Prosigo con mis sugerencias acerca de cómo mejorar Madrid.
3. Respecto a los parques y zonas verdes. Madrid pasa por ser una de las ciudades con mayor número de árboles por habitante. Si contamos los alcorques vacíos (que alguna vez debieron contener un árbol), y los que se encuentran en los jardines comunitarios privados, supongo que sí. Hace un par de decenas de años, alguien puso en práctica la buena idea de que los niños nacidos en Madrid tuvieran una placa con su nombre junto a uno de los arbolitos de los que se esperaba mejor vida. Parte de esas placas han perdido la referencia y, no pocos, el representante vegetal, que no ha sido sustituido, sirviendo actualmente el alcorque como recogedor de basuras, especialmente en los barrios más humildes.
Mención aparte merecen los parques infantiles, de los que, en efecto, hay profusión. Tienen columpios -los aparatos más utilizados, junto a los toboganes-, además de diversos balancines y unas peligrosas estructuras de cuerdas, que solo sirven para que los mozalbetes hagan en ellos sus equilibrios acrobáticos. Al atardecer, esos parques, ya no utilizados por los niños y sus cuidadores, sirven para que los perros retocen en ellos y, no raramente, los bancos de que disponen, son usados por parejas, vagabundos y drogadictos.
El Parque del Retiro está sobreutilizado los domingos por la mañana, y los festivos. Sobre su césped, se hacen merendolas por grupos étnicos -típicamente, ecuatorianos que los utilizan como punto de encuentro-, así como padres aficionados al fútbol que organizan partidillos con sus hijos y los del vecino. En los alrededores del lago, se disponen cuentacuentos, malabaristas, echadores de cartas y vendedores de ocasión. En zonas determinadas, bien conocidas por los interesados, se vende droga.
Otros parques de Madrid pasan por ser desconocidos y, felizmente para los avisados, poco utilizados. El Capricho, el del dedicado al Papa Juan Pablo II, el de Pradolongo, el de Usera, el de O ´Donnell, el de la Fuente del Berro, el de Rodríguez de la Fuente, el de la Quinta de los Molinos…tienen poco uso, algunos por no tener fácil comunicación, otros por estar poco iluminados al caer la tarde y, en general, porque al habitante de Madrid no le gusta la naturaleza, sino ver la tele en casa o en el bar o sentarse en las terrazas a tomar una cerveza con los compis del trabajo o la familia.
Es muy complejo y exige buen conocimiento forestal y de jardinería, además de dinero, gestionar un número tan grande de árboles, muchos de ellos, inadecuados para un ambiente de ciudad. Unos, de copa muy alta, y ya añosos, con raíces poco profundas, constituyen una amenaza latente, desgraciadamente, manifestada a veces con caída de ramas, e, incluso, del propio árbol. Los más frondosos sirven ahora como nido de esos pajarracos ruidosos, alóctonos, y depredadores, que son las cotorras, que, junto a las urracas y las palomas (las ratas del aire) constituyen, de largo, la población volante de la ciudad.
La ciudad necesita una revisión completa del estado de la población arbórea, acomodar los ejemplares que se repongan a la naturaleza de una ciudad cuyo suelo está muy horadado y tiene poca capa de tierra vegetal y vigilar las plantaciones que se realizan en los jardines privados, con ejemplares que acaban siendo peligrosos, por su proximidad a los edificios y a las aceras, cuando adquieren un cierto porte.
La codicia de algunos ciudadanos, que confunden lo público con lo que es accesible a su afán de llevarse a su casa lo que se adquirió con el dinero de todos, es causa de que, cuando están recién plantadas en primavera, se produzca la rapiña de no pocas de las plantas que se colocan en las zonas verdes de la ciudad. Los comercios que disponen de terraza a la calle son también objetivo predilecto de estos educados amigos de lo ajeno, que acuden por la noche con sus palas a llevarse algunas plantitas con las que decorar, gratis, sus balcones o jardincillos privados. No es, por lo demás, que Madrid se distinga por balcones engalanados con flores, pues son pocos los que están realmente cuidados, y lo más normal (en el sentido, de corriente) es que de los tiestos que dan a la calle cuelguen cadáveres botánicos o restos de mejores épocas florales.
Sería muy de desear que se despertase, o se mejorase, la conciencia ciudadana respecto a lo que es el Madrid común, para que se cuide más, se engalane mejor, y se respete siempre. Pero esta ciudad grande, demasiado anónima, desarrolla un individualismo peculiar, en el que el orgullo de lo colectivo se ha diluido para ceder ante la idea de que lo que debía ser de todos, es res nulius.
No quiero referirme más que de pasada, al hecho adicional de que los tiestos y terrazas que están en aceras y soportales, sirven de punto de evacuación, al menos de aguas menores, de los muchos habitantes flotantes de la ciudad (¡humanos!), lo que hace el paso por algunas zonas, para pituitarias sensibles, poco soportable.
(continuará)
