Como es el Día de la Poesía, es decir, de los poetas, no quiero sustraerme a esa conmemoración pues, para muchos, entre los que me cuento, soy (aprendiz de) poeta
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Para protección del yo, son cautelas
las que en primera línea donde hay fuego
exponemos, obviando las secuelas
de curarnos roces y heridas luego.
En predios de ego hacemos mil parcelas
que sellamos con llaves como un juego
y aún desplegamos trampas y tutelas
con más «prohibido entrar» para el más ciego.
En campo ajeno vemos enemigos
siempre atentos a críticas malignas
y a no dudar nos vamos al abrigo.
Tanto temor, ayuno de consignas,
se muta en amenazas de castigos
y, cobarde, la mente se resigna.
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Si nos faltara el pan, sobrando tortas,
proveamos a carencias, soluciones,
y para batir miras alicortas
liberemos corchetes y botones
haciendo bulla el caldo en las retortas,
ya que oponer a mentiras, razones,
exige tener calientes las aortas
para acercar mejor las intenciones.
Penosos tiempos éstos, que al vecino
poco preocupa nos visite muerte.
Siempre dispuesto ten algo de vino,
no porque estando ebrio seas más fuerte,
sino, porque si llaman, el destino
en ambos casos, con abrir, trae suerte.
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No sería yo quien inventó la rueda,
fiel condenado a repetir lo mismo,
dudando en elegir lo que proceda
entre realidad, creencia y espejismo.
Del poso del vivir siempre nos queda
el temor de estar cerca de un abismo,
al que nos lleva, ciegos, la vereda,
por la que transitamos de turismo.
Mas, aunque pobre, un descubrimiento
lego, beneficiando a descendencia
de todos cuantos en algún momento
pretendan atar cabos en su herencia:
no perdáis tiempo ni cedáis aliento
que a ninguno sobrevivirá influencia.
21 marzo 2017
Normalmente desapercibido, confundido -¡ay!- con jilgueros, verderones, e incluso, gorriones, estos retozones y cantarines pajarillos se acercan, vivaces y veloces, a nuestros jardines, posándose solo un momento en alguna rama desde la que otean, ellos sabrán qué.
Esta joven hembra de lúgano (carduelis spinus) tomaba el sol con la alegría del romper de la primavera calentándole la sangre, atenta a seguir las evoluciones de su seductor, maestro en gorjeos un tanto estridentes, que los machos de esta especie dominan incluso en vuelo.
Hay varias especies comunes, aunque poco identificadas, que se parecen ligeramente entre sí: el verdecillo (serinus serinus), pequeño y rechoncho, el escribano cerillo joven (emberiza citrinella), de mayor tamaño, y el lúgano, que se puede confundir con un verderón común liliputiense.

