Voy a empezar mal: no se lo que es el bien común. Tengo, sí, una idea genérica de que el término debe relacionarse con aquello que no puede ser legítimamente apropiado por nadie y su explotación y rentabilidad solo debería servir para mejorar la situación del conjunto de los seres humanos, y no de unos pocos. Pero si quiero avanzar algo más, precisar lo nuevos elementos que aparecen en la hipotética definición, me voy complicando cada vez más.
Su plasmación concreta como objetivo universal entremezclaría la negación de la propiedad particular de las materias primas, incluida la tierra, y de los sistemas de producción de bienes y servicios, cuando su utilidad pública fuera superior a la conseguida con la explotación privada.
Implicaría, por supuesto, el reconocimiento de una serie de derechos inalienables para individuos y grupos, que situasen en claro régimen de igualdad a todos los seres humanos y que no precisasen ser reclamados para ser ejercidos. Y, como contrapartida natural, supondría la satisfacción de varios deberes que tampoco necesitarían expresarse, pues descansarían en universales fundamentos deontológicos, sin discusión ni réplica admisibles, siendo su prestación, en sí misma, motivo de satisfacción.
Recurro a la ética, a la filosofía, a la economía o a la sociología, y encuentro múltiples intentos de definición de lo que es el «bien común», de los que no me convence ninguno. Demasiadas peticiones de principio, gran confusión de términos y conceptos abstractos para un fin tan preciso, limitación de aplicaciones a sectores y, por tanto, faltos de orientación general. Concluyo que nadie sabe qué es concretamente el bien común o, en caso de que lo supieran, no han sido hasta ahora capaces de expresarlo de forma clara y concluyente.
En cualquier caso, constato que el bien común, como objetivo, no es una preocupación universal, por lo que cabría negar su existencia física y, posiblemente, hasta su atractivo metafísico. La Historia no refleja que «lo común» haya sido preocupación de los pueblos y personajes dominantes (al contrario: ha sido «lo local» o «lo particular» lo que primó y prima).
El menosprecio generalizado a filósofos, místicos e investigadores científicos, que son vistos -fuera de ciertos pináculos- como una singularidad de la especie, más bien estrambótica, y no como recurso genético al que potenciar sin límites, confirmaría también que el discurrir ideológico de la Humanidad no considera siquiera de interés detectar o fijar un objetivo universal, aquello que, de ser alcanzado, supondría, por excelencia, la generación sistemática del «bien común».
Por eso, cuando lei que Christian Felber, el laureado fundador del movimiento Attac, tenía publicado un libro sobre «La economía del bien común» (Edit. Deusto, 2012) me apresuré a comprarlo. El modelo económico propuesto por el autor, según la portada de la edición, «supera la dicotomía entre capitalismo y comunismo para maximizar el bienestar de nuestra sociedad».
Voy a seguir peor de como empecé este comentario: no entendí casi nada de los consejos que ofrecía Felber para que la sociedad global (así me obligué a entender el apelativo de lo que llama «nuestra») diera un salto categorial sobre los dos sistemas económicos más conocidos, que, hasta el momento, solo han probado su persistente intención de conducirla hacia su extinción, por la vía de una guerra universal de todos contra todos.
Si fuera por el capitalismo, del que el ilustrativo juego del Monopole es su modelo en miniatura fidedigno, el objetivo a perseguir sería que, al final, sobre el tablero de los recursos e intereses, uno solo o unos pocos se hayan hecho con todo, y los demás, se apañen con las ganas. La búsqueda del máximo beneficio individual, a la largo de la Historia, consolida élites cada vez más poderosas.
Si fuera por el comunismo, del que el cristianismo primitivo es su doctrinario ideal y la dictadura soviética o el chavesianismo bolivariano simples aberraciones populacheras, se llegaría, por métodos ni más ni menos deplorables si los juzgamos por sus efectos conocidos, a que, a la postre, unos pocos se quedasen con todo, y los demás, con las ganas. Los que juzgan, nunca se sancionarán a sí mismos y los que se benefician de su actuación, jamás se rebelarán contra ellos y, si alguno lo intentara, será rápidamente represaliado.
Que la primera fórmula haya probado mayor habilidad en alcanzar su culminación, dilatando el momento de su triunfo final y enmascarando los logros parciales con reparto de limosnas a los más agradecidos, no debería contar a su favor: el «bien común» no puede identificarse con el deseo de acumular, sin límite, poderes y bienes para ponerlos al servicio y administración de unos pocos egos.
En ambos sistemas, sin embargo, la falacia brutal que es el bien común es el objetivo perseguido teóricamente. Está en los idearios, porque mentarlo supone tranquilizar a los que son avasallados y salvar las apariencias. Las democracias capitalistas y las neoliberales lo persiguen. Los fascismos, dictaduras, gobiernos despóticos, democracias orgánicas e inorgánicas, teocracias y aristocracias, también. Los regímenes comunistas, socialistas, comunas, etc. por supuesto. Todas las organizaciones conocidas entronizan el bien común y dicen respetarlos. Como no se sabe lo que es, no hay riesgo en que alguien objete que lo que se pretende sea una quimera. En todo caso, a nadie preocupa que el «bien común» no sea sinónimo de «bien universal».
Felber, en su librito, presenta varias opciones de lo que podemos entender, lisa y llanamente, como simples fórmulas cooperativas. En España tenemos una experiencia reciente, muy documentada y prácticamente exhaustiva de cómo acaban, tarde o temprano, las cooperativas: con sus miembros a la greña, las subvenciones perdidas, las naves que se construyeron con dineros públicos y la maquinaria y equipos que sirvieron a la ilusión de los primeros momentos, abandonadas o, en los mejores casos, arrendados o cedidos a un ex-miembro.
Hay características comunes a las propuestas del filósofo-sociólogo austríaco: su elementariedad. Se centran en el sector agropecuario, en los servicios básicos o en la fabricación de productos de primera necesidad. Deja al margen el sostenimiento de sistemas complejos y pretende crear islas de producción y consumo, comunas o guetos a los que aglutinaría una excepcional capacidad de sacrificio y la autolimitación para obtener beneficios del mercado.
Nada nuevo bajo nuestro sol hispano. Las cooperativas han tenido mucho predicamento entre nosotros.
¿Por qué no funcionan, cabe preguntarse? ¿Por qué estoy petulantemente convencido de que no funcionarán? Por algo muy sencillo: los que reciben aquello que no tienen, aceptan encantados el modelo, sea el que sea y, mientras mantengan el estado de necesidad, serán exigentes con el cumplimiento de lo que se previó. Los que aportan más -más trabajo, mayor formación, más capacidad, quizá, incluso, más capital o más bienes- desearán recibir más y, salvo que estén optando a figurar en el santuario o en el martirologio, lo reclamarán, o dejarán de rendir como se esperaba de ellos. Puede que la relación de 1:6 o 1:10 en los salarios sea la adecuada para señalar y recompensar las diferencias, pero mientras no se resuelva qué pueden hacer con los excedentes, la cuestión capital quedará sin resolver: ¿cuánto estarían autorizados a vivir mejor? ¿se toleraría la transmisión hereditaria? ¿quién califica la calidad de las aportaciones, y con qué baremos?
No sé definir satisfactoriamente lo que es el bien común, pero no soy un descreído, ni me rindo tan fácil. Bienes comunes son, desde luego, la biodiversidad, el medio ambiente, … están vinculados a derechos individuales e inalienables, pero no solo: saber leer y escribir y poder situarse en el sendero del saber más y mejor, libertad de desplazamiento y ubicación en un territorio, tener alguna descendencia y que crezca sana y a la que se pueda dar la seguridad de que su futuro será mejor que el presente, disponer de acceso a alimento, agua potable y satisfacciones que justifiquen la calidad de la propia vida, contar con fuentes de energía y calor para protegerse del frío o de las temperaturas extremas, acceso libre y gratuito a los fármacos que hayan supuesto la erradicación de cualquier tipo de enfermedad contagiosa o epidemia, contar con un mínimo de trabajo y de forma regular, que garantice, no solo la existencia, sostenimiento y goce de toda familia, sino la satisfacción de sentirse útil frente a los demás y, en particular, la colectividad más próxima, vivir en paz, sin riesgo de ser atacado en la intimidad ni forzado a actuar contra otras colectividades ni a infringir cualesquiera derechos universales…
¿Sigo? Christian Felber apela a la solidaridad universal, a la eliminación de la competencia con el objetivo de acaparar, a la creación de Bancas (rehúye el término entidades financieras) que presten dinero sin interés -conseguido por ahorros cedidos por bienaventurados- y midan su eficacia en términos de ética, a la implantación de una renta básica universal…Bastantes de esas ideas las hemos visto replicadas en las intervenciones de los portavoces de ese movimiento con bases libertarias, elegantemente utópico y de incuestionable atractivo para descontentos, que es Podemos.
Si fuera bastante más joven y estuviera menos escaldado en mis sensibilidades, seguramente escribiría que me encantan las ideas de Felber, poyadas por Stéphane Hessel por Jean Ziegler, por Juan Carlos Cubeiro (que escribe el Prólogo de la primera Edición española)…Me siguen gustando, pero no me seducen. Frente a la perspectiva del bien común, difusa e imperfecta en sus contornos, están los males corrientes. A esos, los distingo claramente.
Habrá que seguir investigando. De la teoría a la práctica, sigue habiendo mucho trecho. Demasiado para saltarlo de golpe y, menos, alardeando de «mostrar el camino hacia una economía en la que el dinero y los mercados vuelvan a servir a las personas y no al revés» (Jakob von Uexküll). Por eso, con respeto, pero con escepticismo crítico formulo mi respuesta actual:
No entiendo lo que me dice, pero por si, debido al ruido ensordecedor, el problema es acústico y no de lenguaje, ¿me lo repite?
