Este es el sexto de los Comentarios que dedico a Madrid, la ciudad en donde vivo, junto a varios millones de personas. La primera vez que la visité, yo era un adolescente que participaba en una competición que se llamaba Olimpiada Matemática y que pretendía fomentar el interés por la carrera de Ciencias Exactas entre los bachilleres. Después, volvía a ella muchas veces, en reuniones de trabajo, para asistir a Congresos o para reportar a mis jefes de mis actividades en el extranjero o en la periferia.
Nunca imaginé que iba a acabar residiendo en ella (van ya más de dos décadas), que mis hijos fundaran aquí sus familias y que mis nietas fueran madrileñas. Le debo mucho a esta ciudad, aunque siempre echaré de menos el paisaje de Asturias, a la que acudo como operación imprescindible de renovación de mi nostalgia por el contacto con una naturaleza que forma parte de mi manera de entender la felicidad, puesto que allí tengo, para siempre, mis raíces.
Pero, pongamos que hablo de Madrid.
6. Respecto al urbanismo de Madrid. Recuerdo bien que la carrera de arquitectura, para quienes terminábamos el Preuniversitario a mediados de los sesenta, era tenida por una de las más difíciles. En particular, el dibujo era la asignatura que resultaba de una complejidad casi imposible de superar: víctimas de la exigencia con la que se impartía esa disciplina académica se frustraron muchas vocaciones.
Pues bien, no puedo entender cómo de aquellas mentes educadas en el placer de lo artístico han proliferado tantas aberraciones urbanísticas, prismas sin gracia dedicados a la mayor gloria del hormigón armado. La piqueta demoledora ha ido poblando Madrid (como tantas otras ciudades y pueblos españoles) de edificios sin personalidad alguna. La periferia se ha llenado de urbanizaciones que son simples colmenas -no importa el tamaño interior de las viviendas- en las que se ha descuidado la belleza exterior.
El desprecio por los edificios singulares, ya sean monumentos históricos, sedes empresariales o de entidades públicas, es una tradición en nuestro país, y Madrid marca, cómo no, la pauta. No contento el destructor con haber demolido lo que debería haber sido conservado con respeto, se ha dado en llenar la ciudad de placas con el mensaje de «Aquí hubo…»o «En el edificio que había en este lugar, residió el insigne…».
De poco sirve, por lo demás, que, al socavar un terreno para realizar el inevitable parque subterráneo, se dejen un par de piedras al descubierto, como si la contemplación de esos restos fuera suficiente para rememorar el edificio ausente para siempre. Las inútiles, costosas y vanas, prospecciones en la Plaza de Ramales, a la búsqueda fatua de los restos de Miguel de Cervantes, no vienen si no a demostrar el desvalor que se concede al urbanismo en beneficio del populismo de baratija.
Madrid, urbanísticamente, no tiene remedio. No será jamás París, Dusseldorf, Viena, Budapest… Su encanto descansará, no en la monumentalidad, no en los edificios singulares, no en el recuerdo de su pasado histórico, sino en la cercanía que aportarán sus habitantes, en particular, si se atiende a la vida de barrio, que el visitante, desgraciadamente, no podrá apreciar.
El turista fotografiará una Plaza mayor sin encanto, una Puerta del Sol sin más aliciente que las decenas de oportunistas disfrazados de cualquier adefesio, el estadio de fútbol del Real Madrid (me produce vergüenza ajena ver a esos peregrinos de la vulgaridad asomar el careto ante el Bernabéu), y, si tiene tiempo, hará cola para entrar en alguno de los museos de la ciudad, atiborrados de excelentes obras artísticas, que serán ignoradas frente al poder de atracción de Las Meninas, el Guernica o los opulentos desnudos de un Rubens. Pocos irán al Museo Lázaro Galdeano, o al Sorolla, o se aventurarán a visitar las joyas que atesoran los pocos conventos que permiten el acceso a su interior.
¿Tiene algo que ver el Paseo de la Castellana con la Avda. Charles de Gaulle? ¿Se asemeja la plaza de Neptuno a los Invalides? ¿Quién sabría indicar cuál es la sede de cada uno de los Ministerios, Direcciones generales, Tribunales de Justicia? Desperdigados por la ciudad, muchos de ellos en edificios monolíticos, adustos, encierran tanto misterio por fuera como por dentro.
He propuesto en otros foros la incorporación al paisaje urbano de Madrid de edificios de concepción historicista, del que tan excelente exponente fue Luis Bellido y González (Logroño, 1869; Madrid, 1955), autor de la rehabilitación imaginativa de la Casa de Cisneros, o de los edificios del Matadero, entre otros. Si se ha destruido el patrimonio arquitectónico, al menos, rehágase, en los solares que vayan quedando disponibles, con edificios de empaque, que resulten agradables a la vista, y concédase visibilidad a los que merecen la pena, no pocos de ellos, empozados en otros sin ningún valor.
Claro está que la referencia a esta problemática urbanística de Madrid (y, repito de otras ciudades españolas, víctimas del desarrollismo arquitectónico impenitente), no puede menospreciar la influencia surgida desde la corrupción y la negligencia en la observación de las normas de Planificación urbana. ¿De qué valen los planes, si no se cumplen? ¿Qué criterio sirvió para sepultar, rodeados de hormigón, colonias urbanas, supuestamente protegidas? Véase, por ejemplo (mal ejemplo), el mamotreto instalado en la calle Mateo Inurria, dominando, como un fantasmón, la Colonia Rosales, ejemplo de una forma de vivir agradablemente en la ciudad, que no mereció respeto por parte de quienes estaban obligados a defender su naturaleza.
(continuará)
