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Archivo de 13 mayo, 2015

De blunt to smart city, una guía para dummies (8)

13 mayo, 2015 By amarias Deja un comentario

Si el lector está de acuerdo con las reflexiones anteriores, convendrá conmigo en que las líneas teóricas maestras de una estrategia para la Smart city, no son, en realidad, dependientes del tamaño, ni siquiera del tipo de ciudad (abierta, cerrada, de servicios, industrial, etc.).

Pero la elección de las prioridades en su implementación, y su ajuste fino,  depende estrechamente de la situación particular de la población que ocupa cada barrio y el equipamiento de que dispone, y exige una sensibilidad, a la vez, global y específica.

Me sucede aquí, al valorar este punto, algo parecido a la incongruencia que encuentro -perdóneseme que ponga la luz sobre uno de los celemines que me importan profesionalmente- se ha instalado en la defensa del ambiente que realizan algunos grupos ecologistas. Si la zona precisa generar riqueza y tiene recursos naturales que pueden ser explotados, ¿por qué ha de renunciar a hacerlo si sus habitantes están de acuerdo en asumir una cierta carga como consecuencia? ¿Tendrá más valor lo que les impongan desde fuera?

¿No será mejor analizar la forma en que se cumplen las medidas protectoras, antes que negar de plano cualquier acción? ¿De qué vale que un experto en no sé qué escuela ambiental diga a un foro de seguidores entusiastas, con eco mediático indudable, que es inadmisible que se explote un mineral o alguna característica natural de una zona, porque se perjudicará a la fauna, a la flora, al paisaje, a la orografía o a se contaminará el terreno o los acuíferos?  ¿Cómo se resolverá la dirección hacia la mayor pobreza o la necesidad de emigración de los habitantes que habitan en la zona en donde se localiza el recurso?

Solo combinando la sensibilidad global con la específica, y dando prioridad a una u otra, según la intensidad de la necesidad, se resolverá acertadamente el permanente dilema de saber elegir.

El número de habitantes de al ciudad, su distribución, su estructura social, y la existencia de masas críticas suficientes para que una implementación resulte viable o rentable socialmente, debe ser la línea rectora a la hora de elegir infraestructuras, equipamientos y tecnologías en el corto plazo.

En el medio y largo plazo, sin embargo, las medidas correctoras pasan a primer plano. Las necesidades de cada grupo social o cada barrio deben converger a un punto común, o estaremos haciendo trampa a los votantes de hoy en relación con la necesidad de cumplir objetivos en el futuro, que serán cada vez más distantes, más inalcanzables, aumentando la tensión social de la urbe.

No hace falta alardear de ser buen observador para poner en evidencia que esa dicotomía existe, y la crisis ha aumentado la distancia entre los que pueden permitirse y los que no. La solución es compleja, por supuesto, y seguramente, antes de implantarla a nivel general de la ciudad, corresponderá probar el efecto de la estrategia en algunos barrios de distintas ciudades tomados como ejemplo o conejillo de Indias. Por supuesto, siempre con transparencia y cuantificando los recursos que se han empleado o movilizado, para poder estudiar la eficiencia de lo conseguido en relación con lo invertido.

No me parece que la planificación de las ciudades haya tenido en cuenta, todavía, el efecto previsible del calentamiento global. Entiendo que eso es así, o porque no se lo creen los que deben adoptar las medidas preventivas o porque las dilatan hasta que ya sean inevitables, es decir, demasiado tarde. Hay ciudades españolas que deben considerarse especialmente amenazadas, y no veo que haya recursos dedicados al tema que demuestren que se están tomando las cosas en serio.

Cuando leemos sobre catástrofes «naturales» en zonas de países poco desarrollados, puede que sigamos pensando en que su torpe planificación, o la corrupción de sus estructuras, o la falta de inteligencia colectiva para explotar sus recursos, merezca el castigo de miles de muertes por tifones, inundaciones, huracanes o tsunamis.  ¿Vd. también? Yo, desde luego, no.

La reducción de elementos contaminantes es una obligación, a escala local y global. Sobre todo, a escala global. Pero, puesto que las medidas eficientes empiezan por lo que a uno mismo corresponde hacer, porque está a su alcance, las ciudades deben reaccionar de inmediato con el control exhaustivo de la producción de gases con efecto invernadero, y el estímulo a formas de fabricación más eficientes y menos contaminantes.

Las nuevas tecnologías aparecen como generadoras eficaces de empleos sostenibles (en el sentido, de compatibles con la protección del ambiente, la producción de recursos económicos nuevos y de bajo nivel de inversión, y, muy posiblemente, de estabilidad futura: al menos, una o dos de cada diez start-up se consolidan en cinco años; las otras nueve, desaparecen, llevándose consigo inversión y bastantes ilusiones). Sin embargo, no veo que haya debate sobre los empleos que destruyen: y una ciudad smart, y especialmente, una región y un país Smart, tienen que atender al empleo global.

En mi opinión, que expongo aquí de forma escueta (me parece que llevo escrito demasiado sobre el tema para el caso que se me hace al respecto), debemos prepararnos, y muy bien, para que los empleos de alta cualificación tecnológica desplacen, destruyéndolos, a muchos empleos de cualificación media o baja. Que no se recuperarán jamás. Y, a diferencia de otras «revoluciones tecnológicas», esta vez no hay mucho sitio para vender la moto del desarrollo a países con recursos que vendan barato a cambio de equipos que compran caro.

El desarrollo local tiene, en este contexto, sus límites, que una ciudad no puede traspasar, sencillamente, porque no podría permitírselo, sin llegar a un endeudamiento, ese sí, insostenible. No me parece alarmante, ni para tirarse de los pelos colectivamente, si cada ciudad encuentra su sitio Smart.

Cuando voy de visita a algunos pueblos de nuestra geografía, y hablo con sus paisanos, no detecto que planteen necesidades caras ni insalvables. Necesitamos valorar la vida en el campo, asentar las poblaciones incorporando en ellas los elementos imprescindibles del progreso -relacionados, sobre todo, con las comunicaciones- y convencer a muchos jóvenes de la importancia de la filosofía, más que de la economía. En las ciudades Smart, la rehabilitación de edificios y la reurbanización de barrios es también una medida necesaria y saludable. La destrucción para volver a construir más sólido, mejor y más estético, es también un medio de avanzar.

En muchas ciudades alemanas, destruidas en la segunda guerra mundial (la primera no causó tanta ruina), han resurgido barrios «con aire antiguo» (Altstädte) que, en realidad, son nuevas casas y calles, más sólidas, con materiales mejores y buenos aislamientos, que se parecen mucho  a los que había antes.

Si se señalaran en el plano ciudadano los edificios que no conviene conservar -para, si hay oportunidad, generar en su solar otro de mayor valor estético y, sobre todo, energético y funcional- algo se habría avanzado. Ese plano debería tener otro, intocable, de aquellos edificios que conviene preservar: no porque estén catalogados en ninguna lista de Patrimonio Nacional o Local  -muchos sirven para dar nombre de antigua potestad a una ruina-, sino porque forman parte del perfil y carácter que sus habitantes quieren para su ciudad.

Por cierto, ¿ha habido alguna encuesta sobre el valor que se da al perfil de Madrid, desde distintos puntos de vista?

En fin, la confección de un banco de datos extenso, dinámico, que vincule las variables de análisis con el territorio y la población, es una herramienta de trabajo imprescindible de un buen representante público. Si hasta ahora, pudiendo, no han sabido hacerlo, no deberían merecer confianza de que, de pronto, se caigan del caballo. Y si no estaban en el poder y pretender alcanzarlo, ya es hora de que nos indiquen por dónde van sus preocupaciones, mejor dicho, qué proponen para resolver las nuestras, las de todos y, en especial, las de la inmensa mayoría, que sigue siendo, en mi opinión, silenciosa.

(continuará)

Publicado en: Actualidad, Sociedad, Tecnologías, Urbanismo Etiquetado como: smart city

De blunt to smart city, una guía para dummies (7)

13 mayo, 2015 By amarias Deja un comentario

En algunos análisis comparativos que se están ya realizando en la Unión Europea respecto a las ciudades Smart y su camino hacia la excelencia supina, se están separando, como ajenas a la dinámica, las capitales de los Estados. Encuentro en esa actitud una lógica que es fácil compartir, e incluso, extender a las grandes ciudades.

Desde una confusión inicial, que pretendía igualar todos los modelos, se está clarificando la interrelación, incluso la dependencia, entre el desarrollo demográfico y la estructura social de las ciudades  y la viabilidad del concepto genérico de ciudad Smart.

Es imprescindible referir el esquema de ciudad a una determinada tipología de desarrollo demográfico: hay ciudades cuyos límites urbanos están definidos y sobreexplotados; otras se ven abocadas a un crecimiento vertiginoso, al haberse constituido como polos de atracción; hay algunas que vivieron un pasado esplendoroso (por ejemplo, ligado a una actividad minera o industrial que ha desaparecido o reducido dramáticamente su explotación); en otras localidades, sucede lo contrario: la implantación de una nueva vía de desarrollo con fuerte empuje las hace vivir un momento de gran dinamismo.

La clasificación básica puede ser discutida, sobre todo académicamente, por demógrafos y especialistas en urbanismo. Mi posición es ecléctica, y me siento más inclinado a caracterizar las ciudades según bases empíricas, según cuáles sean los puntos débiles o fuertes de variables como las que recojo a continuación:

a) espacio libre disponible, estado de los edificios (tanto los de habitación como los monumentales o históricos, así como los de uso administrativo); y todo ello, ligado al análisis del crecimiento poblacional, su composición por clases de ingresos, tipos de edades, etc.

b) estado de las redes de suministro básico: agua, recogida de residuos, energía, redes de comunicación, y esto relacionado con el coste de los servicios y el nivel de calidad de los mismos. Sin hacer trampas, por cierto: valoración real de las características de cada servicio, necesidad de inversiones y reparación de redes, mantenimiento de las mismas, coste de ampliar el acceso al nivel deseado a toda la población, y no solo a las élites.

c) valoración del tráfico y movilidad en la urbe, vinculado al coste individual y global del mismo, estudiando por qué se produce, en qué momentos, y modelizando y sacando consecuencias de múltiples opciones: más aparcamientos subterráneos, limitación de acceso a ciertas zonas, peatonalización de otras, etc. La gracia de este análisis debería consistir, no en adoptar en su consecuencia medidas similares a las de otras ciudades, sino estudiando el coste-beneficio y en particular, el beneficio marginal de las mismas. ¿Para qué serviría, por ejemplo, un parque subterráneo en el centro de una ciudad? ¿Se analiza la eficacia de otros situados en puntos que podrían alcanzarse, por la dimensión de la ciudad, desde otros lugares? ¿Se ha valorado el efecto sobre el tráfico de autorizar a cada uno de los grandes almacenes del centro que tengan un parque subterráneo?

d) empleo de las tecnologías de comunicación avanzadas. Muchas ciudades se jactan de tener zonas wifi, desgraciadamente para los potenciales usuarios en lugares que suelen estar bastante alejados de los que el visitante tiene en mente. Si las zonas wifi están pensadas para el habitante de la ciudad, debería analizarse por qué hay tantos bares, cafeterías y restaurantes (además de hoteles y pensiones) que garantizan «libre acceso». ¿A qué velocidad, con qué fin, con qué garantías de seguridad? Me suelo fijar en el empleo que realizan en las bibliotecas y centros públicos los usuarios de los puestos gratuitos de conexión a la red que hay en ellos. Aconsejo que se haga el análisis de su verdadero rendimiento y utilidad (sin vulnerar, claro, la confidencialidad).

e) situación específica de la demografía de la ciudad en relación con las dependencias económicas y las necesidades sociales. Este punto es capital, puesto que, si bien las ideas generales son válidas para todas las ciudades, la forma de su implementación no puede trasladarse, porque debe hacerse la valoración para cada barrio, cada zona, cada distrito, de la urbe. El asunto es tan importante que puede suceder (de hecho, sucede con absoluta frecuencia) que algunas zonas de la ciudad respondan al concepto Smart, pero el conjunto diste mucho de serlo.

Cada uno de los barrios de las ciudades responden a diferentes esquemas de implementación, demandas sociales, ritmos de vida, tipo de trabajo etc., que están relacionados con el poder adquisitivo medio de sus habitantes, con su formación, con la decadencia del atractivo de la zona (o su auge), etc.  Si la sociedad del futuro se desea que sea más armónica, en el sentido de más uniforme, habrá que dotar a los barrios más pobres y menos equipados de mejores equipamientos de servicio, elementos de disfrute gratuitos y atención pública que a los más ricos, para que esta oferta distorsione -justamente, no potencie- el foco de atracción previo.

Por el contrario, si se desea, como así parece (perdóneseme el aparente cinismo) que profundicen en su marginalidad, abandónense a su suerte, descuídese el cuidado de sus servicios públicos, restrínjase la vigilancia policial, tolérese como inevitable la implantación de la prostitución, los clubs de alterne, hágase caso omiso de los lugares de reparto de droga, del chabolismo y, por decir más en la misma dirección, llévense a los barrios más distanciados de lo smart, las escuelas públicas con bajo presupuesto y sobreocupación, póngase los hospitales y centros de sanidad, lo más lejos posible de ellos, instálense rotondas con monumentales esperpentos en lugar de parques y zonas verdes y, por supuesto, anímese -haciendo la vista gorda a la inoperante legislación- a que los talleres y fábricas contaminantes se mantengan en las cercanías de los edificios colmena con vistas a las chimeneas.

(continuará)

 

Publicado en: Actualidad Etiquetado como: smart city

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