua que tenía sobre la mesa y, dando por acabado el discurso, se agachó, con grave riesgo de cortarse, a recoger los trozos de vidrio del suelo.
Mi presencia en el acto era, en realidad, fortuita. Como el decano del Colegio de Minas de Centro es ahora vicedirector de Ordenación Académica, me pidió que lo representara y, por eso, ocupé un lugar entre los invitados de la primera fila. Pude así hacer una fotografía de uno de los pocos neo-titulados que se atrevió a llevar una plaquita verde sobre el traje de fiesta, con el lema: «Escuela Pública de Todos para Todos». Salvo error u omisión, los únicos cuatro que pusieron esa suave nota discordante en la seria ceremonia eran chicas.
No hubo desplantes ni caras largas, ni aparecieron camisetas verdes, ni puños levantados, ni se profirieron gritos. Todo discurrió entre apretones de manos formales, toma de fotografías para la posteridad, esgrimiendo los diplomas (que son un anticipo, imagino, del Título académico que vendrá luego), y, para calentar el ambiente, aplausos continuados. Si hasta hubo besos entrecruzados entre las jóvenes diplomadas y los profesores que les alargaron los diplomas o los directivos empresariales que les entregaron ciertos sobres que, al parecer, contenían talones, como premio por proyectos fin de carrera relacionados con los más variados apartados ténicos.
También hicieron sus discursos, al final, Conde y Parra, ambos en tonos constructivos y cariñosos con los egresados. José Luis Parra, que comparó a la Escuela de Minas (que prontó se llamará de Minas y Energía) con «la casa de los abuelos» (porque eres bien recibido en cualquier momento y no te preguntan porqué no has venido antes), ofreció una valoración positiva, no ya de la oportunidad de la crisis, sino de carácter epistemológico: «es mejor que te llegue joven» -dijo.
El mensaje particular del día, sin embargo, me lo dió Adolfo Eraso, un sabio de los que investigan a pie de realidades, allí presente -supongo que, igual que yo, por casualidad- que, cuando le preguntaba sobre las medidas de los ocho testigos que tienen colocados en los polos, para conocer el proceso de deshielo de los glaciares, me contestó: «Esto no tiene remedio. El volumen aumenta de forma constante e imparable». (S.T.G.M.)
