Nunca como antes, quienes no tuvimos la desgracia de padecer una guerra o una situación de alarma colectiva grave, vivimos una situación parecida. No estamos al final del período que ha desatado las alarmas públicas y nuestras preocupaciones privadas. Estamos al principio. Y lo que es aún más inquietante, no sabemos cuánto tiempo durará, ni estamos seguros de cómo protegernos.
La maldición patológica, de crisis sanitaria sin precedentes, tiene desde ayer una compañía inesperada, que se nos había ocultado a la ciudadanía por algún tiempo y que ha aflorado ahora a la luz, como si se cumpliera el maleficio de que las desgracias y los males nunca vienen solos.
Resulta que el Rey Juan Carlos Primero, artífice principal de nuestro paso de una dictadura a una democracia representativa, tenía, no ya una amante privilegiada entre las muchas que se le atribuían a su ansiedad sexual borbónica (según dicen), sino una doble vida económica: cobraba comisiones por los contratos en los que actuaba como mediador con sus amigos de la realiza árabe, sus primos imaginarios de la monarquía saudí.
Todo será presunto, nada estará aún probado, pero al anciano Rey ya no le cabe la presunción de inocencia, porque su propio hijo, el Rey Felipe Primero, actual Jefe de Estado de nuestra amenazada unidad democrática y social, le ha condenado, distanciándose de las actividades de su padre y negándole la percepción de cualquier tipo de emolumentos salidos de los presupuestos de la Casa Rea.
Pero no es eso lo alarmante. Al fin y al cabo, reducir en casi doscientos mil euros los emolumentos de Don Juan Carlos de Borbón podrá significar la posibilidad de dedicar esos dineros a obras caritativas. Lo grave es que el largo comunicado de la Casa Real, dado a conocer públicamente ayer, supone la renuncia del Rey Felipe a la herencia de su padre.
Y eso sí que me dejó perplejo y, a pesar de que estoy aislado físicamente del mundo exterior, porque no quiero infectar ni ser infectado, había creído que parte sustancial de la herencia del Rey de antes es la corona que ostenta, con calificación de Jefe de Estado, el Rey de ahora.
Lo nunca visto, y nosotros con estos pelos. Hay un después, sin duda, pero ¿con qué elementos? ¿Sabemos cuáles?

