Existen multitud de clasificaciones de ciudades pretendidamente Smart, puesto que, como sucede con el concepto de la enigmáticamente llamada «responsabilidad social corporativa», una vez que alguien pone en circulación un vocablo o combinación de palabras que arraiga como término positivo, todos los responsables munícipes se apuntan a la moda.
En Europa, por ejemplo, en 2013, encontró cierta difusión una clasificación que alineaba las diez ciudades más Smart, encabezadas por Copenhague, que suele ocupar -como casi todas las cosas que provienen de los daneses- el primer lugar de forma sistemática.
Copenhague ha conseguido una reputación de ciudad verde de primera categoría en el mundo. Fue seleccionada como Capital Verde Europea en 2014, y también ocupa el primer lugar del Indice Siemens de ciudades verdes. La huella de carbono de la ciudad (menos de 2 t/persona) es una de las más bajas del mundo, y aspira a alcanzar la compensación total en 2015, proponiendo objetivos realmente ambiciosos, como la implantación de índices severos de eficiencia energética, normativa para que todos los nuevos edificios sean neutros en la producción de carbono equivalente antes de 2010, aumentando poderosamente la accesibilidad, impulsando el uso de la bicicleta (casi el 40% de los desplazamientos se realizan por este medio).
La ciudad ha firmado un protocolo con la MIT para desarrollar un tipo de bicicleta «inteligente» provista de sensores que sean capaces de proporcionar información en tiempo real a los supervisores para poder hacer la integración de la contaminación del aire y de la congestión del tráfico.
Ámsterdam es otra ciudad que apoya el uso de la bicicleta, hasta el punto que cuando se habla de congestión del tráfico, se refiere más bien a este vehículo que al automóvil. La ciudad pretende ser un laboratorio urbano para la recogida e interpretación de la información, mejora de la calidad de vida y el apoyo a iniciativas particulares y públicas de proyectos Smart, desde la robotización de aparcamientos, el desarrollo de formas de producción y almacenamiento autónomas de energía, creando una red inteligente (smart grid) de interconexión entre los puntos sensibles de la ciudad
Le sigue en estas iniciativas, Viena, preocupada igualmente por la cualificación objetiva de la calidad de vida ciudadana, para lo que creó una entidad PPP (participación público-privada), que, entre otros objetivos, pretende alcanzar el que el 50% de la energía que consume provenga de fuentes renovables en 2030. Los particulares pueden comprar paneles solares, de Wien Energy, en un proyecto de crowd-funding (inversión colectiva) por el que se les garantiza una rentabilidad del 3,1% anualmente. El municipio estimula igualmente el alquiler de bicis eléctricas y el uso de coche compartido, e incluso está remodelando las zonas residenciales con alta densidad de ocupación, premiando el que no utilicen el vehículo personal y eliminado los aparcamientos en ellas. Se está impulsando también el trabajo en las llamadas start-ups (Nuevo Distrito Marx), que aspira a llegar a los 15.000 empleos en actividades limpias y de nueva creación.
De las ciudades españolas, el lugar prominente lo ocupa, cómo no, Barcelona. El municipio ha organizado el Primer Congreso Smart Cities Expo World, por el que se pretende recoger y difundir iniciativas piloto para ciudades inteligentes, conectando ciudades preocupadas por resolver los retos que plantea el futuro desarrollo de la vida municipal. La difusión del uso de la bici, la implantación de sensores para detectar (y, por tanto, poder eliminar) el ruido, y la contaminación del aire, así como reducir la congestión de tráfico, son algunos ejemplos de estos proyectos en marcha. El distrito Barcelona’s 22@ innovation combina planificación urbana inteligente con innovación empresarial, lo que ha servido como fuente de inspiración a otras ciudades, como Boston y Buenos Aires.
Como se ve, los enfoques hacia la reducción del uso del coche propio como forma de transporte, el control de los despilfarros energéticos, del ruido y la contaminación del aire, forman los ejes de las ciudades Smart. Una clasificación por la carrera de ser ciudad con alta calidad de vida, en la que también compite Paris (Proyecto Velib, para impulsar el uso de la bici, Autolib, para apoyar el uso de coche compartido, y Startup Genome, para el apoyo al emprendimiento verde e innovador).
Estocolmo (Mejor capital verde en 2010), con el mejor ratio de empleo del metro urbano, con un aire que pasa por ser el menos contaminado del mundo (norma de la World Health Organitation) y más de 800 km de sendas propias para ciclistas, está también en el podio. La transparencia en la comunicación de datos, con base en un concepto de gobernanza digital y empleo de tecnologías Tic, pretenden hacer de ella también, una ciudad ejemplo de calidad.
La clasificación incorpora también a Londres, Hamburgo, Berlín, Helsinki, como otras tantas ciudades que se consideran modelos de ciudad Smart.
Pero este conjunto de comentarios resultaría muy poco elaborado si me limitara a exponer unas cuantas ideas elementales acerca de los modos en que las corporaciones de las ciudades que ya eran reconocidas como lugares interesantes para vivir pretenden seguir siendo pioneras en la implantación de medidas que reduzcan la contaminación, el ruido o el consumo de energía.
Una ciudad verdaderamente Smart tiene que ofrecer mucho más y, sobre todo, ha de responder a un concepto trasvasable, proyectado hacia el futuro, y capaz de resolver a priori los problemas de la convivencia en una gran urbe: generación de trabajo suficiente, disponibilidad amplia de zonas verdes, capacidad para ofrecer relax y disfrute a sus ciudadanos, cultura, educación, distensión, etc. Por eso, mi exposición no ha hecho más que comenzar.
(continuará)
