La multitud de variables que están tapizando de incertidumbres y dificultades la toma de decisiones, tanto a nivel social, empresarial, como individual, necesita de una reflexión serena que nos permita -en todas esas esferas-, ya que no resolverlas, sí, al menos, acotar los escenarios de riesgo.
No es posible confiar en la inercia como método de resolución, al menos, según mi opinión La inercia, dada la velocidad a la que se están produciendo los cambios y la constatación de que no están controlados en sus plenos efectos por una especie de «gran conductor», conducirá hacia un choque brutal contra una realidad que habrá tomado una dimensión inmanejable y nefasta.
Se muy bien que los pesimistas tienen muy poco público. Es mucho más agradable oír que, por difícil y oscura que se vea la trayectoria que conduce al futuro, y aunque las luces que lleve nuestro artefacto de superar dificultades y conseguir réditos sean las de corto alcance, todo se solucionará por sí solo: la Humanidad siempre encuentra su camino, la técnica siempre acude, el mercado encuentra los equilibrios adecuados (aunque inestables por naturaleza) y el ser humano, actuando de forma individual como en grupo, evidencia tiene facultades de improvisación y empuje insospechadas cuando se ve compelido a reaccionar ante un grave problema que afecta a su bienestar y, no digamos, a su subsistencia.
Encuentro que hay demasiada fantasía y dejadez en ese pobre argumentario que se nos ofrece como tranquilizando. La reducción de las oportunidades de trabajo, el aumento de las necesidades de atención social (jubilados, desempleados, enfermos, migrantes, etc.) son dos elementos ya evidentes. La revolución digital, esgrimida como un gran logro de la creatividad del ser humano, y o es, está produciendo pérdidas de puestos de trabajo que están llegando y, en todo caso, pueden llegar, al superar el 50% en sectores y empresas que se siguen considerando estratégicos. .
No hay duda que la digitalización y la robotización presentan claros efectos positivos: eliminación de tareas repetitivas y tediosas, y la aparición de nuevas oportunidades laborales, muy reconfortantes y satisfactorias, además de habernos descubierto la gran puerta del teletrabajo, de la cooperación entre equipos de forma no presencial, la integración de tareas y fabricación de equipos, la atención a la óptima movilidad de mercancías y atención de mercados,….entre otras miles de sugerentes aplicaciones.
Ya se está notando, sin embargo, una amenazadora consecuencia, que aún no estamos en situación de digerir. En muchos nuevos campos de las tics, de la robótica, de la fabricación de materiales y equipos sofisticados con auxilio de esas nuevas tecnologías, empieza a faltar personal cualificado. Ah, pero no solo es cuestión de profesionales con grandes capacidades y calificaciones. También falta personal para asumir el cuidado de ancianos, de enfermos, celadores…incluso se está observando una disminución en el número de personas que se presentan a selección de puestos de trabajo que exigen mayor dedicación o la asunción de riesgos: policías, empledos de seguridad o militares.
Una preocupante observación es la pérdida de especialistas en aquellos trabajos cualificados que se están considerando anticuados o sin futuro. Todos conocemos casos de profesiones artesanas que no tienen continuadores, que se pierden o han perdido. Pero quizá no hemos reflexionado sobre aquellas tareas que se han convertido en espacios de tránsito hacia la tecnología avanzada, y en la que se mantienen empleos de alta cualificación pero que son susceptibles de ser sustituidos por máquinas, a las que, con sus conocimientos, están ayudando a perfeccionar. Esta situación la llamo de «suicidio laboral asistido». Para esas tecnologías que se consideran disruptivas, en las que la sustitución por la máquina aún no es plena, pero se ve como altamente real, faltan ya profesionales, que han perdido su empleo o están prejubilados.
En este contexto, faltan cada vez en mayor medida trabajadores con cualificaciones intermedias, expresión en la que debo precisar que lo que hasta hace poco se llamaba «intermedio» (facultativos, peritos, graduados, titulados en las diferentes ramas de la formación profesional, etc.) ahora, al menos en un país como España con un desarrollo tecnológico muy precario, esa carencia tiene un crecimiento exponencial. Todos queremos optar a la máxima cualificación, ignorando que llegar a ese punto obliga a limitar la enseñanza en cuatro pinceladas, pintando por encima a brochazos el árbol del conocimiento, para disimilar las profundas carencias del aprendizaje. Con otras palabras, estamos formando «egresados de alta cualificación nominal con pies de barro».
El acomodo de tantas variables no será fácil ni exento de violencia social. Sobre los años 30 de este siglo, se habrán ido jubilando los «niños de baby boom». Habrá necesidades laborales que no podrán acometerse, y que difícilmente podrán ser sustituidas sobre la marcha por personas venidas de otras formaciones y culturas. El desarrollo digital se encontrará con un cuello de botella práctico, y con la necesidad de reclutar expertos en el mercado internacional. Ya se está haciendo, y a qué costes.
Para evitar que el personal muy cualificado se vaya -está siendo beneficiario de la escasez de buenos profesionales, y los salarios que esta falta de competencia provoca, ha venido a crear un espejismo de futuro feliz para los que ahora se encuentran muy demandados, pero no debería ignorar que esas capacidades disminuyen con la edad y con la necesidad de adaptarse a nuevos desarrollos, que serán mejor adquiridos por los «nuevos» que por los ya parcialmente «agotados».
Quisiera en este punto introducir la consideración de que los factores económicos, ajenos a las decisiones individuales, cobrarán una fuerza especial. No hablaremos (no lo hacemos ya) de «vocación», sino de oportunidades previsibles de empleo. Muchos jóvenes egresados, después de una carrera dura, no tienen empleo. Sucedió otras veces (por ejemplo, en los años 70), pero ahora tiene una dimensión mayor y un futuro mucho más incierto para los que confían en encontrar, al cabo de un par de años, trabajo. Tampoco se está hablando de «disfrutar con el trabajo», término casi misterioso que parece quedar restringido a los genios de la pelota, que pueden vivir de lo que les gusta y retirarse a los treinta y tantos. Son la excepción, que alimentamos por la desvergüenza política de ofrecer más circo cuando el pan se vuelve más escaso o difícil de obtener.
Me atrae la idea de que las innovaciones técnicas han de venir de la mano, sin dilación, de actuaciones sociales, decisivas, que permitan, involucrando al capital, pero desde la fuerza del ofertante del trabajo, superar la falta de rentabilidad a corto plazo de muchas actividades. No veo a los sindicatos conscientes de esa necesidad. Los términos de responsabilidad social corporativa, o concienciación social o ambiental, deben ser revisados para que, cuando las empresas tengan que interiorizar esos costes (y no la fantasía de los términos publicitarios), puedan subsistir.
La vinculación de los trabajadores a las empresas y al ámbito regional exige una estrategia. Si casi todo el trabajo se puede hacer fuera y solo a unos pocos se les da la opción de residir en el territorio donde actualmente están las ciudades y los pueblos, el despoblamiento arrastrará la caída del comercio local y el abandono de territorios agrícolas o forestales hasta límites que no hemos imaginado siquiera. Debe analizarse la proliferación de los «nómadas laborales» (excelente precisión para designar a aquellos, altamente cualificados, que saltan de una empresa a otra, de un lugar a otro, mientras les paguen más), como de los «parias tecnológicos», víctimas de la obsolescencia de sus especialidades, y sin capacidad ni edad para adquirir otras.
Las empresas, ya lo estamos viendo, hacen publicidad para atraer a los buenos profesionales: buenos salarios, prestaciones sociales específicas, jornadas flexibles, entornos saludables. Atención, sin embargo: fuera de escasos ejemplos, la formación continua se deja en manos de los trabajadores, que, si se lo pueden permitir, tenderán a acumular títulos, cursos de especialización, etc., actuando a ciegas y, por tanto, susceptibles de frustración. Los nómadas laborales tienen sus aspiraciones coartadas, porque los honorarios y salarios no van a crecer indefinidamente, en una espiral viciosa sin rentabilidad para las empresas y sin posibilidad de sostener su habilitación para el trabajador que un día verá que su conocimiento ha quedado superado por nuevos avances a los que no tuvo acceso.
Me gusta pensar en la empresa social, vinculada al territorio y consciente de los riesgos y la manera de adaptar su crecimiento a la realidad próxima. No es un cuento de hadas, pero exige coordinación y transparencia entre las empresas, con una estrategia conjunta de consolidación del entorno, que pretenda, no solo el disfrute de sus trabajadores, sino de la comarca. Esta creación de clusters de trabajo y actividad, es imprescindible y urgente, y con carácter generalizado.
No puedo menos de dedicar, en este análisis de urgencia, unas palabras al avance de la robótica sensorial y la comunicación entre el ser humano y la máquina. Se viene enfatizando, con intención tranquilizadora, que la máquina nunca podrá sustituir la imaginación, la sensibilidad y la creatividad del ser humano. Creo que es un argumento falsario. Hoy día tenemos ya ejemplos en los que las máquinas construyen textos literarios, toman decisiones complejas o realizan actividades que implican conocimientos integrados que un ser humano, e incluso un equipo multidisciplinar no sería capaz de abordar. Cada vez que mi ordenador » se cuelga» o pierdo datos por oscuros motivos (para mí, al menos: virus, misteriosos bloqueos, agresiones de malfare, etc.) pienso en que no será posible contener a las máquinas, máxime si el conocimiento de su funcionamiento concreto se pierde porque han desaparecido (fallecido a cambiado de trabajo) los creadores del sofware.
Necesitamos, con seriedad, transparencia y rapidez, aclarar y discutir cuestiones que afectarán a nuestro futuro. No el de nuestros nietos. El nuestro

